Me cuidan mis amigas: la mirada de Lola Álvarez Bravo

Una exposición invita a cuestionar la mirada de la fotógrafa mexicana desde el campo de la fotografía documental, la propaganda política y comercial, y la libertad creativa.
AÑADIR A FAVORITOS

En la exposición La otra Lola: documentación, persuasión y experimentación fotográfica 1930-1955 no pude dejar de pensar en la importancia de las amigas. En una época como la que nos está tocando vivir es difícil no pensar en la consigna que tantas veces hemos tenido que gritar en las marchas: “El Estado no me cuida; me cuidan mis amigas”, que denuncia la ausencia de justicia para Debanhi, para Luz Raquel, para Margarita, para Marisela y su hija Rubí, para tantas mujeres asesinadas diariamente en el país y, al mismo tiempo, expresa una certeza: el acompañamiento de las amigas, sus consejos, su escucha, sus cuidados ante este mundo agreste y patriarcal.

Lola Álvarez Bravo, cuyo nombre de pila era Dolores Martínez de Anda (1903-1993), dirigió su cámara continuamente a sus amigas, sus cuerpos, sus obras y creaciones para mostrar su trayecto juntas por el mundo. La exposición, curada por la historiadora del arte e investigadora de la UNAM Deborah Dorotinsky, nos invita a cuestionar la mirada de Lola desde el campo de la fotografía documental, de la propaganda política y comercial, así como de la libertad creativa. Las estrategias expositivas nos van llevando de la mano (y del ojo) para hacernos partícipes de algunos procesos de la investigación de Dorotinsky: la emulación de cajas de luz para acercarnos a la labor de archivo, el trabajo con los negativos y la manipulación de la película fotográfica; la disposición de vitrinas que facilitan la comparación de imágenes en sus versiones impresas y su edición para diversas publicaciones, así como el recortar y pegar, piedra angular del lenguaje del fotomontaje y su posterior expansión al ámbito del fotomural.

Una de las grandes piezas incluidas en la exposición es un fragmento cinematográfico de dos minutos que nos muestra a una Frida Kahlo seductora que, al acercarse a la bailarina Ana Misrachi, cuestionaba la heteronorma con su gestualidad y se burlaba de la finitud de la existencia, ante la cámara sostenida por su amiga Lola. Esta complicidad entre ellas se había registrado ya en varios retratos de Frida: en su casa, en la intimidad, frente a su reflejo, con sus mascotas, y no olvidemos que también fue Lola quien tendría la iniciativa y se encargaría de organizar su exposición homenaje en 1953. Tres años después, luego de la muerte de Kahlo, Lola crearía también en su Galería de Arte Contemporáneo el Salón Frida Kahlo, una exposición con obras de cuarenta mujeres artistas que también incluiría, como tributo, tres obras inéditas de Frida. De este modo, tenemos otra faceta de Lola ya no solo como escucha o confidente, sino como conservadora y trovadora de la memoria y el legado de sus amigas. Lola como la encargada de que fueran recordadas, homenajeadas y estudiadas. La repetición continua de sus narraciones y anécdotas sobre ellas, sobre sus vidas, trabajos e intereses, afortunadamente llegarían a los oídos de varios estudiosos y terminarían por formar parte de las historias del arte moderno mexicano.

Lola Álvarez Bravo fue una mujer que recorrió el país en traje sastre y con cámara en mano capturando tanto el trabajo de los campesinos y constructores de caminos como el de las mujeres en sus labores de cuidado de los otros en la vida cotidiana. En sus colaboraciones para la revista El Maestro Rural, publicación de la Secretaría de Educación Pública, Lola retrató espacios del Centro Escolar Revolución, lugar donde también se desempeñó como maestra de artes plásticas y que contó con el que hasta hoy se considera el primer mural realizado por una mujer artista, Atentado a las maestras rurales, de Aurora Reyes (1936). Esta es una obra que denuncia la violencia hacia las mujeres y el fascismo y que reclama un posicionamiento de la educación socialista ante aquel tipo de acciones. La pieza, además, formó parte de un programa mural más grande en aquella escuela llevado a cabo por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (lear), de la cual tanto Aurora como Lola formaron parte, junto con Concha Michel, Amelia Vázquez Gómez, Ninfa Santos y María Izquierdo, entre muchas otras mujeres comprometidas con el activismo político y social en aquellos años.

Así pues, se debe destacar que la sororidad entre estas mujeres artistas fue importante para el desarrollo de sus obras, para salir de las lógicas tradicionales y articular su pensamiento en conjunto. Por un tiempo, Lola y María Izquierdo vivieron juntas en el centro de la Ciudad de México. El tenerse cerca era importante para ellas, el cuidarse. Ambas maestras, en aquel momento divorciadas, decidieron aliarse de manera cotidiana, no solo para enfrentar al mundo sino para solidarizarse ante sus batallas por la visualidad. En ese sentido, se puede mencionar que juntas organizaron una exposición de carteles y fotomontajes en 1935 (primero presentada en la Ciudad de México y al mes siguiente en Guadalajara) con un grupo de “valientes e interesantes mujeres que van poniendo el arte al servicio social”, como las nombró el periódico El Nacional en aquella época y entre las que se menciona como participantes a las artistas Elena Huerta, Regina Pardo, Celia Arredondo, Cordelia Urueta y Esperanza Muñoz Hoffman. Mientras Izquierdo utilizó la xilografía para su obra El atorón en esta exposición, Lola presentaría el famoso fotomontaje El sueño de los pobres. Esta pieza, incluida en la exposición en su formato de imagen en proceso, evidencia el recorte y montaje para lograr transmitir un mensaje potente, en este caso, una máquina que fabrica monedas cae sobre un niño con la ropa rasgada, mientras este duerme plácidamente.

Otro fotomontaje importante en la exposición es el dedicado a la fundación de la Universidad Femenina de México por Adela Formoso, el cual muestra varios grupos de mujeres jóvenes que asistían a aquella institución realizando actividades académicas, creando comunidad. Además de celebrar las grandes acciones públicas que demostraban la vertiente feminista de la fotógrafa, se observa el interés por situar el trabajo de la diseñadora Clara Porset dentro del amplio discurso de la modernidad en la arquitectura y el diseño industrial. Ámbitos dominados por hombres y dentro de los cuales Lola también trataría de incursionar con sus propuestas de fotomurales, es decir, estas piezas intentaron ubicar a la fotografía y al montaje como parte de la búsqueda de la integración plástica en los proyectos arquitectónicos y urbanos.

Finalmente, la exposición La otra Lola muestra tanto el activismo social de la fotógrafa como su labor de promotora de instituciones estatales; lo mismo el retrato de la modernización de las ciudades que su búsqueda por el detalle y la intimidad en los cuerpos desnudos, el cabello, los vestidos, y hasta las pestañas. Se trata, pues, de un recorrido por la mirada situada de Álvarez Bravo mediada por la propuesta de historia del arte feminista de la curadora. La última obra, la que nos despide, es un autorretrato, que nos recuerda que fue Lola quien eligió y encuadró los elementos que miramos, que su proyecto fue la construcción de una cultura visual moderna que además es relacional, que cuida porque se preocupa, porque se interesa, porque se posiciona. Es un volver a ella. La fotógrafa captura su imagen mirando a través del visor de su cámara réflex de objetivos gemelos. Nos mira mirarla, nos mira siguiendo su mirada. Nos mira volver a mirar, cuidando a sus amigas. ~

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: