Surrealismo a la argentina

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Si los argentinos tenemos algo que agradecerle a la hiperinflación es habernos permitido la insuperable experiencia del surrealismo en la vida cotidiana. Uno llegaba a la panadería, ocupaba su lugar en la fila y el pan aumentaba el 120% durante una espera que a lo mejor no era ni de dos minutos. Un kilo de carne podía cotizar en varios millones de pesos, ciertamente una cifra que doblaba o triplicaba el sueldo mínimo. Y una vez por semana, hacia las seis de la tarde, los vecinos nos reuníamos en un lugar distinto cada vez para transformarnos en las hordas de criminales que asaltaban los supermercados. El grado de locura colectiva era tal, que a un amigo le pareció lógico pedirme el voto en favor de Carlos Menem con el siguiente argumento:
     —Menem está loco y el otro candidato es un tarado. Está claro que el tarado nunca va a resolver nada. En cambio, con el loco nunca se sabe y tal vez hace algo.
     Lo que Menem hizo durante los diez años de gobierno posteriores a la hiperinflación fue demostrar que no estaba nada loco. O mejor dicho: que su locura consistía en la ambición desmedida del poder absoluto, algo bastante normal en los políticos de todo el mundo. Lo llamativo de su caso es que, en Menem, la impunidad era una forma de la simpatía. Las anécdotas que ilustran esa tendencia a la seducción por el abuso se cuentan de a miles y son indispensables para comprender la psicología de la Argentina reciente. Una de las historias más célebres tuvo lugar durante un verano de mediados de los noventa, cuando Menem recibió una Ferrari Testa Rossa como "agradecimiento" por los favores otorgados a un consorcio italiano durante un sospechosísimo proceso de licitación. Con el ex presidente al volante, la Ferrari cubrió los 404 kilómetros que separan a Buenos Aires de Mar del Plata en poco menos de tres horas. "Presidente, usted llegó a Mar del Plata con un promedio superior a los 150 kilómetros por hora, pero la ley no permite ir a más de 100. ¿Cómo es posible?", le preguntó un periodista. "Sí, es verdad lo que dice, no se puede ir a más de 100… ¡pero yo soy el presidente!", respondió Menem. Y la mayoría de los presentes le festejó la hazaña.
     Menem fue el héroe surrealista de una Argentina surrealista, el líder que cambió el éxito de la lucha antiinflacionaria por la complicidad social para hacer todo lo que quisiera. Su insólita capacidad de supervivencia se basó en el arquetipo criollo del "atorrante", un modelo de realización personal en la clase media-baja que late, sobre todo, en algunos personajes de Osvaldo Soriano o Jorge Asís —este último, embajador argentino en Francia durante el primer gobierno menemista. En la literatura universal, lo más parecido a un "atorrante" es Julien Sorel, de Rojo y negro. El "atorrante" es una figura de moral dudosa y cambiante, encantador y haragán, que antepone la ventaja personal por sobre todas las cosas. Ambicioso y relativamente inofensivo, el "atorrante" proviene del vértigo callejero y llega a otras culturas (la académica, la profesional, la del poder) como un impostor a su pesar, armado con el único atractivo de su carisma. El hechizo que ejerce sobre la clase media-baja se justifica porque siempre se trata de alguien que no tiene dinero ni riquezas y, sin embargo, se las arregla para progresar. Por algo de todo esto, Menem encarnó como nadie los sueños de millones de atorrantes que lo veían en el Palacio de Buckingham con la reina de Inglaterra (sin saber una sola palabra de inglés), correr a patadas a su esposa de la residencia presidencial, ganarle un partido de golf a Bill Clinton, besuquearse con Xuxa y Claudia Schiffer y viajar por el planeta con dos peluqueros top incapaces de domar su bisoñé. Mientras la economía se mantuviera en cierto orden, la burguesía argentina se divertía con el atorrante que invitaba a comer pizza con champaña a Alain Delon o circulaba por las carreteras nacionales a velocidades prohibidas y temerarias. Pero ahora la desocupación ha alcanzado sus índices más altos, el riesgo-país espanta a los inversionistas extranjeros y ni siquiera quedan empresas estatales por vender. El surrealismo se evaporó y dejó al descubierto una realidad amortajada, al mando de un presidente con arterioesclerosis y una juventud que huye como en los peores tiempos de la hiperinflación. Y mientras tanto, el atorrante se casa con una ex Miss Universo a la que dobla en edad y planea su regreso al poder.
     La orden de prisión preventiva a Carlos Menem no es un signo de independencia judicial, ni mucho menos de funcionamiento de las instituciones democráticas. El juez que la dictaminó está acusado de enriquecimiento ilícito y fue uno de los principales magistrados favorables al poder menemista. El dictamen fue tan apresurado que al ex presidente no se le llegó a decir de qué se lo acusa, una circunstancia que permitirá el éxito de la apelación. En términos políticos, el impacto mediático del juicio parece una jugada de Carlos Ruckauf, ex vicepresidente de Menem y actual gobernador de Buenos Aires que necesita acabar con el único liderazgo a la vista. Mientras tanto, en una finca decorada con un mural de David Alfaro Siqueiros y encerrado con una ex Miss Universo, el preso más polémico de la Argentina lee una biografía de Napoleón y espera que pase el tiempo. Si ese lujo impune se llama justicia, la Historia tendrá algo que agradecerle a Carlos Menem: el triunfo definitivo del surrealismo nacional. –

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