Algunos de nosotros recordamos con emoción aquellos tiempos cuando aún íbamos al cine y fuimos al estreno de Una mente brillante (2001). Protagonizada por un joven Russell Crowe, la película narra la vida del matemático John Nash, cuya genialidad transitaba al borde de la extrema lucidez y la locura. Desde su forma peculiar de ver el mundo –marcada por una esquizofrenia diagnosticada y por los cuidados que le permitieron seguir siendo un científico funcional–, Nash logró entender y sentar las bases de lo que hoy conocemos como teoría de juegos y que nos explica que los individuos racionales pueden quedarse atrapados en equilibrios de no cooperación en los que ganan algo, pero menos de lo que ganarían si cooperaran.1 En el modelo más simple de juego conocido como “el dilema del prisionero”, dos ladrones son separados en celdas y a cada uno se le comunica que, si él confiesa y su compañero no, puede tener una disminución en la condena pero que, si su compañero confiesa y él no, le irá peor. El tercer escenario es que ninguno de los dos confiese, con beneficios todavía mayores para ambos. Sin embargo, como no pueden hablar entre sí, los dos prefieren confesar, obteniendo una reducción en la sentencia por un delito que habría recibido un castigo mucho menor si ninguno de los dos hubiera confesado.
Lo que llamamos “recursos naturales”, refiriéndonos en general al resto de la vida del planeta, plantea en muchos casos dilemas sobre cómo actuar de manera tal que la cooperación nos permita conservar la capacidad que tiene la naturaleza de regenerarse. El más complejo de estos “recursos”, y que hoy nos enfrenta al dilema de cooperar o no, es la capacidad que tiene la atmósfera para regular el clima de la Tierra por su delicada combinación de gases de efecto invernadero. El equilibrio de estos gases, como su nombre lo dice, permite conservar la temperatura de la Tierra en un nivel óptimo al cual todos los procesos ecológicos, incluyendo la evolución de nuestras civilizaciones, se han adaptado.
Sin tener mucha noción de economía, el biólogo Garrett Hardin describió en un artículo que se hizo viral y que tituló “La tragedia de los comunes”2 un juego de equilibrio de no cooperación que se aplica perfecto al problema que enfrentamos cuando usamos los recursos naturales. Hardin ejemplificó su punto en una parcela de pastoreo, donde la cantidad de borregos iba aumentando hasta agotar el propio pasto, en lo que se vería casi como una tragedia malthusiana. Para Hardin, como para los economistas clásicos, los problemas de degradación solo podrían solucionarse o privatizando los recursos o incrementado las acciones del Estado.
Tras largo trabajo académico en terreno, incluyendo los antecedentes del trabajo realizado por su esposo Vincent Ostrom, la economista política Elinor Ostrom, sin embargo, demostró que había otra forma de resolver estos dilemas, y dedicó prácticamente toda su vida a comprender las condiciones que les permitían a los actores tomar decisiones colectivas para conservar lo que llamó “los recursos de uso común”. En un metaanálisis de casos que incluían manejo colectivo de bosques, de pesca, distritos de irrigación y otros recursos de uso común, Ostrom identificó las condiciones que les permitían a los usuarios ponerse de acuerdo para actuar de manera colectiva y preservar los recursos de los que dependía su actividad económica. De manera resumida delineó ocho principios fundamentales para que los recursos de uso común pudieran manejarse y conservarse con éxito:
- Fronteras definidas de la propiedad de un grupo colectivo.
- Aplicar las reglas a las necesidades locales.
- Asegurarse de que los afectados puedan modificar las reglas.
- Asegurarse de que las autoridades externas respetan las reglas locales.
- Desarrollar un sistema local de vigilancia del comportamiento.
- Usar castigos graduales para aquellos que rompen las reglas.
- Proveer de mecanismos baratos para resolver conflictos.
- Asegurarse de que el sistema de manejo de recursos de uso común esté anidado en otros sistemas de organización que cumplan con las reglas en un sistema interconectado.
Ostrom misma planteó el problema del cambio climático como un problema de recursos de uso común que requería tomar el aprendizaje de la acción colectiva y la gobernanza policéntrica para escapar de la famosa tragedia.3 Desde la óptica de este análisis, el fallo radica en que la gobernanza global que tenemos para manejar este importante recurso de uso común que es la atmósfera nunca fue diseñada con los principios identificados por Ostrom, sino que se desarrolló con base en los intereses de los países con más poder y más emisiones como Estados Unidos que, por ejemplo, nunca ha tenido presión para ratificar los acuerdos climáticos y poner en marcha acciones para minimizar sus emisiones. Países que no eran grandes emisores y que ahora lo son –como China, Brasil o la India– tampoco tuvieron ningún incentivo para crecer económicamente sin mermar la capacidad de la atmósfera para regular el clima planetario.
El único acuerdo que fue vinculante (Kioto), y que solamente Europa tomó en serio, no impactó en las emisiones globales que siguen una trayectoria que ilustra perfectamente el equilibrio de la no cooperación (figura 1). En el lenguaje de la tragedia de los comunes, es como si una fracción del grupo de pastores amables hubiese dejado de pastar y permitido a los pastores abusivos seguir incrementando su rebaño, así como aceptado que otros pastorcillos, antes débiles, crecieran y se hicieran poderosos acabándose el pasto de todos. Bajo esta óptica, no sorprende que el presidente Trump haya decidido salirse de decenas de acuerdos de cooperación globales, entre ellos el último acuerdo de París.4
FIGURA 1. Incremento de las emisiones de CO2 en relación a los acuer-
dos globales más importantes para reducir las mismas. [Fuente: NOAA
Global Monitoring Laboratory (GML), el laboratorio que monitorea la
composición de la atmósfera a escala planetaria desde Hawái.]
Los costos económicos,5 ambientales y sociales6 de continuar inyectando gases de efecto invernadero a la atmósfera están bien estudiados. Aunque pareciera que se gana en el corto plazo por seguir el modelo de business as usual, en el largo plazo todos perdemos e incluso hoy ya es palpable su efecto en tener un mundo más desigual.7 Nuestra obsesión por seguir alcahueteando a “los pastores” que usan en exceso la atmósfera está enraizada en un paradigma de crecimiento económico equivocado en el que todo lo que recibimos de la naturaleza en forma “gratuita” subsidia lo que llamamos crecimiento económico,8 socializando las pérdidas que esto implica en términos de bienestar para la sociedad a través de externalidades y privatizando los beneficios a través de utilidades para las compañías. Sin un modelo de gobernanza policéntrico para manejar recursos de uso común difícilmente podremos salir de esta sumatoria de tragedias o infiernos ambientales en los que nos han metido nuestros mal diseñados modelos de desarrollo económico.
La condición mental de Nash –que le permitió, por un lado, revolucionar la teoría económica, y por otro lo puso en aprietos para mantener la cordura– recuerda un poco el doble filo de nuestra destacada capacidad intelectual como especie, condición que raya entre la genialidad y la locura. Somos esa especie capaz de dominar cada rincón del planeta, describir el universo que nos rodea y conectar la mente humana en una red neuronal de aprendizaje que transporta información a la velocidad de la luz, pero también somos el arlequín afiebrado que bien describen Lynn Margulis y Dorion Sagan en su libro Microcosmos:9 un chimpancé que se autodenominó custodio de un planeta con una historia evolutiva de más de 3,500 millones de años, y que considera que la Tierra está a su servicio y que él, y solo él, es capaz de controlar lo que sucede en ella. “El equivalente freudiano del ego a nivel planetario”, diría Margulis. Nuestra arrogancia colectiva para acabar el balance de gases de una atmósfera que ha tomado millones de años en formarse no puede ilustrar mejor el tamaño de las estupideces que puede llegar a orquestar este payaso.
FIGURA 2. “La competencia global destructiva”, término que emplea el
movimiento “Simpol”, Simultaneous Policy (www.simpol.org), para ilus-
trar el gran juego no cooperativo en el que estamos atrapados con el
calentamiento global. Caricatura de Estefanía Ayala Parra, inspirada en
un video de Simpol.
La organización británica Simpol –que llama a impulsar políticas públicas simultáneas en todo el mundo a fin de impedir una “competencia global destructiva en relación al cambio climático” (figura 2)– considera que, si presionamos a nuestros representantes a comprometerse con los acuerdos globales para reducir las emisiones, y si lo hacemos todos desde diferentes países, desde lo local a lo global, podremos impedir que esta farsa global de tener acuerdos poco vinculantes prosiga. Francamente me parece una de las mejores ideas que he escuchado; miles de ciudadanos de a pie, en diferentes partes del mundo, somos los únicos con el poder de frenar esta extraña alianza entre los gobiernos y el capital, en la que el futuro de la humanidad se está empeñando. ~
- R. B. Myerson, “Nash equilibrium and the history of economic theory”, en Journal of Economic Literature, vol. 37, núm. 3, septiembre de 1999, pp. 1067-1082.
↩︎ - G. Hardin, “The tragedy of the commons”, en Science, vol. 162, núm. 3859, 13 de diciembre de 1968, pp. 1243-1248.
↩︎ - E. Ostrom, “Polycentric systems for coping with collective action and global environmental change”, en Global Environmental Change, vol. 20, núm. 4, octubre de 2010, pp. 550-557.
↩︎ - Macarena Vidal Liy, “Empieza el nuevo orden mundial de Trump: adiós a los acuerdos internacionales, bienvenido el aislacionismo”, en El País, 21 de enero de 2025.
↩︎ - Richard S. J. Tol, “The economic effects of climate change”, en Journal of Economic Perspectives, vol. 23, núm. 2, 2009, pp. 29-51.
↩︎ - G. T. Pecl et al., “Biodiversity redistribution under climate change: Impacts on ecosystems and human well-being”, en Science, vol. 355, núm. 6332, 31 de marzo de 2017, p. eaai9214.
↩︎ - N. S. Diffenbaugh y M. Burke, “Global warming has increased global economic inequality”, en Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 116, núm. 20, 22 de abril de 2019, pp. 9808-9813.
↩︎ - R. Costanza et al., “The value of the world’s ecosystem services and natural capital”, en Nature, núm. 387, 15 de mayo de 1997, pp. 253-260.
↩︎ - L. Margulis y D. Sagan, Microcosmos. Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos, Barcelona, Tusquets, 1995, 314 pp. ↩︎