Una obra maestra de las letras nórdicas

Pocos autores han estado más arraigados en un lugar, ahondado tanto en un paisaje, incitado a otros a su búsqueda, como el noruego Tarjei Vesaas.
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Empecé leyendo a Tarjei Vesaas para comprender el invierno. Me esperaba mi primera temporada gélida en una colina aislada y leer a un hombre conocido por haber pasado su vida en las montañas de Noruega, por su descripción de la dureza del clima y su belleza, se impuso como una guía providencial.

Esa novela era El palacio de hielo, hasta hace poco la única disponible en español. Habla de la amistad entre dos niñas, de una cascada congelada y de la pérdida; pero en Vesaas la trama es apenas la escarcha que recubre el resto. El intento por describir de qué trata su escritura desemboca en oxímoros y palabras tachadas. Su mundo es el de las sensaciones en los linderos de la conciencia y la lógica, aquellas que olvidamos antes de poderlas nombrar; restituye toda la extrañeza de un mundo sin obviedades. Son todos los parpadeos que nos habitan a diario. Al salir del invierno viajé para hacer un reportaje sobre él.

Tarjei Vesaas nació en 1897 en una granja llamada Vesås, una cima rodeada de pinos que dio nombre a su familia y donde nueve generaciones consecutivas se habían pasado la estafeta de trabajar la tierra. Él estaba destinado a continuar esa tradición. La rechazó por una vocación cultivada en silencio, tras jornadas cortando madera con su padre, retraído con pluma y papel en una esquina de la sala familiar. Saberse escritor fue el parteaguas de su vida. Rebasados los treinta años, tras alternar agricultura y primeras novelas, compró la propiedad de un tío en bancarrota y rompió esa cadena heredada por varios siglos. No podía abandonar el paisaje y la mudanza fue mínima: apenas seis kilómetros, los que separan Vesås de Midtbø, su nuevo hogar con vista al lago. Ahí escribió hasta su muerte, en 1970. La escarcha de una vida.

“Escribió la mayoría de sus libros aquí, hasta el último verano”, dice Guri Vesaas, la hija del autor. Estamos en Midtbø, en la comuna de Vinje, en el céntrico condado de Telemark, cuya cultura popular y paisajes inspiraron en el siglo XIX a los pintores del romanticismo nacional noruego. Guri me recibe en la sala para compartir la historia de sus padres, de Tarjei y la poeta Halldis Moren, y el sueño que les llevó a fundar un hogar para dedicarse a la literatura en este sitio fuera del tiempo. Midtbø puede visitarse cada verano desde 2016, cuando la familia decidió abrir las puertas para ahuyentar el olvido y recibir a quienes la lectura se les volvió peregrinaje.

Si las visitas abundan es porque pocos autores han estado más arraigados en un lugar, ahondado tanto en un paisaje, incitado a otros a su búsqueda. Entre ellos llega Kjell Andre, desde Lillehammer, al norte de Oslo, porque encontró en Vesaas a un autor que no terminaba de explicarse. “Nunca se acaba”, dice, así que se vuelve a él, de viaje a su zaga.

Si el Telemark noruego logra escapar de la decepción que deparan otros viajes literarios –la obra confrontada con la banal ubicación de su trama– es porque en Vesaas el paisaje no es telón de fondo, sino su vocabulario.

“Creo que él tenía el paisaje y el idioma de aquí, el dialecto de aquí, de alguna manera en el cuerpo. Era parte de su cuerpo”, dice Guri. Por eso una obra creada en una campiña recóndita sortea la épica pastoral; relata una forma de estar en el mundo.

Como cuando Vesaas pregunta: “¿Con quién hablamos cuando callamos?”

Guri asiente al escuchar la cita, y no cree en las respuestas. “Tan pronto intentas expresarlo desaparece. Creo que es algo que mi padre experimentó a menudo. Hay muchas cosas en él que no podía nombrar, pero al mismo tiempo las comunicaba… sin decir nada. Su lenguaje es muy simple, pero hay mucho entremedias, también en el silencio. En cuanto buscas ponerle palabras suena artificial.”

Lo mismo opinaba Vesaas: “Decimos demasiadas cosas estúpidas, y torpes. A menudo son torpes. Las cosas dichas parecen zapatos dispares, abandonados en el suelo, mientras que lo que quería decirse parecen pájaros en pleno vuelo. No es solo la modestia la que silencia las cosas importantes. Nuestra lengua es de madera.”

La mejor expresión de ese lenguaje que tartamudea belleza puede encontrarse en Los pájaros, su novela de 1957. Es la historia de Mattis, un hombre al que en su pueblo llaman “simplón”, incapaz de trabajar o de darse a entender, que vive con su hermana Hege y depende de ella. A veces se sube a su barca y se improvisa barquero para atravesar un lago que nadie busca cruzar. Hasta que un día alguien llama desde la orilla.

Los pájaros acaba de ser publicado por la editorial Nórdica Libros, en la traducción de Juan Gutiérrez-Maupomé, Bente Teigen Gundersen y Mónica Sainz. El libro data de 1957 y es apenas el segundo del autor que se traduce al español, de un total de veintitrés novelas, seis poemarios, cuatro libros de cuentos y once obras de teatro. Pudo ser diferente: Vesaas tiene el dudoso honor de estar entre los autores más nominados al Nobel –57 veces– sin ganarlo. En 1970 era uno de los favoritos. Murió en marzo, luego de haber recibido nueve nominaciones. El ganador unos meses más tarde, Aleksandr Solzhenitsyn, recibió seis.

Como ha repetido el también noruego Karl Ove Knausgård, Los pájaros “estaría entre los grandes clásicos del siglo pasado si se hubiera escrito en uno de los idiomas más hablados”. Vesaas escribía además en nynorsk, la menos usada de las dos formas del noruego escrito: tan solo entre el 10 y el 15% de la población la declara como su lengua oficial. Es una lengua derivada de los dialectos, a menudo discriminada como campirana. Vesaas la eligió y la consolidó como una lengua literaria. La consagración que impidió su muerte la conseguiría su principal sucesor en el uso del nynorsk, Jon Fosse, ganador del Nobel en 2023. “Me gusta escuchar audiolibros cuando conduzco largas distancias”, cuenta en una entrevista. “Mi favorito es Los pájaros de Vesaas, es bellísimo.”

Hay un video en blanco y negro de la televisión noruega en el que Vesaas aparece sentado, con el trasfondo del campo. Sus palabras fluyen a cuentagotas. El entrevistador le pregunta: “¿El personaje de Mattis le resulta cercano?” Vesaas asiente: “Sí, podría decirse que es un autorretrato, con ciertas reservas.”

La afirmación puede sorprender. Mattis es el inocente local, cuando no el tonto del pueblo. “No hay que entenderlo de forma literal, pero él sabe”, dice Guri. “Cuando lees sobre Mattis, ves que el escritor sabe cómo se siente, y por eso se identifica mucho con él. Mi padre no era como Mattis en cuanto a la incapacidad para trabajar, no era tan indefenso.” Pero compartían una imposibilidad. Mattis se siente desamparado ante las expectativas de los demás, como Vesaas ante el legado familiar. Es una fisura que atraviesa varias de sus novelas y personajes.

“Sufrió mucho por no poder… Después de unos años, estaba plenamente convencido de lo que quería y de que no podía convertirse en agricultor, porque quería leer, escribir, ser escritor. Pero pensaba que sus padres se sentirían muy decepcionados”, dice Guri. “En las montañas no se hablaba mucho. Era difícil hablar de sentimientos o cosas parecidas, de las cosas difíciles no se hablaba. Cuando salió su primer libro, cuando llegó por correo a la casa, él entró a la sala y lo puso sobre la mesa. Nadie dijo nada. Él había escrito eso y nadie dijo nada. Simplemente fingieron no verlo.”

Aunque Mattis sufre para expresarse entre sus congéneres, a solas en su barca lo cimbra la naturaleza. Vesaas nos permite entenderlo, sumar su humanidad a la nuestra. Nos regala su relación con el lenguaje.

Esa proporción de las palabras que restituye su tentación, su peso y su misterio. Un pensamiento donde las fórmulas habituales tienen la violencia de la literalidad, la poesía de las cosas dichas tal cual. Los juegos y las lógicas secretas que existen en nosotros al margen de todo intercambio. Mattis habita un mundo saturado de significado, sin filtros ante el lenguaje, sin barreras entre la analogía y la realidad.

“Lo importante de Mattis es que está cerca de la vida”, escribió Knausgård. “No es una persona que hace cosas, es incapaz de ello, es una persona que es. Y este estado de ser está lleno a rebosar… El escritor está abierto al lenguaje, el lenguaje está abierto a Mattis, Mattis está abierto a la vida.” Es uno de los grandes retratos que existen entre las páginas, una insólita “autobiografía” que se halla más allá de los hechos o de la trama, a otro grado de profundidad. O como lo dijo Halldis Moren, la poeta que compartió la vida con Vesaas: “Inmersión, tal vez esa sea la palabra que resuelve todo el ‘enigma’ que lo rodea. Ese era su faro.”

En las laderas que bajan desde Midtbø hasta el lago las granjas son del color que tienen en los libros de Vesaas, se escuchan los mismos pájaros, bajo la misma luz pacientemente descrita. Para donde se mire converge lo leído: “El lago era como un espejo, el cielo y la tierra yacían allí boca abajo.” Una vieja barca abandonada en la orilla espera a Mattis, y las alegorías se funden en el paisaje que las inspiró. ~


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