El diálogo que a veces nunca

¿Qué sucede con la narrativa española en Hispanoamérica?
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Siempre recuerdo el cuadro de Camille Pissarro Conversación: una imagen serena en la que dos mujeres se contemplan frente a frente y se prestan atención mutua.

El congreso de Nuevos Narradores hispánicos realizado en Madrid en 1999 pareció relanzar la interrumpida conexión entre los escritores latinoamericanos y españoles, bastante decaída en los tiempos posteriores al boom. Fue un momento de optimismo pese a que se resaltó la necesidad del diálogo y la discreta atención que España prestaba a las voces del otro lado del mar. En octubre de 2022, se realizó un encuentro de editoriales independientes de Latinoamérica y España en el que, entre variados temas, asomó una vez más la tímida visibilidad que la literatura hispanoamericana recibe en el universo cultural español.

Esa coincidencia resulta llamativa, puesto que es deseable un enriquecimiento protagonizado por la variedad de lenguajes, tradiciones, conceptos del vivir y de la historia, pero del mismo modo, sobre este repetido diagnóstico quizá sea importante reintroducir necesarios matices.

Lo primero es admitir de una vez por todas que, si bien se trata de la cuarta industria editorial del mundo, es improbable que el mercado español pueda recoger la totalidad del mundo narrativo que se genera en los otros países de nuestra lengua. A pesar de eso, justo ahora una parte destacada de la narrativa hispanoamericana se reúne en los anaqueles de las librerías del país. Una mirada veloz nos muestra a Liliana Colanzi, Giovanna Rivero, Magela Baudoin, Edmundo Paz Soldán, Miguel Gomes, Lena Yau, Juan Carlos Chirinos, Rodrigo Blanco Calderón, Gustavo Valle, Karina Sáinz Borgo, Mónica Ojeda, Natalia García Freire, Yuliana Ortiz Ruano, Mariana Travacio, Andrés Neuman, Teresa Arijón, Daniela Catrileo, Nona Fernández; Fernanda Melchor, Jorge Volpi, Margarita García Robayo… La lista podría extenderse y nos quedaríamos sin aliento. Más aún si sumamos otra circunstancia: un porcentaje considerable de los miles de concursos literarios españoles están abiertos a la narrativa de autores del idioma (no sucede lo mismo el Latinoamérica, donde suelen restringir la participación a autores nacionales), por lo que en momentos recientes hemos visto premiados en la península a autores latinoamericanos como Emilce Mariel Acuña, María Elena Morán y Xavier Carbonell, entre otros.

Insisto, siempre puede haber expansiones, espacios más hondos y reflexivos en los medios, pero desde luego el panorama expuesto no parece un mal punto de partida para ese necesario diálogo que se suele invocar con frecuencia al hablar de nuestros mundos literarios; punto desde el cual me formulo una pregunta que apenas he escuchado a lo largo de más de veinte años: ¿qué sucede con la narrativa española en Hispanoamérica?

La respuesta más obvia e inmediata subraya una difusión privilegiada gracias a la fuerza de los grandes grupos editoriales. Pero la realidad es que, como parece lógico, estos grupos solo mueven una pequeña parte de su catálogo. Por otro lado, lo cierto es que la solidez artística, con títulos perturbadores, de consistencia verbal, imaginación y hondura estructural, cada vez se encuentra más localizada en sellos pequeños y medianos en los que la literatura sigue teniendo protagonismo. Buena parte de los autores hispanoamericanos que he citado han aparecido en este tipo de editoriales, que realizan una maravillosa labor al colocar en las librerías españolas una muestra de las más deliciosas aventuras ficcionales que se están desarrollando en este momento.

Al hilo de esa evidencia, la impresión es que en Hispanoamérica sucede muy poco con la narrativa española; imposible afirmar su completa inexistencia, pero hay que utilizar una lupa muy grande para encontrar a Juan Bonilla en Costa Rica, a Almudena Sánchez, Mercedes Cebrián o Hipolito G. Navarro en Argentina, a Juan Tallón en Venezuela, a Layla Martínez en Chile, a Marta Jiménez Serrano en México, a Miguel Sánchez Ostiz y Andrea Abreu en Bolivia. La escasa circulación que entre las editoriales hispanoamericanas tiene la narrativa española resulta perturbadora.

Se trata de un fenómeno que no es nuevo en absoluto. En 2010 Nora Catelli afirmaba: “Los peninsulares leen más a sus colegas ultramarinos que a la inversa. Esa asimetría explica que, a pesar de que tienen la fuerza del mercado de su parte, no haya autores españoles que hayan accedido a los mecanismos de consagración de las culturas literarias latinoamericanas.”Por su parte, Eduardo Becerra también acotaba la necesidad de incorporar esa perspectiva al verificar“lo que llamaría una mayor vocación latinoamericanista de las editoriales españolas independientes o pequeñas frente a la de sellos de semejantes características de la otra orilla, muy centrados, dentro del ámbito de la narrativa en español, en la producción autóctona”.

¿No es honesto afirmar que esos diagnósticos del pasado continúan vigentes? ¿No seguimos escenificando el reclamo de un diálogo donde una de las partes pide ser escuchada pero no muestra un mayor interés en escuchar a la otra? Parafraseando una frase de la historia reciente de España, podría decirse que en Hispanoamérica la narrativa española no está ni se le espera.

¿Razones? Subrayaré solo una: imagino que el poder de difusión de los grandes grupos en ocasiones ha exportado la imagen de una narrativa española conservadora, superficial, a veces sumida en anacronismos como la literatura de tesis. Pero si se recorre con detenimiento el panorama actual, muchas serán las gratas sorpresas. En términos de profundización estética, formal, imaginaria, Hispanoamérica tal vez se está perdiendo voces singulares y disímiles como las de Blanca Riestra, Menchu Gutiérrez, Ernesto Pérez Zúñiga, Manuel Longares, Nicolás Melini, Paloma Díaz Mas, Luis Rodríguez, Patricia Esteban Erlés, Ignacio del Valle, Pilar Adón, por solo citar unos pocos nombres del presente; que podríamos ampliar con nombres del pasado reciente como Rafael Arozarena o Isaac de Vega.

Se invoca la necesidad del diálogo, pero dudo si algunos actores comprenden que el diálogo también implica escuchar al otro; acciones en las que, por un lado, las editoriales hispanoamericanas miren en profundidad lo que la literatura española puede ofrecerles, y en la que los autores españoles comprendan que sus contratos ibéricos con derechos exclusivos para el mundo entero suelen ser papel mojado.

Una preocupante ampliación del problema podría venir expuesta en un texto reciente de Antonio López Ortega en el que afirma: “Un joven poeta español se jacta de no leer a Vallejo, un aprendiz de narrador en Quito no sabe quién es Antonio Muñoz Molina, una laureada poeta que recita en Barcelona afirma no haber leído a Blanca Varela. Antes éramos nadadores, y atravesábamos cualquier corriente, pero ahora parecemos náufragos…”

Quizá la expansión comunicativa, la aturdidora oferta y abundancia, nos está replegando cada vez más en burbujas confortables en las que la lectura no es un viaje a lo desconocido, sino hacia la reafirmación identitaria, a lo que nos nombra de manera obvia e inmediata.

Pero retomando y limitándonos al interrogante que recorre la reflexión de este artículo: ¿pensaremos en algún momento que España, aparte de ser el lugar en el que “deben” leerse muchos autores del idioma, puede ser también el lugar desde donde pueden viajar algunas de las voces más interesantes de nuestra lengua? ~


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