¡AH, PRRRO!

Martin Bethenod encontró más de 250 representaciones de perros en el Museo del Louvre y las ordenó según su época y sus rasgos. El resultado es “Le Louvre et ses chiens”, un catálogo que convierte esa búsqueda minuciosa en un recorrido por la historia del arte.
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para Bakú, Cañita, Iskra, Lucas, Malumo,
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Tanto en la ficción, como en la realidad –que a menudo la supera–, el Louvre ha sido escenario de casi todo: misterios históricos, fantasmas, conspiraciones, robos sofisticados y no tanto (véase el reciente atraco a la Galería de Apolo en plena mañana de domingo), superproducciones hollywoodenses y un video de Beyoncé y Jay-Z. A la vez símbolo de la cultura occidental y del expolio patrimonial de su pasado colonialista, sus colecciones rondan el medio millón de obras, aunque solo unas 35 mil están en exposición. Los guías de turistas, así como los nerds de estadísticas inútiles en internet, se entretienen calculando cuánto tomaría verlas todas (a veces quince días y otras nueve meses).

En la escena clásica de Bande à part de Godard, los protagonistas corren tomados de la mano por el Louvre tratando de recorrer el museo entero en menos de diez minutos. Y Martin Bethenod, en su libro Le Louvre et ses chiens, imagina una versión canina de la escena. Yo, a mi vez, lo imagino a él yendo cada mañana (quizá durante unos cuatro meses, según estadísticos aficionados) al Louvre a inventariar obras de arte en las que figuren perros y, más tarde, reunirse con profesores zootecnistas para intentar identificar las razas.

Es muy poco probable que esa haya sido la génesis de Le Louvre et ses chiens, ya que el museo cuenta con una base de datos exhaustiva y accesible en línea. Sin embargo, el autor de este catálogo maravilloso, publicado por Norma Éditions en Francia el año pasado, reconoce que la búsqueda no es tan simple: las 2 mil 789 menciones de la palabra “perro” dejan fuera variantes como su plural “perros” (552), “perra” y “cachorro”, sin contar aquellos clasificados solo por raza.

Sea o no cierta la imaginada metodología de inventariado que describo al inicio, el libro la hace realidad a través de un paseo cronológico por más de 250 reproducciones de obras y una serie de breves textos de mirada erudita sobre la historia, la historia del arte y la de los perros como compañeros del ser humano. Al pie de cada reproducción, además de la ficha técnica y la localización de la pieza en el museo, encontramos una taxonomía particular del perro representado: país de origen, raza y su actitud o posición en la pintura, escultura o cerámica.

Italia/ spaniel enano veronés / ladrando;
Francia / callejero o perro de aguas* / perro guía / sentado;
España / bichón / dando la pata / sentado;
Deir el-Medina / Anubis: basenji*, galgo* / echado;
Dórida oriental / sabueso espartano o galgo / Molosoide* / corriendo.

Los asteriscos indican incertidumbre respecto a la raza del perro, un complicado trabajo de identificación hermenéutica de la imagen que requiere no solo observar el aspecto externo del animal, sino conocer bien la época en la que fue pintado, las razas conocidas y/o descritas entonces, especialmente aquellas que estaban de moda. Muchas veces, el animal no es un perro, sino otro cánido (“cuando hay una duda sobre la especie, es la presencia de un collar y no el juego de formas lo que permite a menudo identificarlos”). Así, dice Bethenod, uno de los perros más hermosos del Louvre, que acompaña a Adán y Eva en un relieve atribuido al entorno del renacentista alemán Conrad Meit, podría ser un zorro.

Desde Adán y Eva hasta el Lázaro resurrecto, los perros que acompañan a los personajes bíblicos suelen ser tan incongruentes como las calzas de Jesús y los greguescos de los soldados romanos, ya que en la Biblia las menciones a los perros son casi invariablemente negativas (asociados con frecuencia a la impureza y el desprecio), a excepción, como bien nota Bethenod, del perro que acompaña a Tobías en el libro deuterocanónico que lleva su nombre, quien viaja en compañía del ángel Rafael y el perro que les sigue.

Le Louvre et ses chiens es exhaustivo, erudito y fascinante. Además de las reproducciones de alta calidad, una bibliografía amplia que incluye todo tipo de libros sobre perros (y sobre perros en el Louvre, pues este, aunque el mejor, no es el primero) y una introducción generosa y amena que nos prepara para la promenade, cuenta con un índice anexo que es en sí mismo interesantísimo: artistas, actitudes (de los perros), departamentos del Louvre citados, personajes y objetos que acompañan a los perros, razas, materiales y técnicas…

Y nombres: Orlandillo, Xolotl, Peritas, Ojos Negros, Milady, Píramo el Blanco, Man Ray, Limón, Bebé, Rubio, Amoroso y mi favorito: Sí, Señor, uno de los más de treinta perros identificados por nombre que acompañan a una magnífica proto-dog-lady en Portrait de femme dite “la dame aux chiens”, un gran lienzo anónimo del siglo XVII:

Países Bajos / spaniel, galgo, braco, carlino*, callejero* / en brazos, adornado con lazos, con correa, montando a otro, dando la pata, echado, sentado, corriendo.

Quizá, como decía antes, el proceso de investigación de este libro no haya sido tan idílico como lo imagino, pero el perfil de Martin Bethenod sí que lo es. Supongo que se requiere ser un poco obsesivo para lanzarse a una labor tan meticulosa, lo cual ya de entrada es llamativo. Por otro lado, el tema de los perros y el arte es recurrente en su obra publicada. Dirige también, en la misma editorial del libro que nos ocupa, una colección de libros sobre artistas y sus perros (Picasso, Joni Mitchell, Pierre Bonnard, Yves Saint Laurent).

Bethenod, periodista de formación, es una figura importante del arte francés: ha sido director de ferias de arte contemporáneo, colecciones privadas y museos, y actualmente dirige el Centre national des arts plastiques (Cnap), una suerte de Fonca francés.

Además (¡además!), Martin Bethenod colecciona fotografías furtivas de los perros de otros. Las de los primeros diez años de su colección –unas mil en total– fueron publicadas en su libro –para mí, de artista– Rien de personnel. Editado apenas en 2024, ya está agotado, pero la colección continúa en su cuenta de Instagram.

Y es ese perfil de coleccionista, crítico, curador y artista lo que vuelve este libro seductor para alguien como yo, interesada tangencialmente en el tema de los perros (véase la dedicatoria: orgullosa tía de “sobri-perros”). Lo fascinante de Le Louvre et ses chiens, más allá del tema, está en el procedimiento: utilizar una categoría (subordinada o arbitraria) para atravesar, ordenar y volver a mirar una colección inmensa. En un momento en que los perros ocupan un lugar cada vez mayor en nuestra vida afectiva, Bethenod los convierte además en un sistema de clasificación: un catálogo accidental de la historia del arte. Para quienes sentimos debilidad por los archivos, los inventarios y las colecciones, resulta difícil imaginar una mejor manera de pasar la mañana en el Louvre. ~


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