Buena parte de lo que se llamó “nueva comedia” está muerta u olvidada. En cambio, Azcona sigue igual de vivo que siempre: por sus secuencias llenas de ideas, por sus planteamientos brillantes y porque algunos de los problemas que trató siguen siendo nuestros problemas.
En su ensayo Una risa nueva (Lengua de Trapo, 2018), Jordi Costa proponía “matar al padre”. Es decir, exterminar a los eternos referentes de la comedia española, Berlanga y Azcona, y “orinarse, literal o simbólicamente, en su tumba, algo que, además, ellos aplaudirían”. Ese libro se publicó en un momento de brotes verdes del humorismo español, cuando la comedia cinematográfica tenía éxitos de taquilla como Primos o Tres bodas de más, los chanantes y Venga Monjas reventaban internet con sus vídeos y Juan Cavestany o Canódromo Abandonado elaboraban complejas piezas de poshumor. No hacía falta emular a Azcona. Era mejor parecerse a Judd Apatow o Louis C. K. Ha pasado más de una década de esta efervescencia humorística y nadie se acuerda de Apatow y aún menos de un defenestrado Louis. Y aquí estamos celebrando el centenario de Azcona, después de una turra importante hace cinco años con el correspondiente de Berlanga.
La nueva comedia española
No conseguimos matar ni a Berlanga ni a Azcona, que siguen más vigentes que nunca. Los que estamos un poco muertos somos nosotros, los que abanderamos una nueva comedia española que se quedó en un bluf considerable, al menos en las salas de cine, ya que para muchos la televisión (y sobre todo las plataformas) es ahora el refugio para acometer nuestros proyectos más personales.
Esto pasó en gran parte por mi culpa, ya que coescribí la película que se cargó la nueva ola cómica que empezaba en ese momento. En 2014 se estrenó Ocho apellidos vascos, que no era exactamente un remake, pero sí una comedia de fórmula que imitaba los esquemas de un éxito francés titulado Bienvenidos al Norte. Este fue el pistoletazo de salida de la corriente que aún vivimos de “la comedia francesa del año”: película con póster de fondo azul y letras amarillas, con el eslogan impepinable de “más de tropecientos espectadores en Francia”. Así que el desproporcionado éxito de Ocho apellidos vascos posibilitó una comedia no tan nueva, bien basada en tópicos regionales que habrían hecho sentir orgulloso al Vizcaíno Casas de Las autonosuyas, o bien rehaciendo éxitos de otros países como México, Italia, Argentina y sobre todo Francia. Porque los productores llegaron a la siguiente conclusión: ¿para qué arriesgar con una idea nueva si hemos visto qué ha funcionado en otras partes? Vamos a hacer Padre no hay más que uno y sus cuatro secuelas porque hay una peli argentina con ese argumento que fue un éxito. También vamos a hacer Perfectos desconocidos en España porque han hecho su propia versión en quince países diferentes.
Este panorama de remakes se ha cargado la comedia cinematográfica española de los últimos años. La ha devastado. Porque ninguna chavala sueña con hacerse guionista de mayor para escribir una nueva versión de “la comedia francesa del año”. Porque durante años en España se hacían comedias comerciales de calidad como las de Almodóvar o Gómez Pereira y eso creaba cantera. El día de la bestia despertó vocaciones en toda una generación de guionistas. ¿Cuántos guiones buenos existen gracias a que sus creadores encontraron motivación e inspiración en Operación Camarón?
Fracasamos intentando revolucionar la comedia nacional y nos equivocamos prediciendo el futuro. Porque las comedias más exitosas de la actualidad en España no se parecen a Virgen a los 40 ni a Supersalidos. Tampoco a lo que hacen Nathan Fielder o Tim Robinson. Apuesto a que poca gente sabe ya quién es Judd Apatow y el otro día comprobé que los veinteañeros desconocen lo que es Muchachada Nui. En cambio, las comedias españolas que triunfan se parecen a Plácido, El verdugo o El pisito. Series como La que se avecina y Poquita fe son devoradas por el público. No pertenecen a ese ámbito endogámico del mundo audiovisual que celebra los éxitos de series que no ve nadie. Las creaciones de los hermanos Caballero y Montero & Maidagán sí son vistas por millones de personas y beben no solo de Azcona, sino de la tradición cómica mediterránea. Podrían ser de Azcona y podrían ser italianas.
Precisamente gracias a un italiano se produjo el momento que, desde mi punto de vista, es el más relevante de la historia del cine español, que es Berlanga viendo El pisito y pensando que ese era el tipo de cine que quería hacer. Fue Marco Ferreri quien descubrió el talento literario de Azcona y quiso trasladarlo al guion cinematográfico. El resultado son dos obras maestras como El pisito y El cochecito. Que un cineasta monumental como Berlanga sea capaz de transformar su carrera por la película de otro me parece una muestra de humildad e inteligencia encomiables. De hecho, de pequeño yo pensaba que El pisito y El cochecito eran de Berlanga. Porque lo parecen. Berlanga llamó a Azcona para colaborar y juntos se convirtieron en la pareja creativa más importante del cine español. Las películas de Ferreri con guion de Azcona me parecían de Berlanga porque justamente la peculiaridad del cine de Berlanga es Azcona.
El sello Azcona
¿Y en qué consiste el sello Azcona y su sentido del humor? Para mí, su técnica de guion se basa en la importancia del concepto. Hay un tipo de película que se suele llamar high concept. El punto de partida argumental es una idea potente, original, audaz. No son esas películas donde aparentemente no pasa nada, van de gente hablando en casas y restaurantes y ya. Muchas veces las películas de “alto concepto” son comedias, como por ejemplo Atrapado en el tiempo, cuyo planteamiento es la historia de un hombre que cada mañana se despierta viviendo el mismo día. Ya en su época Azcona aplicaba lo de la premisa original a sus guiones. El pisito, El cochecito o El verdugo son comedias de “alto concepto”, porque su premisa argumental ya tiene un giro inteligente y divertido contada en dos líneas.
Pero una peculiaridad de Azcona es que también aplica lo mismo a las partes, a las escenas. Revisitando hace poco El verdugo me di cuenta de que la mayoría de las escenas no solo van de lo que van: siempre hay un elemento original y audaz. Cada secuencia contiene una idea y la película está llena de ideas. La boda con los monaguillos retirando las flores, el baile de la pareja protagonista aprovechando la música de unos domingueros o la barca de la guardia civil por las Cuevas del Drach son a la comedia lo que el Monte Rushmore de Con la muerte en los talones o la ducha de Psicosis al cine de Alfred Hitchcock. Azcona es un cineasta de ideas. Sus guiones contienen una cantidad ingente de ideas y encima son buenísimas.
Otra característica de la escritura de Azcona es el diálogo superpuesto. Quizás esto lo inventó Howard Hawks con sus chispeantes comedias de gente irónica que parlotea sin parar, pero es una técnica de diálogo perfecta para italianos y españoles. Uno no imagina una película de Ingmar Bergman con ocho personajes hablando a la vez, pero la coralidad del cine de Azcona y Berlanga se traslada a la pantalla no solo con esos planos secuencia en el apartado de la imagen, sino también con el sonido de su batiburrillo de frases. La escopeta nacional es probablemente el mejor ejemplo de este horror vacui verbal. También que muchas veces los protagonistas de la película abandonan la escena y la cámara se queda con dos personajes no ya secundarios, sino terciarios, y la secuencia continúa un minuto más, con algo que no tiene nada que ver con la trama principal, sino que sirve para hacer un retrato de la vida cotidiana, como si uno pusiera la oreja en una conversación ajena.
De esto último viene una de las citas más famosas de Azcona y su buen oído para el diálogo. Eso de que un guionista se echa a perder si deja de usar el transporte público. Porque otro rasgo del estilo de Azcona tiene que ver con lo social. De igual manera que los mejores thrillers son aquellos que hacen un comentario político sobre un problema actual (esto lo aprendí de Urbizu y lo vi en Lumet), las mejores comedias son aquellas que tratan temas serios. Y sobre todo las que no te dicen lo que tienes que pensar, sino que señalan un asunto y te dejan sacar tus propias conclusiones.
La pena de muerte, la vejez o las diferencias entre ricos y pobres centran muchos de sus textos. Pero lo más alucinante es que algunas de sus mejores obras (como El pisito o El verdugo) tratan el tema de la vivienda. Y no hay tema en la actualidad española más relevante, urgente y actual que ese. Por eso mismo digo que no hemos conseguido matar a Azcona. Y menos mal, porque ahora mismo está más vivo que nunca. Creo que incluso nos sobrevivirá a todos. Porque es el padre de todas y todos los guionistas. El más moderno, el más mordaz y el más divertido. ~