Un rastro en el aire

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De las posibles explicaciones sobre la construcción o arquitectura de El rastro, de Margo Glantz, novela finalista del premio Herralde del 2002, la más evidente, dada su materia musical, sería el tema con variaciones. Nora García, violonchelista, asiste al velorio de su ex esposo Juan, compositor, y se lanza ella misma a componer un interminable soliloquio cuyo tema principal es la música: Caruso, una pintura de Caravaggio donde se interpreta un concierto, los castrati, Schubert, la música de cámara, un concierto del pianista Daniel Baremboin en el teatro Colón de Buenos Aires. También están Las variaciones Goldberg que aparecen una y otra vez en el libro, detalladas en su forma, mensuradas en sus distintas interpretaciones, explicados los detalles de sus grabaciones, el molesto o misterioso (para mí siempre lo fue) fraseo con que se acompañaba Glenn Gould.
     Uso esta explicación, avanzo en la novela hasta que la repetición de otro motivo que aparece por primera vez en la página 20 me hace aislarlo, identificado como nódulo central. Casi al principio se nos dice como de pasada: a Juan le ha fallado el corazón. Que aparece aquí como nódulo central de la novela o, mejor, como un corazón repartido por todo el texto, del mismo modo que ciertos animales muy grandes tienen varios corazones auxiliares en varios puntos de su organismo.
     Abro, entonces, esta explicación: que el ritmo de la novela reproduce el de la circulación de la sangre: la narración se hace avanzar hasta estos nódulos, desde donde es bombeada a las páginas siguientes, vertida en cualquiera de los temas que la conforman como musical o líquidamente. Para terminar regresando luego a esas partes del libro en que Nora García describe en detalle el músculo cardiaco y se detiene en su estructura y funcionamiento. Como si la narradora quisiera, a fuerza de hablar sobre él, poder reparar, salvar el corazón roto de Juan. De hecho, casi al final del libro, un corazón es sometido a una operación descrita en varias páginas en las que, con un hilo y aguja (de mujer), se le cose y se le salva y se le deja funcionando. Como por ensalmo.
     Hay un marcado contraste entre el ambiente con que abre la narración y los rumbos cosmopolitas por los que se desarrolla la novela. El lector puede pensar que se adentra en una novela pueblerina, muy mexicana, con boleros y mariachis, hasta que, milagrosamente, Juan despierta, la sangre le afluye al rostro, se corporiza en las veladas en aquella misma casa, donde las conversaciones giraban en torno a la música y a la literatura, para salir luego por esas ciudades extranjeras donde también se habla de música y literatura. Incansablemente.
     Es formidable el pulso con que se mantienen en el aire, sin dejarlas caer jamás, todas las esferas del relato, que van siendo agregadas prodigiosamente, a cada ciclo circulatorio completado. Margo Glantz logra algo que tengo por muy difícil y admirable: la inserción de conocimiento en el tejido de un libro de manera natural. Sin que éste quede lastrado y se resienta. Alcanza un perfecto equilibrio entre un tono de ficción ensayístico y de ensayo elegantemente ficcionado, de una manera admirable no sólo en las letras mexicanas, sino en la prosa en español dondequiera que se escriba. Sin duda, ésta es más una ficción ensayística, una novela en la que se quiere reflexionar, una novela erudita, pero que no incurre en el error, tan difundido, de trufar la prosa con datos y pasajes enciclopédicos. Todo lo contrario: la autora, sabiamente, hace avanzar la narración en el ensayo y el ensayo en la narración. Una técnica que quizá debe algo a lecturas de Sebald, de Bernhard, autores que la narradora cita en el libro, que confiesa haber leído con atención.
     Lecturas que también quizá asoman en la manera tozuda, ensimismada con que se abre paso la narración, porque, aparte de ese ritmo central o gran ciclo de bombeo mencionado arriba, a un nivel menor, celular podríamos decir, la novela avanza con repeticiones, intercambios, apariciones una y otra vez de las mismas figuras melódicas, como la escena, muchas veces citada, en la casa de Rogozhin, donde también se vela un cuerpo rodeado con cuatro botellas de loción Zhdanov.
     Un lector de anteriores libros de Margo Glantz los descubre asomándose en ciertas zonas del texto. Quien ha leído el encantador De la amorosa inclinación a enredarse en los cabellos, encuentra, al final de la novela, a Nora García camino al cementerio, pensando, feliz y paradójicamente, en su nuevo peinado, “que la rejuvenece”. Del mismo modo sus personajes no sólo llevan ropa, sino ajuares detallados al máximo, ropa de firma, algún Armani, “diseñador que admiro con locura —confiesa la protagonista— y cuya ropa no compro por avara”. La visión es de grano fino, que se detiene y palpa el género y el entorno, y lo trae a muy corta distancia de los ojos del lector.
     De entre dos posibles acepciones de la palabra rastro: moridero y huella, escojo huella, a pesar de la patente presencia de la muerte en todo el libro. El rastro que deja una vida en el aire, el rastro que deja una vida, la de Juan, en otra, la de Nora García, y a cuyo desciframiento se dedica el libro entero. Hay una vida privada en todos sus momentos, los simpáticos y recurrentes errores de Juan al recordar mal la escena en el salón de El idiota, el amor compartido por Dostoievski, las partituras que dejó de escribir a mano para usar algún programa informático.
     El otro rastro importante es el que deja esta novela en el lector: el de haberse leído una de las novelas más importantes y estilísticamente mejor logradas de la literatura mexicana de los últimos años. Un rastro musical. ~

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