Bergmaniana (cosas que hacer en Fårö cuando estás muerto)

Fårö, en la provincia sueca de Gotland, es la isla donde vivió y murió Ingmar Bergman. El recuerdo del cineasta, las ovejas y un modesto turismo socialdemócrata son las tres industrias de la zona. Esta es la crónica de una visita a la isla, en la semana dedicada al autor de El séptimo sello.
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Fårö

Para llegar a la isla de Fårö hay que volar a Estocolmo y, una vez allí, mudar de aeropuerto y tomar un avión de hélice hasta Visby, capital y única ciudad que merezca tal nombre en Gotland. Desde la ventanilla del avión, en un atardecer que se prolongará durante horas y horas, no se distingue bien dónde acaban el mar y el damasquinado de islas y dónde empiezan las nubes y el cielo; hasta que nos alejamos de la tierra firme y solo queda una lámina de Báltico terso como un hule. Pasan barcos, alguno que imagino de guerra. Las azafatas reparten regalices finlandeses y smoothies. A mi izquierda viaja un policía de uniforme; fabulo que acude a la isla a investigar desapariciones relacionadas con un culto viejo y secreto. Ayer fue midsommar y la broma es inevitable.

En el mínimo aeropuerto de Visby lo que encontramos no son isleños misteriosos sino un empleado graciosete de la empresa de alquiler de coches. Se va a convertir en una constante en el viaje: los jóvenes suecos amenizan sus trabajos de verano vacilando a los improbables extranjeros con su inglés deslenguado. Conduzco hasta Fårösund, en el extremo noreste de la isla, donde hemos reservado un par de noches en una antigua fortaleza costera reconvertida en hotel. El edificio apenas sobresale de las dunas y en torno a él nos recibe un ejército de lanzas de metal retorcidas. Tras no poca investigación averiguaremos que eran postes para tender barreras de espino.

Nos instalamos, tomamos un refrigerio escandalosamente caro y nos vamos a la orilla a despachar una botella de vino español. Al acercarnos al mar, a la luz del crepúsculo que no se acaba, vislumbro un cuello de plesiosaurio. Es un cisne con sus tres crías, y se alejan plácidamente sobre las olas a nuestro paso. Nos sentamos en un merendero entre los pinos retorcidos a beber y esperar la oscuridad que no llega. Gdansk y Kaliningrado quedan en algún punto tras el horizonte. Al otro lado del canal se ven las luces de Fårö.

La Semana de Bergman (Bergmanveckan)

Los únicos sectores económicos de Fårö –aparte de un modesto turismo socialdemócrata– parecen ser la cría de ovejas e Ingmar Bergman. Por la carretera principal de la isla, que se despliega desde la estación del ferry, cuento los carteles con la leyenda Lammskin. Primero creo que es un lugar y que se va a él por todos los cruces; luego interpreto que es algún servicio; al final resulta que solo significa “piel de oveja” en gutniska. Son unos vellocinos grises y muy rizados que he visto por todas partes en el hotel.

Llegamos en un santiamén al Bergmancenter, casi a la sombra de la iglesia de Fårö, pero está cerrado aún y una señora mayor muy amable y muy sueca nos manda a tomar el desayuno a un café a varios kilómetros. Después del café hacemos tiempo paseando por la playa de Sundersand –sigo imaginando rusos imprecisos al otro lado del mar–. Hay una especie de resort de casitas medio de cuento nórdico, medio de utopía fabiana, y un memorial a Olof Palme –que veraneaba allí– casi indistinguible del paisaje.

A la vuelta vamos directamente a la iglesia, porque D. quiere ver la tumba de Bergman. La encontramos sin mucha dificultad a pesar de que está en un recodo del cementerio, porque hay cierto trasiego de gente y un equipo de grabación. Una muchacha que está en prácticas en una radio local quiere entrevistarnos: le parece muy exótico que hayamos venido desde España al festival. Le cedo el honor a D., que es el bergmaniano de verdad y además está muy locuaz desde que pisamos la isla. Mientras responde, una hilera de jubilados suecos desfila desde un autobús turístico hasta la tumba. Visitamos la iglesia, que tiene algo de Moby Dick, bancos que se cierran con portezuelas y un estante con himnarios rojos a la entrada. Hay unos bailarines jóvenes ensayando unas danzas sincopadas para la inauguración del festival.

Después de comer –un bacalao y unas salchichas de cordero muy aceptables– volvemos al Centro Bergman para ver la primera proyección del festival. Se trata de Triangle of sadness, la última de Ruben Östlund, un comentario poco sutil sobre la globalización y las luchas de clase y género. La peli empieza bien, afinando sobre dinero y relaciones de pareja, pero se desmadra sin remedio a la hora de metraje. Con todo, arranca muchas carcajadas –también nuestras– y un aplauso final del público mayoritariamente sueco. Parece que en Cannes también la ovacionaron. Tras la proyección hay un mingle en la terraza del centro con discursos, actividades para socializar y actuaciones varias. Jóvenes que intuimos venidos de toda la isla hacen cola frente al mostrador de comida. La fauna de festival empieza a mostrarse en todo su esplendor, pero aún parecen predominar los autóctonos. Una poetisa con cabeza de Medusa y un mono gris recita de un librito rojo sin entonación, como si enumerase por teléfono los motivos para abandonarte. Por la noche hay más vino español en Fårösund, al otro lado del canal.

América

Detecto en Gotland una extraña fascinación con lo americano, y en particular con la cultura americana del hidrocarburo y la chatarra. Aparte de los consabidos Volvos de los años cincuenta y sesenta, encuentro más de un pickup americano aparcado en jardines o patios. Pero el ejemplo más completo está en el centro de la media luna que es Fårö: la Crêperie Tati –me iré de la isla sin saber si el Tati se pronuncia a la francesa o a la sueca–. Es un junkyard repleto de coches americanos en estado de oxidación avanzada, surtidores de gasolina, neones, piezas indescriptibles. La crepería en sí es un barracón de madera, anunciado por un luminoso que dice “Elvis” con cierta desgana y tendido entre un prado ovejuno y la carretera. Un americanismo como de peli de Wim Wenders.

A la vez, no paramos de ver Teslas y coches eléctricos o híbridos. “Los suecos siempre queremos ir por delante en todo”, nos había dicho el empleado de la agencia de coches de alquiler cuando D. le preguntó en broma por un Mustang eléctrico –¿lo mejor de ambos mundos?– que aparecía en el catálogo. En Tati se celebra un concurso de preguntas sobre Bergman y se bebe cerveza caliente, y aparece por allí el hijo de Max Von Sydow, que también hizo carrera en América.

Porque el universo de Bergman ejerció a su vez una fascinación extraña en los americanos. Le dieron tres Óscars a la mejor película extranjera y uno honorífico, y lo convirtieron en un icono cultural con un fuerte elemento de parodia, del que Woody Allen ha hecho parte fundamental de su carrera. Un personaje bergmaniano aparece como villano en un blockbuster de Schwarzenegger y se siguen haciendo versiones, seguramente innecesarias, de Secretos de un matrimonio. Visitamos la casa donde se rodó la serie por pura chiripa, mientras hacemos tiempo para que lleguen los cables perdidos a una proyección. Está enfrente del cine privado de Bergman, en una finca rodeada por un muro de piedra seca. Se salvó de la quema in extremis, como todo el patrimonio de Bergman, tras su muerte. Entramos descalzos y con cautela porque, según nos dicen, hay gente que vive en la casa. Es más grande de lo que parece en pantalla, tiene una maravillosa escalera en espiral y conserva el tresillo verde en el que se sentaban Marianne y Johan. Todo parece relevante, grave; y, a la vez, hay una continuidad que me tranquiliza mientras salgo de nuevo al porche a calzarme.

La hora del lobo

La hora del lobo (Vargtimmen, 1968) se proyecta a las tres de la mañana en el cine privado de Bergman, un antiguo granero/pocilga enmoquetado, con espacio para quince o veinte espectadores. El visitante que pretenda ver la película deberá armarse de determinación para despertarse antes de las dos y conducir desde Visby; o bien hacer tiempo de alguna forma en Fårö. Si opta por lo segundo, podría pertrecharse de sándwiches en un supermercado de la isla y dirigirse a Sudersand, la larga playa de arena que ocupa la costa noreste de la isla. Quizás aparque junto al memorial a Olof Palme –por cierto, el único primer ministro sueco que estudió en América– y atraviese el modesto resort socialdemócrata cargado de bolsas. En la playa, junto a una cabina octogonal que resulta ser una sauna, hay una mesa de merendero donde se puede instalar uno.

La noche tardará en caer y, cuando llegue, los potenciales espectadores quizá se encuentren ya en un estado de excitación particular. Si alguien lo propusiera, podrían abrazar algún plan descabellado, como colarse en la casa de Bergman. Deberían recorrer los senderos del bosque en coche hasta dar con la puerta de la finca, que durante el día les habían prohibido traspasar. Esto es Suecia, es más, ¡es Fårö!, así que el muro de piedra es asequible; casi invita a saltarlo, aunque esté empezando a llover. Una vez dentro de la finca, alguien podría dirigirse a la carrera hacia la casa y pegarse a la larga pared de forma exagerada, cinematográfica. Si hubiera luz en alguna ventana –a pesar de que, nos han insistido, nadie vive allí–, un asaltante podría encaramarse con cuidado, asomarse y, quizás, ver una figura encamada y tapada por las sábanas. Correrían entonces todos de vuelta al coche, empapados, adolescentes.

Cuando llegamos al cine ya hay gente esperando bajo la lluvia. Han venido en bicicleta, que ya son ganas. Entramos y ocupamos unos espacios en la primera fila. Al poco la mayoría de espectadores ya están roncando –¡no así nosotros!–. Al acabar la proyección salimos a la claridad de madrugada como sonámbulos, casi sin cruzar palabra; nos metemos en el coche y nos vamos a dormir un par de horas en lo profundo del bosque.

Las reglas

Los suecos, al menos en Gotland, conducen muy despacio. Es decir: conducen a la velocidad indicada. Como el tráfico de ida y vuelta entre las dos islas está regulado por la cadencia del ferry, que ordena la circulación como un metrónomo, en las carreteras principales se organizan pacíficas caravanas de automóviles que circulan a idéntica velocidad. El espectáculo hipnotiza al conductor madrileño –también es fácil que lo exaspere si va un poco justo para cruzar el canal a una hora determinada–. No se puede dejar nada a la improvisación. Por ejemplo, tampoco se puede comprar alcohol de más de 3,5º fuera de los economatos estatales, Systembolaget, que, a cambio, son baratos y están extraordinariamente bien surtidos. Es un mundo de reglas.

A la ida tenía un par de horas muertas en el aeropuerto de Bromma antes de partir hacia Visby, así que saqué unas coronas del cajero para llevar dinero suelto y sueco. Craso error. En el propio bar del aeropuerto ya me miraron con estupefacción cuando enarbolé un billete. En Visby encontramos establecimientos que los rechazan sin más, casi sin explicaciones, y que hacen añorar las desabridas protestas de hosteleros o taxistas españoles cuando te ven sacar la tarjeta. ¡Ojo con las plegarias atendidas! Al lado de nosotros, en el jardín del hotel que no acepta billetes, Ruben Ostlund ejerce de padrazo. Igual quiere purgar los pecados familiares de Bergman, dice D.

Los pecados familiares de Bergman quedaron entre él, sus cinco esposas, sus nueve hijos y Liv Ullmann; pero los pecados socialdemócratas provocaron un escándalo nacional. En 1976 la hacienda sueca lo denunció por evasión fiscal. La acusación quedó en nada; pero Bergman, abrumado por la vergüenza, y a pesar de los intentos de Olof Palme de disuadirlo, cerró la casa de Fårö, se marchó de Suecia y se fue a vivir a Alemania, donde rodó tres películas.

El mundo de reglas se convierte rápidamente en un mundo de neurosis. Mientras me instalo en la habitación del hotel en Estocolmo miro en derredor: no hay ni una esquina libre de doctrina. La tarjeta de entrada promete sueños “con la conciencia [climática] tranquila”. Las toallas no se cambian a diario para cuidar el planeta. La comida no se tira, así que puedes comprar sobras. Y al otro lado de la ventana unos flamencos rosas presagian el Pride. Nada fuera del Estado, que dijo el clásico, y ni una esquina del Estado sin doctrina. Añoraremos los incómodos, sucios, inoportunos, anónimos billetes.

La amistad

La amistad no parece una preocupación fundamental de Bergman, al menos en una aproximación superficial. Yo soy más fordiano, por decir algo; pero precisamente por eso he hecho todo el camino hasta Fårö: porque el viaje también es la amistad. La Bergman Week de este año se celebra bajo el lema “Better together”, en recuerdo de la larga colaboración entre Bergman y Sven Nykvist, su eterno director de fotografía, que le descubrió Fårö y de quien se cumple el centenario.

Paseo con D. por Visby buscando unos fantasmagóricos barcos vikingos que, nos enteramos al fin, no existen, y comemos cordero viejo. Cada año se encuentra en Gotland algún tesoro vikingo enterrado; hay más monedas califales en la isla que en todo el resto de Europa. La ciudad está llena de ruinas de buen ver, algunas reconvertidas en restaurantes y cafés modernos. Son una buena metáfora de este momento de la vida, en el que se te han caído las techumbres pero aún queda espacio útil y un cierto estilo para rellenarlo. Ruina consolidada. Nos alojamos en un airbnb cutrón, que evoca de manera inevitable veranos londinenses de veintitantos años atrás. Por la noche escapamos de una cita de Tinder sin futuro y nos encaramamos a la azotea a despachar las existencias del Systembolaget y seguir poniéndonos al día.

Ingmar Bergman

Ingmar Bergman (Uppsala, 1918 – Fårö, 2007) fue un director de cine, escenógrafo y escritor sueco. Hijo de un estricto pastor luterano, estudió arte y literatura antes de dedicarse por completo al cine y el teatro. Sus obras más conocidas son El séptimo selloFresas salvajesPersonaSecretos de un matrimonio y Fanny y Alexander. En 1961 descubrió la isla de Fårö, donde rodó varias películas desde Como en un espejo, y donde construyó una casa en el bosque. Cada año, el Centro Bergman de Fårö organiza la Bergman Week, un festival con proyecciones, conferencias y artistas invitados.

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