Entrevista a Catherine François: “Querer ser libre sin maestro es pretender volar sin alas”

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Tu libro La senda de las nubes (Siruela, 2021) es una historia dramatizada de las ideas que pone en escena la evolución del pensamiento chino antiguo. ¿Cómo definirías las relaciones entre confucianismo, taoísmo y budismo chan?

El confucianismo, el taoísmo y el budismo son las corrientes principales del antiguo pensamiento chino. Para entender sus diferencias y la continuidad que las une, conviene considerar la palabra Tao: significa a la vez camino y manera de hacer las cosas, principio y acción. Como principio universal es eterno y sin forma, y en sus manifestaciones es singular, limitado y múltiple. Estos dos sentidos se dan y se perciben al mismo tiempo. Tao es el Camino y la andadura de cada uno; tiene una sola dirección, pero cada uno llega a él por senderos distintos. Confucio lo identificaba a menudo con la “virtud de la humanidad”, que se suele traducir por “bondad”. Para el Maestro, un hombre no es un hombre verdadero hasta que no dé prueba de su humanidad y la Humanidad no existe sin los actos de los hombres que la encarnan. Su definición es, por tanto, múltiple. Para los taoístas, el Tao es la fuerza originaria que se manifiesta en la naturaleza del individuo, la Vida que toma forma en cada uno de nosotros. Para los budistas, la Senda era la realidad absoluta que existe por sí misma, pero solo se puede percibir a través de la experiencia individual.

¿En qué consiste esa “virtud de la humanidad”, tan distinta de la tradición occidental sujeta al modelo del varón ilustre y orientada hacia una finalidad, ya sea el éxito o la redención?

Es lo que une al hombre con el Tao y a los hombres entre sí. Según el ideal confuciano, la virtud del sabio actúa por sí sola como ejemplo, la humanidad del gobernante atrae a los hombres y los empuja a hacer el bien sin necesidad de leyes. Es una fuerza innata que se manifiesta espontáneamente. El gobernante que no posee esa virtud es un usurpador.

Para transmitir estas ideas reencarnas un linaje de voces poco conocidas en Occidente. ¿Cuáles son los personajes principales y cuáles son tus fuentes?

El libro no es una novela histórica ni un ensayo, he pretendido ser lo más fiel posible a las fuentes y también exponer algunas intuiciones personales, transmitiendo ante todo la belleza de los textos originales. Todos los personajes del libro son reales e ilustran un aspecto del pensamiento chino. Para reconstruir la vida de Confucio me apoyé en la biografía que escribió el historiador Sima Qian y en las Analectas, las sentencias del Maestro recogidas por sus discípulos. Al situarlas en circunstancias concretas, se entiende mejor su sentido.

En el capítulo dedicado a Sima Qian le haces hablar en primera persona, dejando atrás el estilo arcaizante, y su tarea intelectual se expresa con emoción.

Sima Qian es el historiador más importante de la China antigua. Murió en el siglo i a. c. Era confuciano por educación, pero también taoísta porque en su tiempo no había mucha diferencia entre ambas escuelas. Su padre le encargó completar la historia de China que él había empezado y no pudo acabar. No sabemos qué parte corresponde a uno u otro, pero toda la vida de Sima Qian gira en torno a esta promesa hecha a su padre en su lecho de muerte. Él se consideraba mero transmisor de los valores y ejemplos del pasado. A la muerte de su padre, heredó su cargo de gran secretario, astrónomo y responsable del calendario. Este puesto le daba acceso a todos los archivos antiguos conservados en el palacio, lo que le convirtió en testigo fiable. Para narrar su vida utilicé un texto que se encuentra al final de su gran obra, llamada Ensayo sobre mí mismo, en el que cuenta el drama que sufrió al verse enfrentado a dos deberes contradictorios: seguir vivo para respetar la promesa hecha a su padre o quitarse la vida como exigía el honor, tras haber caído en desgracia.

Para ilustrar la evolución del taoísmo describes la vida de los legendarios siete sabios del bosque de bambú, en una época conflictiva.

Son personajes reales que vivieron en el siglo iii de nuestra era. Se reunían para debatir sobre asuntos metafísicos, hacer música y beber vino. Seguí las biografías bien documentadas de los dos poetas más importantes de la época: Xi Kang y Ruan Ji, que eran también músicos y pensadores. Para los demás miembros del grupo tuve que inventar un poco, porque son personajes más desdibujados. Cada uno mantiene una postura distinta que va desde el taoísmo puro, en el caso de Xi Kang, al confucianismo estricto de Shan Tao, pasando por la actitud más ambigua e interesante de Ruan Ji. En aquella época ser confuciano o taoísta podía proporcionarte un alto cargo o costarte la vida.

¿Cuáles son los principios fundamentales del pensamiento taoísta, que parece ser el núcleo de estas escuelas?

Uno es el cuidado de sí. La naturaleza de cada individuo es valiosa, es una de las múltiples formas en que se manifiesta el Tao. Otro principio fundamental es la necesidad de adaptarse a las circunstancias. Cuando el hombre consigue unir su naturaleza a los cambios del mundo, podemos decir que controla su destino. No se trata de oportunismo, lo que cambia es la actitud, no los principios. Cuando cambian las circunstancias, hay que cambiar con ellas para seguir siendo uno mismo. Aunque llegaron a oponerse, confucianismo y taoísmo representan una misma tradición, ambos respetan la individualidad y buscan la eficacia práctica. El hombre está en el centro de su pensamiento, pero siempre en relación con una dimensión más amplia: la humanidad para los confucianos y la naturaleza para los taoístas. Los discípulos de una u otra escuela deben manifestar su forma de ser con espontaneidad. El concepto de libertad individual en China es tardío, en la antigüedad se usaba el término “espontáneo”. Es lo que llamaban también “el no-hacer”, que no consiste simplemente en no hacer nada. El sabio confucianista solo tenía que ser bueno. El taoísta Zhuangzi lo resume así: “El sabio entiende el mundo sin saber por qué. Hace el bien sin saber cómo. Es hermoso sin creérselo. Todo ello sale espontáneamente de su naturaleza innata.”

Cuando tratas el budismo chan adoptas un tono contemporáneo. ¿Quién fue Han Shan?

Fue un poeta ermitaño que vivió probablemente en el siglo vii. Su nombre significa “Montaña Fría”, una montaña situada al sureste de China. Solo conocemos de él sus poemas, que describen con lenguaje despojado la belleza austera del paisaje helado, en el que apenas se aprecia el cambio de las estaciones. Es un paisaje mental descrito por una voz que es a la vez la del ermitaño y la de la montaña.

Las tres escuelas mantienen una relación particular con las artes.

Según Confucio, la música que acompañaba los ritos ilustraba la armonía del buen gobierno. Producía el mismo efecto de atracción que la virtud del sabio: al ser escuchada incitaba a cumplir espontáneamente con el deber. Para los taoístas, la práctica de la música era más personal. Eso no quiere decir que improvisasen, tocaban piezas antiguas conocidas siguiendo sus propios impulsos. Como sucede con el Tao, la música tiene un carácter a la vez universal y singular. Contiene todas las melodías posibles sin ser ninguna de ellas. Pero necesita tomar forma para ser apreciada. En los textos budistas no he encontrado mención a la música, pero hay muchas referencias a la pintura del paisaje. Es el arte que mejor expresa la contemplación de la naturaleza. A partir del siglo v se escribieron varios tratados en los que se explica cómo la pintura es la única manera de representar lo que el ojo no percibe. La realidad absoluta de este mundo, decían, no se puede transmitir por la boca ni por escrito, solo la pintura puede revelarla. Esta percepción de la naturaleza ningún maestro la puede enseñar, se produce instantáneamente y se expresa espontáneamente.

¿Cómo podríamos valernos de estas antiguas enseñanzas hoy en día?

Sorprende encontrar en esos textos antiguos temas de actualidad como la ética del gobernante que plantea Confucio, la implicación del intelectual en la vida pública o, al contrario, la necesidad de apartarse, que es propia de los taoístas. Y sobre todo el tema de la libertad individual, tan debatido. La dicotomía entre naturaleza y cultura para los chinos antiguos no existe. La naturaleza del individuo es como un trozo de madera en bruto que hay que pulir. Los taoístas practicaban ejercicios físicos y de respiración, los budistas recitaban los sutras y estudiaban los textos canónicos. Para alcanzar la libertad se necesita alguna disciplina y hace falta un maestro para llegar a ser uno mismo. Querer ser libre sin maestro es pretender volar sin alas. Más que enseñar un Camino, el Maestro alienta al discípulo a encontrar el suyo. Confucio decía: “A quien me pregunta: ¿qué tengo que hacer? o ¿cómo tengo que hacerlo?, no tengo nada que enseñarle.” ~