Tanta luz amarilla duele ahora

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—Los ojos de quien esto,

como lobos.

Allá abajo, mis padres

con su brindis la víspera

del año nuevo,

pidiendo por el alta

de su hijo.

Las uvas, a las doce.

Y el 13, yo, solapas

de un traje a mi medida,

que a fuerza de unos parches

fui solar,

pericia en ictericia.

—Cuarentena por dos,

caído el veinte.

Noé con amasijos

de laureles

tapando el agujero

en la madera

de padre o de patriarca

que tuve hasta polilla.

—Lo que siguió después

(muy vago, bíblico)

cayó en reposo,

a la altura

del hígado paciente,

hospitalario.

Te quiero con el hígado,

mentaban ficus, gansos,

faraones,

la orina oscureciéndose

y el pobre de Roberto,

el detective

que no encontró a Beatriz

sino a su amor hepático,

imposible.

—“Jamás una desgracia

fue tan luminosa

o amarilla

como la cara

que le vieron

al asomar

algunos girasoles,

las manchas

de un sol que interfería

en sus asuntos

con la Voz,

muy cerca de Damasco,

cuando lo madrugaron,

camino de la carne.”

San Chárbel, fiel amigo:

no lo llames;

dado a la trampa,

asiste su caída.

De haber sabido,

nunca hubiese

cruzado la frontera

con su gomorra flor

de contrabando

el mero día

de quedarse estatuas. ~


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