Corbucci y D'Amato, sucios feos y malos

Corbucci y D’Amato, sucios feos y malos

Dos documentales programados en el Festival de Cine de Venecia rescatan un cine italiano poco pertinente en el clima cultural actual, pero que no merece el ostracismo al que ha sido condenado.
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El pasado fin de semana se repartió el palmarés en la emisión número 78 del Festival de Venecia. Todo parece indicar que este se llevó a cabo con la mayor normalidad posible en tiempos de la tercera o cuarta ola pandémica, es decir, hubo funciones presenciales con cines abarrotados, una competencia oficial (según los reportes, una de las mejores de los últimos años) y, por supuesto, las infaltables quejas de los colegas asistentes al festival, entre ellas, que el jurado presidido por el cineasta coreano Bong Joon-ho privilegió lo políticamente correcto al otorgarle el León de Oro a L’événement (2021), segundo largometraje de la cineasta francesa Audrey Diwan.

Ya habrá tiempo para darle la razón, o no, a los colegas que juran y perjuran que había mejores opciones en Venecia 2021 que ese drama social sobre una jovencita que busca abortar en la Francia de los años 60, cuando la interrupción del embarazo estaba prohibida en aquel país. Lo cierto es que con el León de Oro al filme de Diwan continúa la racha de triunfos cinematográficos femeninos este año, primero con los premios Óscar que se llevó Chloé Zhao por Nomadland(2020), y después con la Palma de Oro que se otorgó a Julia Ducournau por Titane (2021) en el pasado Festival de Cannes.

Es natural que ciertos filmes de otros géneros, épocas y miradas pasen de noche, por más que hayan sido programados en Venecia. Me refiero a dos invaluables documentales que fueron exhibidos fuera de competencia: Django & Django (Italia, 2021), de Luca Rea, centrado en el especialista en spaghetti westerns Sergio Corbucci (1926-1990), e Inferno rosso: Joe D’Amato sulla via dell’ecceso (Italia, 2021), sobre el incansable cineasta y productor Joe D’Amato (1936-1999), dirigido por Manlio Gomarasca y Massimiliano Zanin.

La paradoja es que dos de los creadores más exitosos y populares del cine italiano de los años 60 y 70 fueron homenajeados –aunque con mucha discreción– a través de la programación de este par de filmes, cuando en vida ni Corbucci ni D’Amato fueron premiados y, mucho menos, les fue permitido caminar por las alfombras rojas de Venecia o cualquier otro festival de cine. Por supuesto, no es que ellos lo buscaran: los dos conocían sus fortalezas, sus debilidades y sus límites.

En el caso de Corbucci, como dice Quentin Tarantino –el verborreico Virgilio que nos guía por la vida y la obra del “otro Sergio”–, la realidad es que el director de Django(1966) y El gran silencio (1968) sabía que no podía ser el primero de su tipo. El propio Corbucci aceptaba que otro director, un tal Sergio Leone, era el mejor en el terreno del spaghetti western, el género fílmico italiano más popular dentro y fuera del país, con unas 150 películas producidas anualmente en las décadas de los 60 y 70. Aunque Tarantino acapara la voz, la narración y el análisis en Django & Django, el director Luca Rea entrevista a una decena de colaboradores y colegas de Corbucci, quienes reconstruyen los inicios del crítico de cine convertido en guionista, luego en asistente de dirección, después en un confiable director de segunda unidad para, finalmente, ser director de su primer largometraje, Salvate mia figlia (1951).

Dividido en siete compactos episodios –el primero de ellos se titula, precisamente, “El otro Sergio”, para subrayar la condición subalterna que Corbucci tuvo siempre frente a Leone­– el documental de Rea entrega una fascinante crónica no solo de la vida y obra del cineasta romano, sino de las décadas doradas de la industria fílmica italiana de los años 60 y 70. Esta, por un lado, le brindó al mundo las sofisticadas obras de los consagrados Fellini y Antonioni y, por otro, llenó los cines de todo el orbe con los populares spaghetti westerns de Leone y Corbucci.

A inicios de los 60, otro romano llamado Aristide Massaccesi entró a la boyante industria cinematográfica italiana como fotógrafo de set, para más adelante ser operador de cámara y, a finales de la década, convertirse en uno de los más confiables y prolíficos directores de fotografía del medio. Massaccesi es, precisamente, el protagonista de Inferno Rosso: Joe D’Amato sulla via dell’eccesso, documental centrado en la vida, la obra, los triunfos y fracasos de este inquietísimo hombre de cine que, en algún momento, convertido en cineasta y productor en la década de los 70, se cambiaría el nombre a Joe D’Amato. La razón fue que una talentosa generación de cineastas y actores italoamericanos como Robert De Niro, Al Pacino, Martin Scorsese, Brian De Palma y Francis Ford Coppola había aparecido en Hollywood, y Massaccesi quería “sonar” como ellos.

Esta decisión de cambiarse el nombre con el fin de vender más se repitió una y otra vez a lo largo de su extensa carrera. Lo mismo podía dirigir alguna parodia del Decamerón que un spaguetti-western, para moverse después al cine de horror, a la sexycomedia de enredos, al cine de aventuras medievales, al porno softcore, al porno hardcore o a una demencial combinación de las fórmulas anteriores, según veía que el interés del público iba cambiando. Con cerca de 300 filmes y una serie de seudónimos que usó caprichosamente según el género que trabajaba, D’Amato se convertiría en una de las figuras más exitosas de la industria italiana de los 70 al realizar un cine que era muy visto aunque nadie presumiera de verlo, por lo menos no en voz alta. Y es que, ¿qué persona decente presume haber visto a la espectacular Laura Gemser en Emanuelle alrededor del mundo (D’Amato, 1977)? ¡Yo no!

Hay que notar que Django & Django e Inferno rosso…, no solo cubren la misma época, se refieren a la misma industria y recorren historias similares, sino que comparten a uno que otro entrevistado; incluso el cineasta Ruggero Deodato aparece en ambos filmes recordando sus inicios tanto con Corbucci como con D’Amato. Estos dos auténticos hombres de cine aprendieron el oficio desde abajo, los dos pertenecieron a la misma industria, que nunca los reconoció en vida, y los dos pasaron de cima a sima en sus respectivas carreras: Corbucci realizando comedias menores con Terence Hill en los años 80 y D’Amato evadiendo la quiebra económica y produciendo pornografía dura en sus últimos años.

Estos documentales son el primer paso para rescatar la historia de un cine italiano exitoso y popular que no merece el ostracismo al que ha sido condenado. En el caso de Corbucci, el ninguneo ha sido sustituido, poco a poco, por un discreto reconocimiento, en parte gracias a Tarantino y a su reboot Django sin cadenas (2012), y en parte por una revaloración crítica ascendente. En el caso de Joe D’Amato, queda mucho por hacer, tanto en el estudio de su trabajo como cinefotógrafo como en el análisis de una extensa carrera dentro de los géneros más cochambrosos de la industria fílmica global.

Es cierto: en ambos casos se tata de un cine hecho por sucios, feos y malos, y poco pertinente en el clima cultural que estamos viviendo. Pero este cine también es cine.

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