Barbie no more

Una falsa diarista

Sylvia Aguilar Zéleny

Random House

Ciudad de México, 2025, 366 pp

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La más reciente novela de Sylvia Aguilar Zéleny (Hermosillo, 1973) abre con dos epígrafes de poetas latinoamericanas que escribieron diarios. En el primero, Idea Vilariño pregunta: “¿Quién soy yo y qué mujeres hay detrás de mí?” En el segundo Alejandra Pizarnik responde: “Soy un ser triste vestido por error de euforia.” La alusión a estas dos autoras tiene por un lado un sentido estético: Zéleny sitúa su obra dentro de la tradición literaria de los diarios, es decir desde un género híbrido, inacabado, que parece menor porque se ocupa de lo cotidiano y porque no pretende seguir las normas tradicionales de la representación. En los diarios confluyen la experimentación y el juego con una escritura que sucede casi por accidente, como la escritura automática de los surrealistas. Por otro lado, en los diarios se abre también un espacio en el tiempo, una pausa que permite la reflexión, la crítica y la observación sobre el propio acontecer. Muchas escritoras, como Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos, María Luisa Puga, Antonieta Rivas Mercado, Sylvia Plath, citadas en esta novela, desconocieron el potencial político y el interés que adquirirían sus textos fragmentarios dentro del contexto feminista del siglo XXI.

Como indica desde el título, Una falsa diarista, Zéleny juega con la noción de verdad y transparencia que supuestamente tiene un diario, para recodarle al lector que toda escritura es una fabricación. Sin embargo, este no es un diario, sino una novela. O si se prefiere, una “autoficción”, en el sentido que escritoras contemporáneas como Annie Ernaux le han dado a este concepto: una historia que contada desde de la primera persona (y desde la intimidad) visibiliza un universo doméstico, de otra forma invisible o silenciado. Importa poco determinar cuántos gramos de vida y cuántos de ficción tiene una obra de arte literaria, lo cierto es que la autoficción ha respondido a una necesidad urgente de revisar prácticas y costumbres sociales “normales” que han protegido el abuso y la desigualdad de género.

La novela se lee fácilmente. Su sencillez es resultado de una escritura trabajada y pulida que ha pasado por un proceso de introspección, reescritura y edición. La obra simula un tono informal, recrea los múltiples recursos que se encuentran en un diario: tachones, subrayados, negrillas, fechas y una variedad de juegos tipográficos. Su estructura dividida en tres partes está compuesta de breves capítulos que sitúan al lector como testigo de un espacio íntimo.

La historia sucede el “Primer día y primer viernes del nuevo año”. En el primer capítulo, la narradora se presenta: “Soy una mujer de treintaypocos. Soy mexicana viviendo en Estados Unidos. Soy una alien legal. Soy una profesora universitaria. Y soy una persona triste.” Además de reflejar el “yo” en su amplitud, el uso de la primera persona define a la narradora como un personaje contradictorio: una mujer independiente y a la vez insegura frente a su capacidad de crear. Detrás de quien escribe y firma hay, como indica el texto, una escritora con educación universitaria que narra desde un país extranjero, desde una afiliación profesional, personal y afectiva. Una escritora que retrata una situación por mucho tiempo considerada romántica y que, desde el MeToo, se ha revelado como desigual y depredadora. El cliché lo conocemos bien: un “Gran Escritor” con ojos de “cachorro callejero”, borracho y mujeriego, seduce a una joven que “escribe cosas”. La joven triste o más bien deprimida, por un fracaso amoroso reciente con una mujer, se siente vista, deslumbrada, y quizás hasta apapachada por el ego engrandecido del Gran Escritor con quien comparte algunas afinidades intelectuales, pero, sobre todo (quizás lo más importante), el deseo de escribir. Clichés son también las armas de seducción: las diferencias ventajosas entre una persona con por lo menos veinte años más de experiencia y de mañas aprendidas. Llegan pronto, con este patrón seductor, los desplantes de narcisismo y el gaslighting.

La escritora se va despersonalizando al aceptar el rol de musa o de una “Barbie jugando a la casita” con el Gran Escritor, “Ken Panza” de Kansas. A pesar del deterioro progresivo de los apodos, de sus circunstancias y de su propia integridad, la escritura de la narradora nunca está desprovista de humor. La ironía, como estrategia narrativa, produce una distancia fundamental para discernir las propias emociones: “Vivo en una ciudad que no elegí, llegué persiguiendo al hombre que me eligió. Mi cuerpo se siente un poco raro. Estoy incómoda la mayor parte del tiempo y en todos lados. Me siento sola cuando él no está. Y a veces cuando está, también…”

Dentro de la historia se van intercalando dos diarios de la misma narradora. El diario principal, en tiempo presente y el diario de su infancia donde describe la disolución familiar y el abandono de su padre. Este segundo, se distingue visualmente por su tipografía Courier, de máquina de escribir, y por reproducir el tono inocente de una niña que acude a su “querido diario” para desahogarse de los opresivos condicionamientos familiares: “Fíjate que hoy mi mamá se enojó con nosotras […] Le prometimos no ver la tele. Le prometimos portarnos bien y limpiar el cuarto. Le prometimos ayudar más en la casa. Le prometimos todo lo que pudimos y ni así.” El diario de infancia funciona como un espejo del diario presente. El “sometimiento” y los roles de género de “portarse bien” y “limpiar” que la madre impone se reproducen más adelante en el espacio doméstico de la narradora y en su relación amorosa desigual frente a una figura masculina. El diario presente pone en evidencia al escritor/académico abusivo, ausente y violento quien, como el padre, no tiene sentido de ética ni de responsabilidad.

La novela ligera, bien escrita y divertida muestra –a pesar de lo que cuenta– cómo toda obra de arte literaria puede ser un triste reflejo de la realidad, y sobre todo resalta la importancia de la escritura como estrategia de supervivencia. Hay que revisar el trabajo que autoras (como Aguilar Zéleny y Rivera Garza) y críticas (como Francesca Dennstedt y Emily Hind) están haciendo desde la distancia lúcida que permite la extranjería y (todavía) la academia. Hay que comenzar a reírse de los falsos ídolos que han dominado por tanto tiempo el medio literario. ~


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