Ecos de Xibalbá: El muralismo de Rina Lazo

El muralismo era considerado un “arte viril”, del que las mujeres quedaban descalificadas de antemano. En ese medio, Rina Lazo fue reconocida como creadora con una propuesta y estilo propio.
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En su última pintura mural, Xibalbá, el inframundo de los mayas, la pintora guatemalteco-mexicana Rina Lazo (1923-2019) incluyó su autorretrato, su figura de cuerpo entero ataviada con un vestido anaranjado, en la entrada del inframundo. Acompañada por los dioses de la muerte y del sol, así como de un perro y una tortuga, la artista se encuentra a punto de iniciar su viaje a través de aquel espacio subterráneo repleto de animales, vegetación y figuras humanas realizando distintas actividades, algunas relacionadas con el mito del maíz, otras con la vida cotidiana de la antigüedad como el tejido y el juego de pelota. Este mural, como la artista, también hizo su entrada a una cueva civilizada, un recinto sagrado al que solo llegan los elegidos: el museo.

Xibalbá se convirtió en la primera pintura mural realizada por una artista mujer que entra y es expuesta en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Un espacio en el que, para su apertura como Museo de Artes Plásticas en 1934 (primer recinto estatal dedicado a la exhibición del arte moderno mexicano), se comisionaron dos murales: El hombre en el cruce de caminos o El hombre controlador del universo,de Diego Rivera (reinterpretación del mural pintado y destruido en el Rockefeller Center en Nueva York) y el mural Katharsis,de José Clemente Orozco. A partir de ahí el Museo del Palacio de Bellas Artes se convertiría en el escaparate donde los artistas verían cristalizado el reconocimiento de sus trayectorias por el Estado: su encumbramiento dentro del arte nacional. Solo tardaron 88 años en incluir en la exhibición un mural realizado por una mujer.

En ese sentido, es importante recordar que estamos en el año del muralismo. Dos piezas cumplen su primer centenario: El árbol de la vida,de Roberto Montenegro (con ayuda de Jorge Enciso, Gabriel Fernández Ledesma y Xavier Guerrero), ubicado en el Museo de las Constituciones, antes Sala de Discusiones Libres de la Universidad, y La Creación,de Diego Rivera (con el apoyo de Xavier Guerrero, Jean Charlot, Carlos Mérida y Amado de la Cueva), en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, anteriormente conocido como el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria. Muchos hombres, ninguna mujer.

Desde una noción heteropatriarcal el muralismo era considerado un “arte viril” y, por lo tanto, pareciera que las mujeres quedaban descalificadas de antemano por un criterio de fuerza física, además del prejuicio que las concebía incapaces de representar los temas políticos y sociales del movimiento. No obstante, eran cada vez más las estudiantes preparadas como artistas y maestras en las Escuelas de Pintura al Aire Libre, además de todas las mujeres que fungieron como modelos, críticas, escritoras y activistas cuya agencia es importante mencionar dentro del muralismo.

Durante los años veinte no hubo mujeres muralistas famosas. La pintora ayudante de la que se tiene un mayor registro es la norteamericana Ione Robinson, quien durante unos meses de 1929 colaboró con Rivera en Palacio Nacional y Chapingo. Los murales pintados únicamente por mujeres tendrían que esperar a la década siguiente para tener un verdadero desarrollo. No obstante, es interesante resaltar que hubo muchas ayudantes pintoras, principalmente en el equipo de Rivera: las hermanas Greenwood, Lucienne Bloch, Mona Hoffman, Fanny Rabel, María Luisa Martín, Violeta Bonilla, entre otras tantas que también merecen que los estudiosos se enfoquen en su producción.

La historia de Rina Lazo es especial. Al llegar a México, la artista ingresó a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” y su profesor del curso “Técnicas Artísticas”, Andrés Sánchez Flores, quien ya llevaba varios años colaborando con Diego Rivera cuidando y elaborando sus materiales, le ofreció el trabajo de ayudante en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947) junto con él y Pedro A. Peñaloza. A partir de ese momento Rina participaría en varios de los proyectos comisionados a Rivera: desde las experimentaciones plásticas con el mural subacuático El origen de la vida en el Cárcamo del Río Lerma en Chapultepec (1951) o la decoración del Estadio Olímpico Universitario (1952) hasta el gran mural sobre La historia de la medicina (El pueblo en demanda de salud) en el Centro Médico Nacional La Raza (1953). Según recordaba la artista en sus múltiples entrevistas, su relación con Diego Rivera y Frida Kahlo fue afectuosa y de gran aprendizaje, el cual no solo iba sobre geometría y plástica, sino que se entrecruzaba con sus inquietudes históricas y mitológicas, así como con su activismo político.

Esto último es indispensable para pensar en la figura y obra de Rina Lazo. Primero, porque fue alguien que se involucró en los movimientos sociales en Guatemala, como lo muestra su mural Venceremos (1959) (hoy expuesto en el Museo de Arte Moderno de Toluca), y también en México, donde en 1968 fue encarcelada por participar en las manifestaciones de descontento con el gobierno. Durante los meses que estuvo en la cárcel, Rina realizó dibujos que después se convertirían en grabados y esténciles utilizados en las manifestaciones políticas y de denuncia. Imágenes móviles. Imágenes que circularían en las calles, además de aparecer tiempo después en algunas exposiciones.

Es necesario resaltar que en la historia del arte y principalmente en la historia del arte muralista hace falta todavía destacar la labor de los y las ayudantes, es decir, del equipo que hacía posible la existencia de aquellas grandes obras. Los ayudantes preparan los muros, muelen los pigmentos, trazan y delinean algunas figuras, pintan algunas zonas de las composiciones. Su labor en ocasiones parece menor en contrapartida al artista concebido todavía como genio-creador, pero la cosa no es tan simple. La pintura de un mural es un proceso colectivo e implica un diálogo continuo desde antes de subirse a los andamios. La creación involucra la interacción con una amplia comunidad que incluye modelos, ingenieros, albañiles, dibujantes, entre tantas otras personas. Así, una gran cantidad de nombres permanecen ocultos en los archivos, casi olvidados en la memoria. Es momento de hacerlos volver. Rina fue de las pocas que fue reconocida como ayudante y como maestra, como pintora de caballete y como muralista, como retratista y pintora de bodegones, en fin, como creadora con una propuesta y estilo propio cuya resonancia está todavía por ser reconocida.

Se debe destacar que Xibalbá no es el primer mural de Rina que entró en un museo. En 1964, cuando se realizaba la construcción del Museo Nacional de Antropología y la proyección museográfica por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y su equipo, Rina Lazo ganó el concurso para la realización de la réplica de las pinturas de Bonampak. Así pues, se trasladó a la Selva Lacandona durante tres meses, acompañada por su esposo, el también pintor Arturo García Bustos, e hizo una calca meticulosa de las figuras con acetato, anotaciones de los materiales y la superposición de tonos y pigmentos. Estos murales se ubicarían en la reproducción del edificio realizada en el jardín que se encuentra ubicado junto a la Sala Maya y fueron concluidos en 1966. Sorprendentemente, en aquel momento no serían consideradas piezas artísticas, sino solo parte del material museográfico y de apoyo pedagógico a pesar de la invención compositiva de Lazo. Hasta hace muy poco las piezas modernas que se encuentran en las salas de este museo fueron inventariadas como obras artísticas. Unos años después, cuando se realizó una renovación de la Sala Maya, Rina pintó un mural inspirado en el Popol Vuh, quizás el libro más importante sobre la cosmovisión de los mayas-quiché, que intituló Venerable abuelo maíz (1992-1995).

Su trabajo en Bonampak fue tan meticuloso y llegó a gustar tanto que se le pidió que lo repitiera en tres ocasiones más. Ninguna de las tres versiones es igual a la otra y cada una ha permitido que el muralismo de Lazo circule más allá del Museo de Antropología. Una fue realizada para el periódico japonés Asahi Shimbun (1970)Otra, de dos lienzos, fue comisionada para una colección privada en Guatemala (1975) y actualmente se encuentra en comodato en el Centro Cultural Santo Domingo del Cerro en la Antigua Guatemala. La tercera versión, quizá la más vista por los mexicanos, son los grandes paneles ubicados en la estación Bellas Artes de la línea 2 del metro de la Ciudad de México (1970).

De vuelta al museo, vale la pena recordar que los murales del Museo del Palacio de Bellas Artes ya no fueron realizados para dialogar con la construcción de alguna oficina, escuela, hospital o palacio de gobierno, sino que algunos fueron comisionados y otros rescatados como piezas artísticas móviles, todos dispuestos para ser admirados, conservados y actualizados por los visitantes. En aquel espacio se formó una colección de murales para la nación mexicana. Una colección de murales realizados por artistas hombres. De ahí que la exposición Xibalbá, el inframundo de los mayas de Rina Lazo, curada por la historiadora del arte y especialista en mujeres muralistas Dina Comisarenco, sea un gran acontecimiento. Un hito.

Ya no se trata solo de la inclusión de nombres de artistas mujeres en la historia del muralismo, sino de exigir la despatriarcalización de las instituciones culturales y de la manera en la que se generan las colecciones estatales y construimos memoria. Con la exhibición de este mural se enuncia el reconocimiento de una experiencia diferenciada del mundo, del arte y las maneras en las que este se manifiesta. La plasticidad de la obra de Rina Lazo y la persistencia de su voz nacen del intercambio con muchas otras. Desde nuestras cuevas, escuchemos con atención sus reverberaciones. ~

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