Hollants, la feminista católica

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A finales de 1961, una mujer menuda y de cabello cano, con el aspecto grave que le daban 56 años vividos en la resistencia antifascista, llegó a Cuernavaca. Sin saber ni jota de español, la flamenca Elisabeth Maria Hollants von Uyftan (Turnhout, 1905-Cuernavaca, 1996), mejor conocida como Betsie, se integró al Centro de Formación Intercultural (CIF, por sus siglas en inglés). Ivan Illich, fundador y director del CIF, precisaba de su perfil: políglota, con una vasta red de contactos globales en organizaciones intergubernamentales y la democracia cristiana, además de experiencia en el periodismo y el activismo católico. El profeta de una modernidad alternativa –véase Otra modernidad es posible, de Humberto Beck (Malpaso, 2017)– encontró en Betsie el “arma secreta”, según confesaría décadas después.

Cuernavaca era entonces una ciudad muy distinta. La mítica Quauhnahuac de Bajo el volcán (1947) no solo atraía a las élites culturales de la Ciudad de México, sino también a expats estadounidenses de izquierda y contraculturales. Bajo el auspicio del obispo local, Sergio Méndez Arceo, el catolicismo entró ahí en diálogo audaz con el socialismo, el psicoanálisis y también el feminismo.

Betsie Hollants pertenece a una generación desatendida por la historiografía del feminismo de las olas. A caballo entre sus coetáneas Simone de Beauvoir y Dorothy Day, en su vida experimentó siempre la frustración de ser marginada en los círculos intelectuales católicos por ser mujer. Es indudable que su colaboración fue indispensable para afianzar la red de clientes eclesiásticos que tenía el conglomerado encabezado por Illich. No obstante, a pesar de su papel esencial durante los sesenta en el CIF y en el famoso centro que lo relevó, el Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), Betsie no logró convencer a Illich de la importancia del movimiento de liberación de las mujeres en ese momento. Aprovechando la reestructuración del mar de siglas que formaban los centros de Cuernavaca a finales de los sesenta, Betsie tomó el cascarón jurídico del Centro de Investigación para el Desarrollo de América Latina (CIDAL) y lo convirtió en 1969 en una de las primeras ong feministas de Latinoamérica.

En el centro (re)fundado por Betsie se entreveraron el catolicismo radical, la teología de la liberación, el feminismo igualitario y el movimiento popular de mujeres. El nuevo CIDAL se mudó a la casa de Hollants, que se volvió el hub de una red trasnacional del feminismo tercermundista. Grupos seculares y religiosos del feminismo estadounidense encontraron en el CIDAL al interlocutor privilegiado para dialogar con el movimiento de mujeres en Latinoamérica.

Betsie, que siempre se consideró a sí misma una “mujer de Iglesia”, priorizó en la primera década del CIDAL una agenda de reforma eclesiástica. El CIDAL, renombrado como Comunicación, Intercambio y Desarrollo Humano en América Latina (CIDHAL, nombre que conserva hoy en día), buscó incidir y cabildear en la jerarquía eclesiástica por medio de talleres populares, publicaciones periódicas –incluido un ingenioso folleto con fotonovelas: María, liberación del pueblo–, la traducción de artículos de teología feminista y la organización de seminarios internacionales, no pocos hechos en coordinación con el Cidoc y fundaciones de la democracia cristiana europea. Quizá la causa más emblemática de esta agenda sea el movimiento de ordenación de mujeres. Hollants y otras mujeres del entorno del CIDHAL colaboraron con la estadounidense Women’s Ordination Conference (WOC). En un principio se intentó crear un capítulo latinoamericano de WOC en Cuernavaca, pero el proyecto, llamado Women in Dialogue/Mujeres para el Diálogo, se consolidó posteriormente como una organización independiente del feminismo popular mexicano que sigue activa hoy en día.

Con la efervescencia suscitada por el anuncio de la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer a principios de los setenta, Hollants contactó a la National Organization of Women (NOW), institución emblemática del feminismo de la época. En particular, Betsie quería iniciar una colaboración con Elizabeth Farians, teóloga católica encargada del Grupo de Trabajo de Mujeres y Religión. El intercambio derivó en la invitación a Hollants por parte de Betty Friedan para participar en el 1er Encuentro Internacional de Planeación Feminista, celebrado en Boston en 1973, seminario en el que se planteó, sin éxito, la conformación de un capítulo mexicano de NOW.

Hacia finales de la década, conforme se incorporaba al CIDHAL una nueva generación de activistas exreligiosas y laicas, la agenda eclesiástica fue cediendo paso a los derechos sexuales y reproductivos y el derecho a la salud. Hollants se retiró paulatinamente del centro que había (re)fundado, pero los contactos que ella e Illich establecieron con grupos como el Boston Women’s Health Book Collective –organización señera del feminismo de la segunda ola por la publicación de Our bodies, ourselves (1969), un libro escrito por y para las mujeres sobre su cuerpo y su sexualidad– permitieron una colaboración fecunda que se prolongó en las décadas siguientes.

En 1984, Hollants fundó la última asociación civil de su vida, Vejez en México: Estudio y Acción (Vemea). Vemea retomaba la misma estrategia del CIF-Cidoc y el primer CIDHAL–a saber, reunir un acervo especializado, traducir materiales, difundirlos a suscriptores y organizar talleres– y la aplicaba a los viejos, en especial a las mujeres. Con ocho décadas de vida, Betsie predicaba con el ejemplo que la vejez era una etapa fecunda, no una enfermedad que había que esconder bajo eufemismos y diagnósticos.

Poco antes de morir, Betsie logró uno de sus anhelados sueños: consagrarse como religiosa. Después de varios intentos fallidos, a mediados de los ochenta fue aceptada como religiosa extra muros de las Canónigas de San Agustín de la Congregación de Nuestra Señora, instituto al que también pertenece la famosa teóloga feminista Ivone Gebara.

La invisibilización de las mujeres en el relato historiográfico, sostiene Michelle Perrot, es proporcional a su marginación en el espacio público. Incluso la historia de las mujeres y la historia del feminismo han marginado en sus relatos a ciertas mujeres. Es el caso de las disidentes feministas de la Iglesia católica, atrapadas en el punto ciego entre las historiografías del feminismo y las del catolicismo, al grado que el término feministas católicas sigue pareciendo, en pleno siglo XXI, un oxímoron. Considero que recuperar el perfil de activistas como Betsie Hollants permite hoy, en el contexto de nuestras guerras culturales, imaginar síntesis creativas que rompan con los binomios polarizantes y complejicen nuestro entendimiento de la presencia de lo religioso en el espacio público. ~

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