Dos poemas

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Monte Aranda

En el momento antes de dormirme aparecen los nombres que olvido. No los conozco, entonces decido levantarme. El pasillo está oscuro, murmullo mi nombre, para ver si ellos igualmente se nombran, pero entiendo que persisten en su único tiempo y soy yo quien comprende sus cuerpos. Se entibian donde no hay más agua, en las grietas de polvo, en Tilam, Monte Aranda y donde los árboles verdes se coronan para esconder sus tierras, donde sus cuerpos ágiles pasan de un lugar a otro.

Una vez como tantas, elevados sin carne, me dijiste: qué rojo más vivo, este es un muerto al que recuerdo. Yo me defiendo, me doy cuenta de que ese tono que llevan no son apariencias, sino el rojo que yo respiro y que tú reconoces, intenso y sin cuerpo, delgado en sus movimientos. Dicen, aquí hay una aguada traposa –la sequía del invierno pasado. En Monte Aranda siguen buscando sus cuerpos, ayer te dijeron, los vecinos sacaron los rojos de sus manteles, afloraron sus casas con tonos violetas para dejarlos a un lado. Juntaron en las esquinas los rojizos de tazas, libros y vientres. Y en eso, tú y yo los tenemos en nuestras manos, apretados para saber quiénes son, hace días dejaron a los animales sin agua, a los eucaliptos sin sus aromas e inundaron las calles de un liquen pedregoso para alejarnos de nuestras tierras. No veo los rojos como lo hacía antes. El atardecer es una advertencia, un musgo que aflora para enrostrarnos que los rojos serán la siguiente camanchaca costera de estos pueblos que alguna vez visitamos. ~

Serpientes luminosas

La luz de las serpientes, ¿qué sería? Ese espacio que queda cuando te despiertas. Mañana miraremos sus cuerpos echados. Mira cómo se mueven esos reptiles antes de que la luz del día se los lleve. Avanzan y sus rastros quedan. Nadie lo percibe. Entonces tú me hablabas de esa presencia impregnada a la tierra.

La luz de las serpientes, no sabíamos cómo actuabas. A veces te movías sin levantarte completamente. El peso en tus pies, ese caminar arrastrado. No sé qué fuiste al nacer. Frente a mí tu cuerpo largo y tu mirada ácida, incluso bajo una luz plena. ~