El ruido eterno

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Me gustó mucho El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música (Seix Barral, 2009), de Alex Ross, crítico musical de The New Yorker que ganó con este libro el Premio Pulitzer hace tres años. Además, Ross recomienda discos: nunca los suficientes, pero lo hace. Es una historia de la música clásica del siglo XX, de sus enigmas y de sus perplejidades: comienza con la edad de oro en que Mahler y Strauss compiten por llenar el vacío dejado por Wagner y termina con la ecléctica, efervescente, confusa atmósfera musical de los primeros años de nuestro siglo. Pasa Ross, con la convicción propia del verdadero historiador de la cultura, por muchas batallas, como la librada entre los parisinos (la gente de Debussy) por no perder la delantera al frente de los modernos contra la Escuela de Viena que al final se impuso, hasta que no apareció Stravinsky abriendo otro flanco. Muerto Schoenberg, su gran rival, Stravinsky se conmovió ante la máscara mortuoria que le mostró Alma Mahler-Werfel.

Ross habla mucho de los modernos que inventaron su folklore nacional, como los eslavos Kodály, Janácek, Bartók y de los modernistas que lo fueron al rescatar lo antiguo: Debussy reescribiendo a Rameau, Satie estudiando el canto gregoriano o Reynaldo Hahn, el compositor venezolano que fue amante de Proust, en su devoción por Haendel. La música del siglo XX, se entiende leyendo libros como El ruido eterno, innovó porque en verdad se decidió a interpretar el pasado, como en el caso de Sibelius, uno de los personajes centrales de Ross. Longevo –como Stravinsky, como Strauss–, Sibelius convierte a Finlandia, una novedad en el mapa político, en una antigua nación dotada de un poema épico y es el músico –más tradicional que revolucionario– al cual le toca ser admirado como un nuevo Beethoven para caer pronto de la gracia de la crítica y ser tachado como el peor compositor de la historia. A Sibelius lo envenena, como a todo, la peste de la política: Finlandia, agredida por los soviéticos, se deja cortejar por los nazis, para quienes el músico finlandés es un modelo de compositor ario, papel que él acepta de mal grado, antirracista convencido.

El drama mayor lo interpretan, desde luego, los músicos que vivieron bajo los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin, con sus diferencias, que Ross subraya: artista fracasado de infalible gusto pequeñoburgués, el dictador alemán perteneció a la multitud de los wagnerianos y sentía por el arte el nervioso respeto de los palurdos, de tal forma que prefería que su régimen guardara las apariencias y no molestara a los artistas, siempre y cuando no tuvieran nexo alguno con el “arte judío degenerado”, cuyos artífices terminaron en el destierro, la expoliación o el exterminio. El régimen nazi confió en Hans Pfitzner, un músico interesante, como su principal compositor “moderno” antes que en el famoso Orff. Y no por falta de celo, sino tocado por tener familiares judíos, Richard Strauss, acabó por caerle muy mal a Hitler, quien no movió un dedo para evitar la requisa, al final de la guerra, de la villa de Garmisch, donde el autor de El caballero de la rosa vivía. Hitler compartía con los más intachables de sus adversarios, como Klaus Mann, una opinión similar sobre Strauss: bendecido por las musas, éstas lo castigaron con un carácter débil, el de un oportunista ramplón.

De la tragedia de Shostakóvich se ha escrito mucho y en El ruido eterno no se agrega más a lo ya sabido: la sobrevivencia milagrosa de un hombre obligado a la duplicidad, a hablar con facilidad el “idioma soviético” y a negarlo en la intimidad de sus notas musicales, en sus sinfonías y en sus cuartetos de cuerda. Emocionante es leer en Ross la crónica de la profunda y tardía amistad entre Shostakóvich y Benjamin Britten, dueños de una complicidad intelectual pocas veces vista. Ambos sufrieron de las majaderías y del homenaje de los jóvenes iracundos de la Escuela de Darmstadt: si Luigi Nono se negó a darle la mano a Britten en 1959, Pierre Boulez acabó besándole la mano a Shostakóvich en Nueva York.

Especiosas son las páginas dedicadas por Ross a la historia de la música clásica en los Estados Unidos: a la influencia del jazz, a la rivalidad siamesa entre Aaron Copland y George Gershwin, a la emigración alemana en Hollywood, al fugaz encuentro, a principios de los años sesenta, entre el mundo de John Cage y el de The Velvet Underground, al tráfico de influencias entre David Bowie y el minimalismo. Es sorprendente saber que el presidente Roosevelt pensaba lo mismo –le parecía depravado– del arte moderno que Hitler y Stalin pero carecía del poder (y de la intenciones) para suprimirlo.

La gran pregunta, las preguntas sin respuesta, de El ruido eterno es por qué aquel siglo XX en que directores como Arturo Toscanini estaban entre los hombres más famosos del mundo, se esfumó. Por qué es inimaginable que en una guerra vuelva a convertirse en materia de una operación militar impedir que una sinfonía –como la dedicada a Leningrado por Shostakóvich en 1942– se toque en el corazón de una ciudad sitiada, sinfonía interpretada por músicos que morirán de hambre. Más que a la naturaleza autodestructiva del “modernismo”, a su GPS dirigido sin vacilación hacia un callejón sin salida, Ross le pide asumir su responsabilidad a la crítica musical, a la cual le faltó educar al público en la escuela de la novedad. Fue peligroso, intratable, el lenguaje musical del siglo XX para quienes venían del humanismo. No se sabía a ciencia cierta (no lo sabía T. W. Adorno, personaje conspicuo en El ruido eterno) si era la manifestación más endiablada del totalitarismo o su suprema negación espiritual. “Todo comienza en la música y todo termina con la política”, dijo Charles Péguy en 1910, en una frase que cita Alex Ross y que podría ser el epígrafe de su libro.

(Imagen tomada de aquí)