Un recuerdo de Margit Frenk

Margit Frenk, más que una persona, es una época de la filología hispánica.
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Como todos los que estudiamos alguna carrera relacionada con la literatura hispánica, acudí durante mis años de formación universitaria a muchos textos escritos por Margit Frenk, los cuales constituían lecturas obligatorias para varias asignaturas. En aquel periodo, la habré visto, a lo lejos, un par de veces: me recuerdo, junto a mis amigos, todos sentados en el piso de un auditorio en el que no cabía ni un alfiler, oyéndola dictar una conferencia sobre el imprevisible narrador del Quijote.

La conocí, en persona y no solo de leídas, hace poco más de una década. Frenk impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM un curso de maestría, ya legendario, sobre el Quijote. Durante un año, leíamos en voz alta la obra de Cervantes completita. Y no solamente en voz alta: la leíamos muy en serio, detenida y atentamente, porque, en palabras de la propia profesora, “si no leemos el Quijote con lupa, se nos escapa lo más importante”. Para comentar cada uno de los pasajes, la doctora Frenk sacaba de su memoria prodigiosa, sombrero de mago, además de otros pasajes del mismo Quijote, versos, refranes, dichos, cuentos populares, que parecían no tener fin. La memoria era, justamente, la mayor de sus virtudes.

Para todos los que lo tomaron –y ellos mismos no me dejarán mentir–, ese curso significó una experiencia vital trascendente. Algunos, de hecho, lo repitieron varios años por puro gusto. Verla y oírla impartir aquella clase era un espectáculo para el intelecto y el espíritu: se quedaba uno “colgado de sus palabras”, como Sancho Panza de las de su amo. Y no solo de sus palabras, sino de sus manos inquietas, como pájaros blanquísimos, que perfilaban en el aire su entusiasmo cuando hablaba de cosas que le apasionaban, de sus risas cuando Sancho decía alguna “patochada”, de sus corajes cuando leía la opinión de algún crítico con la que no estaba de acuerdo.

Muchas tardes se nos fueron, entre galletas y tazas de café, en tu casa del centro de Tlalpan, situada en la calle de Magisterio Nacional. Llegaba yo puntualmente a las cinco, luego de tu siesta ineludible, con un ramo de flores. A veces me tocaba esperarte unos minutos en la sala: Rosy te llamaba y yo escuchaba que te acercabas despacio por el pasillo hasta que aparecías, radiante; otras veces estabas ya de pie, en el umbral de la puerta, esperándome con una sonrisa tan cálida como tu abrazo. Nos sentábamos juntos en el sillón, ahora que lo pienso, sobre todo, a recordar: con los muchos episodios que me contaste de tu vida –tu infancia en Hamburgo, la migración de tu familia a México, la influencia decisiva de tu madre, Mariana Frenk, en tu carrera profesional, los años con Alfonso Reyes en El Colegio de México, tu matrimonio de décadas con Antonio Alatorre, el otro gran filólogo– fui armando en mi imaginación una suerte de película que veo como a través de la niebla. ¿Qué buscabas en aquellas amplias galerías de la memoria? La charla discurría lenta y plácidamente –estar en tu presencia era como acogerse a un fuego tibio– y yo me iba siempre cuando era ya de noche. La única vez que te vi a las prisas fue cuando llegaste (tarde) a presidir el sínodo de mi examen de grado, empujada por algún fiel escudero (tu chofer), en la silla de ruedas más rápida que jamás se haya visto por los pasillos de la facultad.

La obra de Margit Frenk sorprende por su profunda coherencia. En buena medida es una obra sobre los poderes de la voz, la voz humana, libre, alada, canora y efímera. Su libro quizá más conocido y leído se llama Entre la voz y el silencio. La lectura en tiempos de Cervantes, y fue publicado por primera vez en 1997. Es una historia sobre el tránsito de la lectura en voz alta –practicada a lo largo de toda la Edad Media, época sujeta completamente al “imperio de la voz”– a la lectura moderna y silenciosa. Ahí afirma: “El libro habla cada vez más mudamente a un lector cada vez más sordo. Pero, ya lo sabemos, el proceso tardará aún largo tiempo en consumarse. Y nunca, por fortuna, se consumará tan totalmente que no deje, en medio del silencio, un resquicio a los esplendores de la voz.” Su curso sobre el Quijote, ahora lo veo, era una suerte de conjura contra el silencio.

A la poesía oral y popular, cambiante y multiforme, dedicó la mayor parte de su vida. En su Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), de 2003, y en el Cancionero folklórico de México, publicado en cinco tomos entre 1975 y 1998, Margit Frenk capturó al vuelo y clasificó miles y miles de coplas populares. Coplas breves e intensas como esta:

Aquel paxarillo que buela, madre,
ayer le bi preso, oy rrompe el ayre.

Los miles de versos de esas canciones populares fueron sin duda el más preciado tesoro de su memoria. Cuantos la conocieron podrán referir las muchas ocasiones en las que Margit recordaba, en medio de cualquier conversación, alguna de aquellas coplitas cantadas por el pueblo. En una entrevista que le realizó Uriel Santiago Velasco, el pasado agosto, Margit evoca uno de sus recuerdos más antiguos, proveniente de su infancia en Alemania: “iba feliz de la vida cantando en la calle ‘Ahora vamos a Róterdam, Róterdam, Róterdam’… Estábamos a días de tomar un barco holandés hacia Veracruz”.

Margit Frenk no dejó nunca de cantar: su nítida voz de soprano quedó preservada en el disco con canciones polifónicas del Renacimiento español que grabó en 1966 el llamado Grupo Alatorre, del que formó parte. Yo quisiera que nunca se me borrara de la memoria la voz, dulce, pausada, afable, que poseía en sus últimos años. Siempre que vuelvo a la lectura del Quijote, la oigo claramente en mi cabeza: “¡Ojo!, ¿ya te fijaste en lo que está pasando?” “¿No te parece maravilloso?” “¡Pero qué cosas se le ocurren a Cervantes!”

Fue una de las últimas ocasiones en que te vi, hace pocos meses: estábamos sentados en una terraza soleada, rodeados por grandes macetas sembradas de geranios. Te pregunté cómo habías estado, cómo te sentías; me dijiste que, en los últimos meses, o eso te parecía, habías tenido algunos problemas de salud. Te dije, bromeando, que entonces lo que nos hacía falta era preparar el famoso y maravilloso bálsamo de Fierabrás (la poción que se menciona en el Quijote y que es capaz de curar toda dolencia). Me preguntaste extrañada: “¿Qué es eso?” Yo me aguanté las ganas de llorar al darme cuenta de que ya no te acordabas.

En tu breve e inteligente ensayo “Don Quijote ¿muere cuerdo?” cuestionaste, con muy sólidos argumentos, la creencia de que al final de su vida el caballero andante hubiese recobrado la cordura. Más bien, pensabas, el personaje de Cervantes había transitado de una locura a otra. Ahora me pregunto si en tus últimos días –como don Quijote otra suerte de locura– practicaste otra suerte de memoria. Una memoria más profunda y compleja en la que te sumergiste, tan por entero que ya no fuimos capaces de seguirte.

Quisiera que estas líneas no traslucieran la profunda tristeza que me invade, a mí como a tantos otros, desde la mañana del 21 de noviembre de 2025. En cambio, me gustaría que estuviesen impregnadas con un poco de la enorme felicidad que apenas este agosto nos animaba cuando en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, su casa, le rendíamos a Margit Frenk un sentido homenaje por sus cien años. Hace un par de días, un curioso me preguntó si la ilustre filóloga había recibido, en vida, el debido reconocimiento por su trabajo. Habría que responder que afortunadamente sí: de hecho, de tantos que ha habido a lo largo de los años, los homenajes a Margit Frenk constituyen ya un subgénero del homenaje.

En el más reciente, pues, decía yo algo como esto: qué afortunados somos quienes compartimos con ella unos cuantos años –diez, veinte, cincuenta– de los cien que llegó a cumplir. Es extremadamente raro que uno hable en términos de centenarios, de siglos, cuando de quien se habla es de un ser humano; en siglos se mide la edad de los montes, de los ríos, de los pueblos. Margit Frenk, más que una persona, es una época de la filología hispánica. ~

27 de noviembre de 2025


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