Víctor L. Urquidi: educar con el ejemplo

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El pasado mes de agosto falleció Víctor L. Urquidi, que fue economista notable, funcionario público influyente en lo benéfico, ilustre profesor de economía, promotor académico sobresaliente, todas ellas cualidades propias de un ciudadano ejemplar.
     Para quien pregunte sobre su trayectoria vital, se le puede decir que, entre otras cosas, fue presidente de El Colegio de México durante diez años. Aunque nació en Nevilly, Francia, el 3 de mayo de 1919, tenía profundas raíces chihuahuenses que lo emparentaron como sobrino nieto de José Ignacio de Urquidi, primer gobernador del estado de Chihuahua. Estudió economía en la London School of Economics and Political Science, de la Universidad de Londres, donde fue educado en los difíciles vericuetos del análisis económico moderno, más o menos libre de dogmatismos ideológicos.
     Cabe recordar que la London School of Economics era un sitio excepcional, en cuyo seno daban clase economistas ingleses tan distinguidos como Lionel Robbins, y varios centroeuropeos, prófugos del nazismo, como Nicholas Kaldor y Frederick Hayek.
     Allí conoció a otro estudiante mexicano, Josué Sáenz, quien también llegaría a ser un economista eminente. Ambos regresaron a México durante la Segunda Guerra Mundial, y empezaron a trabajar en el sector público y a dar clases en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, auspiciada entonces por Jesús Silva Herzog, un liberal demócrata de izquierda y prestigiado intelectual, que impartía la clase de historia del pensamiento económico. Ambos iniciaron la enseñanza del análisis económico moderno entre una planta de profesores infiltrada y dominada por miembros del Partido Comunista, y personas afines intelectualmente, ante los cuales Silva Herzog se constituyó como un valladar para no dogmatizar la educación.
     La hostilidad de estos últimos orilló a ambos profesores —primero a Víctor y después a Josué— a abandonar esta escuela. Dicho sea de paso, a mí me tocó ser alumno en el último año que Josué dictó la clase de teoría monetaria —y fue sin duda el mejor profesor que tuve en la Escuela de Economía, donde su inteligencia y erudición económica nos permitían entrever a lo que podía llegar un profesional de nuestra especialidad.
     La brillante carrera de Urquidi como consultor e investigador la inició como economista del Banco de México, semillero desde entonces de buenos economistas. De esa época y hasta mediados de los años setenta, se desempeñó sucesivamente como asesor de instituciones, entre las que figuran el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (en Washington) y de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. También dirigió en la posguerra la Oficina en México de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), de 1952 a 1958, donde estuvo asociado con ese gran economista argentino que fue Raúl Prebisch.
     A partir de los años cincuenta fungió como maestro de El Colegio de México, y posteriormente como presidente de esta prestigiada institución. Escribió casi quinientos artículos y ensayos sobre desarrollo económico, finanzas internacionales y desarrollo de México, entre otros temas. Su desempeño académico lo llevó a obtener reconocimientos como el de comendador de la Legión de Honor, en Francia; la Gran Cruz de la orden de Alfonso x, el Sabio, en España; la Orden de Mayo al Mérito, en Argentina, y otros más, cuyos nombres escapan a mi memoria, que le fueron otorgados en Canadá, Estados Unidos, Japón y México. También fue profesor emérito de El Colegio de México desde 1989.
     Mi relación con Víctor que fue de amistad y afinidad intelectual. Se inició cuando, en mi carácter de economista del Banco de México, lo visité en su condición de jefe de la Oficina de la CEPAL en México. Así empezó nuestra relación, que evolucionó en una colaboración profesional, una relación de respeto, y una amistad.
     Cuando Víctor trabajó en el Banco de México, tuvo contacto estrecho con Daniel Cosío Villegas y Raúl Prebisch, el dinamo intelectual de la CEPAL. Pocos años después, esta institución realizó un estudio sobre la evolución económica de México en el que colaboraron, durante varios meses, distinguidos economistas latinoamericanos, como Osvaldo Sunkel, Aníbal Pinto y Juan F. Noyola, entre otros. El trabajo que publicó la CEPAL, bajo el título de “Inflación y desarrollo, el caso de México”, constituyó el primer estudio macroeconómico serio sobre la economía mexicana. Cabe señalar que la mejor crítica a ese trabajo la publicó, a su vez, Josué Sáenz, en un artículo consistente y objetivo que, sin embargo, le creó un buen número de enemigos. Lo claro fue que, desde entonces, se hacía buen análisis económico en México.
     Posteriormente, Víctor dejó la cepal para asesorar a Antonio Ortiz Mena, entonces secretario de Hacienda y Crédito Público, para lo cual formó el Grupo Hacienda Banco de México, que buscaba la armonía entre la política fiscal y la política monetaria, a la luz de la situación económica prevaleciente. En esa época se dio el periodo de crecimiento económico con estabilidad de precios conocido como “Desarrollo estabilizador”, término acuñado en el grupo que dirigía Urquidi. Fue posiblemente la fase más positiva de la economía mexicana en el siglo XX, etapa que puede considerarse superior al periodo —a finales del siglo XIX— cuando Matías Romero fungía como secretario de Hacienda durante la administración de Porfirio Díaz.
     A principios de los años sesenta, había regresado yo a México después de realizar estudios de posgrado en Estados Unidos, adonde me había becado el Banco de México. Entonces, por restricciones burocráticas, tenía un sueldo modesto y gastos familiares que excedían mis ingresos. En tales condiciones, decidí aceptar una oferta de empleo que me hizo el Fondo Monetario Internacional para trabajar en el Departamento del Hemisferio Occidental. Víctor se enteró de esa situación, y después de que platicamos y le expuse mi disyuntiva, me invitó a trabajar en el grupo que él dirigía.
     Por consiguiente, y después de valorar el grado de responsabilidad que tenía para atender debidamente mis compromisos con el Banco de México por las tardes y noches, trabajé en el grupo antedicho y empecé a dar clases en El Colegio de México. Al aceptar su propuesta, ya no tuve que alejarme del país. No puedo dejar de agradecerle su ayuda en un momento para mí muy difícil.
     Víctor siempre me trató con cordialidad y afecto, y me enseñó muchas cosas, entre ellas a redactar con cuidado en español. “Usted piensa en inglés cuando redacta en español; escríbalo de nuevo”, me dijo en una ocasión. De ahí en adelante tuve cuidado de vigilar el análisis económico tanto como el lenguaje en el que lo expresaba.
     Quizás el aspecto más destacado de su trabajo científico fue su olfato analítico. En varias ocasiones se erigió como pionero en el examen de temas que se convertían después en preocupaciones colectivas. Tales fueron los casos de la explosión demográfica, el cambio tecnológico, el desarrollo agropecuario y la producción de alimentos, así como el desarrollo sustentable y la protección del medio ambiente y de los recursos naturales, renovables y no renovables.
     Se decía que era de trato difícil; había personas que lo veían con suspicacia e inclusive con encono, pero su intolerancia se dirigía a la ignorancia y la estupidez. Esa actitud intransigente se le fue diluyendo con la edad, sobre todo a partir de su matrimonio con Sheila —su actual viuda—, quien con amor, paciencia y delicadeza fue fomentando su benignidad. Un caso de intolerancia fue su renuncia como miembro de El Colegio Nacional —un honor indudable—, reacción que obedeció, según me dijo en una ocasión, al hecho de que a sus conferencias asistían muy pocas personas y muy mal informadas. No valía la pena el esfuerzo.
     Entre sus méritos más relevantes se pueden contar los de enseñar con la palabra y con el ejemplo. Orientaba analíticamente y exigía con severidad, sin dejar un momento de imponerse sobre sus propias debilidades y de mostrarse implacable y riguroso consigo mismo. Sólo así se explica que haya consolidado El Colegio de México como una excelente institución de educación e investigación superior. De hecho, en los diversos centros académicos de la institución —que abarcan temas relacionados con la demografía, el análisis económico, las relaciones internacionales, la historia y la filología—, se reflejan las inquietudes del maestro. Baste recordar que los que le siguieron en la Presidencia del Colegio, y muchos de los que allí se han desempeñado como profesores, fuimos sus alumnos.
     Intransigente o no, lo vamos a extrañar. –

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