Entrevista a José-Carlos Mainer

Entrevista a José-Carlos Mainer. “El legado intelectual de Azaña propicia una zona de reencuentro y desmitificación”

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José-Carlos Mainer es catedrático jubilado de la Universidad de Zaragoza y uno de los grandes historiadores de la literatura española del siglo XX, con obras como La Edad de PlataLa Corona hecha trizas o Pío Baroja. Tiene algo de historiador de las ideas y de crítico, capaz de detectar corrientes y campos de estudio, de observar lo particular e insertarlo en una trama más general de conexiones inesperadas o de resumir el clima intelectual de una época en un párrafo. Conversó por correo electrónico con Letras Libres acerca de su edición de la Obra literaria de Manuel Azaña.

En su prólogo habla de los ataques que recibió Azaña en vida. Esa visión negativa contrasta con una mirada más positiva que se ha impuesto en los últimos años. ¿Cuáles han sido las claves de ese cambio, si se ha producido? ¿La figura histórica puede ensombrecer un poco al escritor e intelectual?

En las primeras páginas de mi libro he querido recoger algunos de los textos difamatorios de lo que Azaña representaba: el laicismo radical, el orgullo del intelectual, la condición de alto funcionario público, su estirpe familiar liberal, su larga soltería (siempre sospechosa)… Contra todo eso se ensañaron la prosa vitriólica del señorito ingenioso (Agustín de Foxá), el delirio del profeta fascista (Giménez Caballero) o la miseria moral del frondoso periodista católico (Joaquín Arrarás). El redescubrimiento de Azaña lo inició la difusión semiclandestina de la edición mexicana de sus Obras completas de 1966-1968, que preparó el inolvidable Juan Marichal y que nos deslumbró a muchos. Fue un rescate intelectual y moral más que político, lo que quizá le dio más peso y contribuyó a crear un espectro más amplio de opiniones favorables. Desde muy joven Azaña quiso ser escritor. Pero también quería intervenir en política al modo de lo que se empezaba a conocer como “los intelectuales”. Desdeñaba la compunción sentimental de la generación de escritores de fin de siglo, pero tampoco le gustaba el tono olímpico y admonitorio de Ortega y Gasset y su grupo. Su referencia moral estaba más cerca de los ideales de la Institución Libre de Enseñanza. Fue en 1925 cuando, obturada la vida política por la dictadura, Azaña dio el paso adelante de crear una revista literaria, La Pluma (en la que le ayudó su futuro cuñado Cipriano Rivas Cherif y puso los dineros el político riojano Amós Salvador). Duró poco pero publicó textos importantes. Y en sus páginas Azaña dejó claro que los dos escritores que más le interesaban eran Ramón del Valle-Inclán, como inventor, y Ramón Pérez de Ayala, como crítico e intelectual.

Son curiosas las obras que forman parte de la edición. Una especie de novela de formación muy peculiar, y dos piezas teatrales: una más bien alegórica, La corona, y otra que tiene algo de meditación sobre una circunstancia concreta. ¿En qué medida se iluminan unas a otras, se relacionan o muestran intereses distintos?

El jardín de los frailes fue su aportación más significativa a las páginas de la revista La Pluma y es, en efecto, una autobiografía de su adolescencia y primera juventud. Siempre le atrajo el teatro y La corona es una comedia entre fantástica y moralizante, al modo modernista, muy reminiscente también del teatro poético francés, donde habló de los amores y ambiciones de una princesa y del destinatario de su amor, un joven revolucionario pesimista y orgulloso. Aunque el tercer y más importante personaje es un político sin principios, calculador e inteligente, con el que Azaña se identifica mucho más… La corona era una ofrenda a Lolita Rivas Cherif, con quien se habría de casar, y su estreno en 1931 fue un intento (fallido) de lograr un éxito literario como presidente del gobierno de la República. La velada en Benicarló me pareció siempre que excedía su condición de alegato político y que debería ser incluida. Es un diálogo escénico cuya fuerza in crescendo, la caracterización de los personajes… me parecieron material literario de primera calidad. Y es, sin duda, lo más importante que escribió.

El jardín de los frailes, dice, es “el recuerdo vivo de la construcción de un bastión intelectual desde el que avistar el futuro”. Llaman la atención los dos planos a los que hace referencia (los episodios autobiográficos casi instrumentales, como señala; el escritor que revisa y reinterpreta el pasado), y también tiene una elevada conciencia de estilo.

El jardín de los frailes entronca con un linaje de recuerdos críticos de la adolescencia: lo habían acometido antes Azorín, Unamuno, Baroja, Pérez de Ayala… Y Azaña los había leído muy bien. Él buscaba lo que podría llamarse un intimismo abstracto. Al lado del recuerdo minucioso de las turbaciones y dudas del pasado, vigila insomne el crítico sarcástico que es y el hombre descreído que llegará a ser. El estilo es el de un moralista conceptuoso, de riquísimo (casi excesivo) vocabulario, unas veces mitigado por el humor y otras por la compasión. Azaña nos cuenta sus dos conversiones: la que le lleva a alejarse de las creencias religiosas y la que paralelamente le hace abandonar los supuestos del patriotismo político-religioso que los padres agustinos se afanaban en inculcarle. Y los dos trayectos acaban y confluyen en los exámenes finales de su carrera de derecho que tuvieron lugar en la Universidad de Zaragoza, justamente en mayo de 1898, en medio de la fanfarria belicista de la guerra hispano-norteamericana. Ese cierre es literariamente inolvidable…

La velada en Benicarló, dice, contiene “algunas de las páginas más desoladas, elocuentes y certeras” que se han escrito sobre la Guerra Civil. ¿Cuál es la clave de su importancia? El personaje de Garcés tiene elementos que ahora parecen casi camusianos. En un lugar, dice que “es un despropósito inmoral y un dislate político separar la intención de una causa de los medios empleados para su triunfo”. Más tarde, hablando de los rebeldes, dice: “El móvil del odio se enmascara de un propósito político.” Y concluye: “En todas las revoluciones hay crímenes; como ahora hay crímenes, es que estamos en una revolución.”

Azaña hizo un notable esfuerzo al asumir –en forma de personajes– las motivaciones y la catástrofe moral que llevaron a la guerra. Y lo hace desde su fidelidad a la República: tiene en cuenta a la derecha prorrepublicana (Marón), a la socialdemocracia (Pastrana), al socialismo radical (Barcala)… Pero, sobre todo, su idea del conflicto está en las intervenciones del desengañado exministro Garcés (que todavía busca argumentos para seguir una lucha perdida) y el historiador Morales cuya desolación y pesimismo son totales. Además, utiliza a un médico eminente (Lluch) y a un militar profesional (Blanchart) para denunciar los desafueros de un gobierno con sus funcionarios y hacer hincapié en los graves perjuicios que el separatismo catalán ha traído a la causa republicana y al curso mismo de la guerra.

Dos de los temas que aparecen y que tienen cierta vinculación en El jardín de los frailes y en La velada en Benicarló son la idea de España y los problemas de nuestra tradición liberal. Y un par de veces habla del personaje de Ricote en la segunda parte del Quijote. ¿Por qué le interesaba tanto?

Azaña fue un estupendo lector de Cervantes. Su ensayo “La invención del Quijote” (que fue una conferencia publicada en 1934) quizá es la mejor lectura que hizo un escritor español de su época. Ya en El jardín, la amistad del morisco Ricote y el campesino cristiano viejo –que es Sancho– se convierte en una secreta esperanza para el país, cuando el Azaña joven comprobaba la recelosa impermeabilidad de las clases sociales desde su condición de propietario en Alcalá. El tema reaparece en La velada con más ambición y tonos más trágicos: la lucha de clases en la España de 1936 es a muerte y sin remedio… Y su primera víctima ha sido el liberalismo. Creo que el filólogo e historiador Américo Castro, exiliado en Argentina en 1939, leyó con atención la primera edición de Buenos Aires porque hay parlamentos de Eliseo Morales en La velada que parecen anticipar las tesis que poco después sustentaría el libro España en su historia, la gran síntesis de Castro sobre la España de las tres castas y sobre el dominio de la católica (que paradójicamente había heredado la intransigencia de la religiosidad semítica).

También llama la atención que en los noventa alguien como José María Aznar, por ejemplo, reivindicase a Azaña. Uno tiene la sensación de que parte de la derecha ahora no lo haría, y parte de la izquierda no le reconocería a la derecha legitimidad para hacerlo. ¿Qué importancia o qué enseñanzas podemos sacar de los diarios y de la obra literaria de Azaña para el debate sobre la historia y la memoria?

Aznar blasonaba de haber leído a Azaña y a Luis Cernuda, patrimonio indiscutible de la España progresista e insatisfecha. Y me parece muy bien, incluso ejemplar, que lo dijera… Sin embargo, sus sucesores –en toda la amplitud del espectro político– no tienen a bien citar ni un libro porque seguramente no han leído nada (que no sea en su pantallita) y piensan que sus votantes tampoco. Ya hemos recordado que en los setenta el reencuentro de Azaña reunió un amplio espectro político: un exfalangista como Emiliano Aguado, dos mosqueteros de la nueva derecha como Federico Jiménez Losantos y José María Marco… Yo deseo creer que el legado intelectual de Azaña propicia una zona de reencuentro y desmitificación. Pero también hay que evitar la mitificación del propio Azaña y tener presente que fue un político fracasado, un autor muy exigente que escribió más borradores que otra cosa y un jefe de Estado desbordado por su responsabilidad. También en ese ¿fracaso? está buena parte de su lección y su atractivo. ~

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