Entrevista a Nuria Capdevila-Argüelles: “La literatura de Elena Fortún es un reflejo de lo que vio”

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Como parte de su exhaustiva labor de recuperación de la obra de Elena Fortún, la editorial Renacimiento publica ahora El pensionado de Santa Casilda, firmado también por la escritora y grafóloga Matilde Ras. La introducción corre a cargo de Nuria Capdevila-Argüelles, catedrática de estudios hispánicos y de estudios de género de la Universidad de Exeter, que en esta entrevista defiende la decisión de juntar los dos nombres en la cubierta y explica algunos aspectos de la vida de Fortún.

¿Qué vinculación hay entre la vida de Elena Fortún y la historia que cuenta esta novela?

La hay tanto en el exilio como en el Madrid anterior a la guerra. Pero diría que la vinculación con la vida de Elena Fortún es el motivo del armario. Toda su literatura estuvo muy vinculada a su vida. Celia fue el síntoma más claro que nos dejó de su vida una escritora escondida tras su personaje. Yo comparo la autoría de Elena Fortún a un iceberg: el espacio oculto influye mucho en la forma exterior.

Desde una perspectiva actual, Elena Fortún pensó mucho y leyó sobre la identidad de sexo y de género y cómo se interconectaban estos conceptos, aunque ella no los usaba. Eso impulsó su literatura mucho más de lo que pensábamos cuando empezamos a reeditarla. Lo que estamos haciendo es abrir ese armario que forma parte de su vida y traer los textos a la luz.

Este manuscrito pasó de mano en mano hasta ver la luz. ¿Cómo es esa red de mujeres que lo custodiaron?

La palabra red es clave. No podemos entender la actividad literaria de nuestras modernas sin tener un conocimiento completo de sus redes. En un mundo en el cual la mujer escritora, máximo emblema de la modernidad, era considerada como una especie de ciudadano de segunda clase en el país predominantemente masculino de la autoría, las redes de mujeres eran una manera de validar el pensamiento, la inventiva, y los textos y la necesidad de escribir. Elena Fortún escribió para vivir, cierto, pero ni ella ni ninguna de sus contemporáneas, ni siquiera Carmen Conde, con su vocación nunca traicionada, escribió con ansia de encumbramiento. Mi experiencia, al trabajar mucho con epistolarios, es que el intercambio intelectual entre escritoras es muy honesto y rico. A la vez hay temas que se esconden y que se tratan de manera un poco solapada, como los de este libro. Pero esta novela de internado que se convierte en novela madrileña refleja a una serie de mujeres que existieron. La literatura de Elena Fortún es un reflejo de lo que vio. Este libro nos permite ahondar en el conocimiento de la vida pública, privada e íntima de esa generación de feministas con conciencia de grupo.

Esa red es fundamental para poder ponerse a escribir o para liberarse en diversos ámbitos. Pero ¿no puede llegar a ser un poco asfixiante? ¿No hay alguna que decida separarse o ir por libre?

Esa pregunta me hace gracia. Desde una perspectiva actual, sí, porque nosotras necesitamos muchas veces estar tranquilas y solas. Pero estas mujeres tenían una soledad y una esfera de la vida muy absorbida por el mundo de los cuidados. El tiempo en esa red de mujeres se arañaba. Otra cosa es el grupo de mujeres de Buenos Aires, en el que estaban Victorina Durán, Inés Field, Manuela Mur… Sabemos por las agendas de Victorina que ese grupo trabajaba muchísimo, que tenía una gran actividad cultural y social y combinaban la vida profesional con la amistad. Eran seres sociales, necesitaban un entorno. Cuando escribes, cuando eres dramaturga o poeta o escenógrafa necesitas un interlocutor.

El grupo que encontró en Buenos Aires lo fundaron españolas exiliadas. Durante la época de las vanguardias hay un intercambio entre América y España. El Lyceum Club ya no existe cuando Elena Fortún va a Buenos Aires, pero ya antes había tenido un impacto sobre el mundo cultural bonaerense y sobre el mexicano, de la misma manera que el Lyceum Club había surgido copiando establecimientos que existían en el Reino Unido y en Francia. Ese espacio activo de Buenos Aires continuó mucho tiempo.

¿Qué queda del Lyceum Club en España y en Argentina?

Cuando hablamos de la historia de la mujer desde una perspectiva feminista no podemos hablar de continuidad sino de avances y retrocesos. Pero una cosa es que se silencien oficialmente los discursos feministas o la historia de la emancipación, y otra que el debate deje de existir. No deja de existir ni durante el franquismo. Las primeras feministas con conciencia de grupo, tanto las que se exilian como las que continúan en España, siguen formulando la disidencia y pensando sobre la emancipación. El desafío es encontrar los testimonios de continuidad sabiendo que no estamos buscando una línea siempre clara, sino que vamos como el Guadiana.

Lo reprimido acaba por empujar y abrir una grieta en la realidad. Un ejemplo es María Campo Alange, que en 1960 publica en Aguilar La mujer en España. Cien años de su historia, donde nos ofrece un retablo de esas redes de las que estamos hablando y refleja una tradición de la que viene.

¿Cuánto le debe el manuscrito a Matilde Ras?

Su mano se siente en el uso de algunos vocablos y en el tratamiento de ciertos temas. Para Matilde, es Elena Fortún la que tiene gracia al escribir. Hubo una época de colaboración entre las dos autoras. Parte del diálogo está reflejado en el libro, a pesar de que la mano que redacta y que también se deja influir por la amiga sea la de Elena. Pero tenemos que ver la autoría como algo dialógico. El ambiente francés que se respira y el conocimiento sobre ocultismo son absolutamente de Ras. Hay un personaje que se parece muchísimo a ella. Esta galería de personajes solo puede partir de la reflexión sobre un mundo compartido. Era justo reflejar esa herencia y la relación entre ellas. Fue una relación con sus tensiones. Siempre nos hemos preguntado por qué ocurre un desencuentro entre ellas. Yo conjeturo que una de las razones está en este libro.

¿De qué manera?

Ellas compartieron una intimidad quizá no erótica pero sí afectiva. Pero llega la Guerra Civil, que no ocurre solo en el campo de batalla, sino también en la calle, en las familias, en las amistades. Y el exilio y la guerra separan. Una se fue a Buenos Aires y otra a Portugal. Elena Fortún decidió que tenía que ser una buena esposa y ocuparse de su marido. Matilde Ras perdió su casa y se fue a Lisboa. Quiero destacar por encima de esa separación comprensible el posterior reencuentro cariñoso. Cuando Elena Fortún vuelve a España enferma ahí está Matilde. Los paisajes de autoría tienen que reflejarse en la cubierta del libro, a pesar de que oculten algún enigma.

Dice la introducción que “la consolidación de la mujer moderna se vio cortada en España, pero también en Europa”. Por la Segunda Guerra Mundial, supongo.

Claro. A la vez, el primer año y medio de la Segunda República hubo una vorágine legislativa destinada a mejorar la posición de la mujer en la esfera pública. En ese momento en Europa los derechos de la mujer ya están retrocediendo. Después de 1929 hay un debate sobre la posición de la mujer, convertida en un problema a medio camino entre tradición y modernidad. Mientras los derechos de la mujer están siendo cuestionados, España legitima el feminismo. Se acelera el asociacionismo, la cuestión femenina se debate como parte de las discusiones sobre la regeneración. En Europa está ganando el tradicionalismo, y la guerra trae años de conservadurismo. Retornan unos valores tradicionales y esenciales, una nueva vinculación de la mujer con el mundo doméstico que se puede ver incluso en la moda. En los cincuenta se recupera la enagua.

Vuelve una falda más incómoda.

Con falda incómoda no hay quien se emancipe. Luego vino el 68 y la idea de que la mujer vinculada al mundo doméstico cría depresiones y trastornos costosos para el estado… Volvemos a acelerar el debate sobre la igualdad… Se muere Franco… Resurge el feminismo. Pero ahora hay una guerra desarrollándose. Las guerras siempre traen enormes retrocesos en los derechos de la mujer. Las mujeres acabamos siendo siempre un problema a discutir. A mí como feminista me cansa esa saturación de significado que se inscribe en nuestro cuerpo.

También insinúa en la introducción que el libro, con su final abierto y feliz, cumple la función literaria de enmendarle la plana a lo que está mal en el mundo.

Sí, por la posibilidad de consolidación de esa identidad que desaparece del imaginario, mientras que las protagonistas casi que se disponen a vivirla. La guerra no aparece en el libro, aunque sí la república. El libro se empezaría a escribir durante la guerra y se remata durante el exilio. Es perfectamente legítimo que a una autora que escribe Celia en la revolución, y que ve truncado su proyecto vital, le alivie volver a esa época y darle otro final.

En las cartas de Elena Fortún a Carmen Laforet y a otras amigas, según van pasando los años, vemos que está convencida de que ha sido mala. Y de que su enfermedad y su desgracia de los últimos años es una especie de purgatorio en vida. Defiende como premisa vital que hay que cortar los deseos. Que somos un árbol y hay que podar. Y Matilde no. Matilde cree en la floración plena. Vive siempre sola y se debe al trabajo intelectual, que le da felicidad y plenitud. No piensa que haya que podarse.

Hay que pensar en esa España de principios del XX, empeñada en regenerarse desde todos los aspectos de la vida, es una cultura obsesionada por las esencias. La esencia de España, su identidad, la del hombre, la de la mujer, ¿cuál es? Esta mujer ha buscado su esencia y no sabe si decir “yo no soy una mujer esencialmente doméstica, no me gusta la casa” es bueno o malo. ¿Va en contra de mi identidad de mujer? ¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre? Ella tiene un pensar muy esencialista, porque vive en un mundo que lo es.

La energía y el tiempo de elucubrar sobre estos temas no dura toda la vida. Cuando Elena Fortún regresa del exilio y dice que Madrid es una ciudad llena de fantasmas está diciendo lo mismo que dirá Saura en su cine, en Cría cuervos, en esa abuela muda. Eso es lo que Fortún ve: un Madrid lleno de abuelas mudas. Y calladita, cuidado, aquel mundo al que perteneciste como moderna se ha finiquitado.

¿Y por qué volvió?

Volvió del exilio porque pensaba que iba a poder negociar la amnistía para su esposo. Razones económicas. Y entonces tendría una pensión y volverían a su casa en Chamartín de la Rosa, que ahora está derruida, aunque la calle aún conserva casas como la de ella. Muchas de nuestras modernas, que eran altoburguesas, el dinero que ganaban en prensa lo gastaron en casas en el norte de Madrid. Desde ahí se veían las mismas montañas de la sierra que tanto amaba Elena Fortún y eso al final de su vida era algo que les ilusionaba: dejar de ser exiliados y volver a la tierra. El vínculo sensorial con la tierra es muy importante para esta generación. Volver a oler el cantueso, el tomillo, todo eso que le gustaba.

Dice en la introducción que la identidad de género y la identidad sexual aparecen entretejidas como hilo conductor de esta novela, y que Elena Fortún fue algo visionaria en esto. Dentro de ese armario, Elena Fortún reflexiona sobre quién es. 

Hay una serie de palabras o de declaraciones de identidad que usamos hoy que ella no tiene. Ella no va a decir soy gay, soy lesbiana, me gusta la masculinidad… no tiene ese vocabulario. Y sin embargo piensa en ese nudo identitario que se ha convertido en algo tan importante en nuestra sociedad. Tanto que hay un debate en el mundo feminista, y está totalmente escindido. Cuando Elena Fortún escribe esto está en otro mundo, y aun así tenemos un personaje femenino que dice que es un chico. Tenemos un abanico de identidades sáficas increíblemente diversas. Me parece uno de los valores del libro. Sirva incluso, espero, ojalá, para curar heridas. Porque aquí tenemos una serie de mujeres no ortodoxas y un abanico de identidades escritas por una mujer increíblemente armarizada, con una relación muy problemática con el sexo, con su propio cuerpo, con su propia identidad. Ella lo único que tuvo claro es que no le gustaba nada el sexo heterosexual. El libro nos ofrece en este armario imaginario que es este pensionado todo un abanico de identidades sáficas, donde se ve cómo la realidad nunca es sencilla y tenemos a todos estos personajes pensando sobre temas de absoluta actualidad hoy. Y los están tratando de resolver sin insultar.

Es curioso este libro. Me pongo a imaginar que Elena Fortún no se hubiera muerto tan joven y una vez de vuelta en España hubiera tenido quince años viviendo en Madrid entre viejecitas que podían reflexionar sobre aquellos años de nuevo, y pudieran retomar este libro.

¿Habría sido posible?

Estaba siendo posible. Victorina Durán regresó y vivió hasta los años noventa. Una vez, en una presentación de uno de los libros de Elena Fortún, estaba una señora mayor escuchando y al final yo mencioné a Victorina y me viene y me dice “yo era amiga de Victorina, y en su casa nos seguíamos reuniendo todas. Una vez vi salir de allí a Victoria Kent”. El asociacionismo no para. Si nosotras hemos estado hablando con otro grupo de mujeres y veinte o treinta años después nos volvemos a encontrar, continuaremos la conversación. Por eso es tan justo y pertinente sacar el libro y firmarlo con los dos nombres. Al entrar en el libro, nos asomamos a un mundo. ~

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