James Joyce y el arte teatral

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En 1901, tras haber escrito una reseña favorable sobre la última obra del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, un joven James Joyce se atrevió a escribirle una carta en donde declaró una admiración profunda por su obra, además de un reconocimiento íntimo ante las batallas que libró en su interior el célebre autor de Casa de muñecas gracias a “…su obstinada resolución de arrebatarle el secreto a la vida, y […] su absoluta indiferencia hacia los cánones públicos del arte, amigos y tabúes que lo ayudaron a ver hacia la luz del heroísmo interior”. Una declaración que a la luz de su obra resuena como premonitoria del camino que más tarde emprendió para sí con ese ejercicio de ruptura ante el modo de aprehender y procesar simbólicamente la realidad en la literatura.

La influencia de Ibsen permea notablemente en Joyce, pues le abre la puerta a un realismo que desnuda la vida cotidiana y que aborda el conflicto de seres comunes con el cometido de dar una lección moral que el escritor irlandés toma para ensayar y trastocar desde su particular modo de pensar el mundo. Dentro de la única pieza teatral que se le conoce a Joyce –Exiliados (publicada en 1915)– cuatro personajes confrontan su deseo ante una situación que va más allá de lo que la sociedad hace creer a los individuos como correcto, en un intento de establecer una crítica severa sobre las costumbres y la moral del Estado irlandés, con lo cual el autor siempre tuvo una intensa relación de amor y odio que lo convirtió en un exiliado físico y mental de por vida. La obra es vista como un mero apéndice al corpus del autor y siempre ha sido señalada por el fracaso que sufrió durante su estreno en 1918 por considerársele una calca de Ibsen. Pero habría que ver en ella y en la pasión de Joyce por el teatro, que se remonta a su entusiasmo y decepción por la fundación de un teatro nacional irlandés, un entendimiento autorreflexivo –la superposición entre vida real y ficción es notoria, así como el cliché de percibir “el mundo como escenario”– y una forma artística que exhibe los límites del lenguaje en tanto que se dedica a mostrar las tensiones entre el decir y el hacer a modo de evidencia por esa zanja notoria en donde reside la voluntad, la inercia e incluso la estulticia del pensamiento interno y sobre el cual la narrativa moderna ganaría terreno justamente gracias a la irrupción de Ulises en 1922.

Exiliados tuvo una nueva oportunidad cuando fue retomada con éxito en 1970 bajo la dirección de Harold Pinter, en quien se pueden hallar a su vez algunos ecos y resonancias joyceanas que impactaron su obra posteriormente, por ejemplo, la identificación con esa cotidianidad seca, directa y vehemente en la tesitura de los diálogos y a nivel temático, particularmente en su celebrada obra Traición de 1979.

Quizá por el descalabro que representó su única pieza teatral Joyce nunca volvió a acercarse al género, pero la tentación de pensarlo de nuevo en un escenario a modo de adaptación subsiste continuamente en otros que han reparado especialmente en la imantación indiscutible de Molly Bloom, cuyo flujo de consciencia se identifica como el monólogo interior y su característica falta de signos de puntuación abre pautas para interesantes acercamientos entre texto literario y teatralidad.

En 1979, durante los inicios de la compañía Teatro Fronterizo de Madrid, el dramaturgo y director español José Sanchis Sinisterra realiza en La noche de Molly Bloom lo que considera “una traición” al texto original al someterlo a la necesaria dimensión tangible del escenario con sus ritmos y pausas. En su obra el universo insomne de Molly se encarna y la cama se vuelve el espacio limítrofe entre lo consciente y lo impulsivo para manifestar ese verdadero torrente de revelaciones hasta entonces insólitas para una mujer al abordar la carnalidad y el deseo sexual desde una naturalidad y gracia que carece del morbo impregnado por la moral reaccionaria que tanto molestaba a Joyce.

Por su parte la actriz argentina Cristina Banegas, quien luchó por los derechos de la pieza durante varios años, realiza a partir de 2012 Molly Bloom puesta en boca,en donde el personaje se asume como una entidad hecha de palabras que se manifiestan a través de un ejercicio performático ubicado en un no lugar, acaso más cercano a la intención original del autor como un vaivén de sensaciones y ritmos que resultan “una celebración para la afirmación del deseo femenino”, como declara la actriz, quien fraguó el espectáculo bajo la dirección de Carmen Baliero. Casi se puede decir que gracias a estos montajes el personaje ha ganado una independencia que la ha convertido en una suerte de entrada por la puerta trasera a ese libro de celebrada reputación como difícil que es Ulises, convirtiéndose en una desmitificación sobre su impenetrabilidad.

Muy digna de mención es la adaptación realizada por el dramaturgo Luis Mario Moncada y el director Martín Acosta para Carta al artista adolescente, puesta en escena realizada en 1994 y considerada como un hito dentro del teatro en México pues marcó a una generación de creadores escénicos. La propuesta proviene, como en el caso de la de Sanchis Sinisterra, de una búsqueda por una teatralidad que se acerque a la libertad literaria de la que gozó y padeció la fama de Joyce, pero también a partir del descubrimiento temprano y la fuerte identificación que Martín Acosta reconoce con el autor y su relato de juventud proyectada en Stephen Dedalus, dada la semejanza que hay en la configuración de la sociedad irlandesa y la mexicana, cuyos hábitos y prohibiciones están igualmente condicionados por la religión católica. Atendiendo a esta referencia podría decirse que la puesta en escena resultaba un acto de comunión, ya que Acosta, un director que posee un enorme talento sobre la significación de la espacialidad en el teatro, declara haber configurado el espectáculo a partir de buscar con el grupo de creadores esas atmósferas íntimas que se recrean en la memoria personal, expresadas en acción, palabra, pero también en luz, mismas que para el público se convertían en un acercamiento natural y prodigioso con el autor irlandés.

Fuera de su materialidad original y atendiendo a una evolución del espectáculo teatral, resulta interesante el abordaje que se ha hecho en distintas épocas a la riqueza inagotable del universo de James Joyce, cuya compleja poética originada en una pasión por el arte teatral siempre tendrá algo que aportar a la escena. ~

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