La moda en la capital mexicana resurge hoy con impresionante fuerza. Utopía y disidencia, se trata de una escena donde colaboran talentos de varias disciplinas: coreografía, fotografía, diseño textil y música. Es un conjunto de mentes creativas desde los márgenes que han hecho de la vestimenta su principal medio de expresión. Como las ferias, museos y galerías a la vieja usanza se han convertido en un imperio de lo aséptico y lo desodorizado que suprime las fantasías de la Generación Z, las tiendas de moda urbana en la Ciudad de México despuntan hoy como una vía alternativa más genuina para las prácticas artísticas nacionales contemporáneas. Son el futuro de las estéticas de lo viviente.
Las tiendas de ropa en la colonia Juárez se engarzan al entramado de la metrópolis con sus múltiples y disonantes realidades, reescribiendo una cotidianidad caótica y contradictoria –comunidades asiáticas, sexodisidencias, oficinistas–. Homenajeando el estilo confrontativo de las tribus urbanas, la Glorieta de los Insurgentes se vuelve un portal energético que nos lleva al revival del emo y el grunge, géneros musicales de angustia y descontento juvenil. Vale recordar que en marzo de este año, precisamente, se reactivó la marcha de emos vs. punks, ahora pacífica y con una convocatoria bastante inferior al primer mitin realizado en el 2008. En esa misma línea, estas boutiques operan como laboratorios de autorrepresentación millennial y reflejan el vasto crisol de las identidades cuir latinoamericanas.
Si bien no podemos separar a las tiendas de moda del fenómeno de la gentrificación de las clases creativas (según Martha Rosler en su ya clásico ensayo), se insertan en un circuito contracultural que enarbola la feminidad en tiempos de barbarie. A principios de año, WiG –local discretamente ubicado tras la fachada de una vulcanizadora en la calle de Barcelona– albergó una programación de actos musicales de 24 horas, interrumpidos en la madrugada por la policía. Cálida e industrial, su selección transita del gothic lolita al cyberpunk. WiG ha ejecutado desfiles como el de Malena Foyo, cofundadora de la tienda al lado de Hernán Esquinca. La óptica futurista de Foyo se cristaliza en su colección MF Corp (2024), la cual nos sumerge en un mundo hiperfeminizado y asociado a la estética de la alta tecnología. Stilettos plateados y largas pelucas recubren el rostro de sus modelos en fotografías de tonalidades saturadas y extrema androginia. Más que puntos de consumo, estos son espacios seguros que apoyan a las vidas trans: un gesto crucial ante una sociedad prejuiciosa y neurótica en su irredento atavismo.
En estos imaginarios es fundamental la figura del estilista. Práctica híbrida y espontánea, el styling es una micro-curaduría donde se combinan prendas y accesorios de procedencias eclécticas, a diferencia de las grandes marcas con sus agresivas dinámicas de competitividad. La nota que separa a estas expresiones del estilismocomercial es su espíritu contestatario, su cualidad rasposa y callejera que hace de la decadencia urbana su musa. Tal es el caso de Hugo Matula, colaborador habitual de la reguetonera hondureña Isabella Lovestory, o la encantadora Alana Mey, quien estiliza con la filosofía del DIY (Do It Yourself) un glamur neobarroco y anacrónico. Por su parte, Escali L., también del Perú, plantea una perspectiva afín en sus siniestras fotonovelas lo-fi reunidas en Pietá post bruxismo, fotolibro editado en usb. Son tres casos significativos para entender la moda desde el tercer mundo y bajo las condiciones precarias del sur, y de cómo estos imaginarios subvierten los paradigmas del norte global.
Más allá de las apariencias, el yo se vulnera en los probadores, en un instante sellado por el deseo, la confidencia y la intimidad. La tienda Vena propone una delicada selección curatorial. Desde sus aparadores se asoman minifaldas y blusas escotadas, que anticipan una experiencia sensual, una actitud llena de coquetería dentro de una sociedad plagada de tabúes. La minifalda se entiende como símbolo de resistencia frente a la violencia patriarcal. Para Josefina Valdés, cofundadora de Vena, se trata de una postura “anti-moda” que reniega de la hegemoníadel fashion week. Su sensibilidad camp proviene del post-internet y la ciencia ficción. Así lo demuestra Scent, marca de moda urbana cuyos estampados asemejan escamas de seres mutantes. Atemporales a primera vista, algunas playeras llevan frases subversivas, desperdigadas en el espacio como los versos de un largo poema para outsiders.
Spa anarco-zen –o quizás una capilla con música de Enya–, en los estantes de Vena encontramos toda clase de curiosidades: playeras zapatistas, gorras AWMA (marca especializada en uniformes de artes marciales), perfumes con “aroma a rave” y souvenirs playeros, perlas caribeñas acompañadas de un collar como kitschonírico. Asimismo, ha sido una plataforma para creadoras mexicanas multidisciplinarias cuya visión escapa de los convencionalismos. Por ejemplo, Jimena Montemayor, quien presentó Candlelight, altar efímero y policromático con racimos de uvas y portavelas en forma de vectores. La vocalista de Meth Math anuncia pop-ups recurrentes, mezclando la nostalgia Myspace con el neoperreo(un cinturón lleva impreso “AVRIL LAVIGNE DIED AND WAS REPLACED BY MELISSA VANDELLA”). Por último, la Beba Máxima,línea de joyería y lencería bootleg inspirada en la farándula mexicana noventera, la picardía del TVnotas y la reapropiación fetichista de los strippers de Solo para mujeres.
Tal vez el rasgo definitorio de la moda urbana sea la reutilización de prendas desechadas. Sin embargo, líneas como Sentimiento se preguntan si el reciclaje no será en el fondo una fachada para disimular cierta culpa consumista. Por su carga poética, Sentimiento –concebido por la jalisciense María Isas– es uno de los proyectos de diseño más destacados del panorama. Su materia prima es el detrito de ropa que llega a México post-TLCAN. Al ser un diseño único, cada prenda es un collage que plantea un colapso de temporalidades. Su misión va más allá de las tendencias: ¿qué sentido tiene la moda en un país donde la violencia ha alcanzado un estado crítico?, ¿cómo evocar el duelo colectivo por un territorio herido? El otoño pasado, Isas organizó una pasarela en la Casa del Lago titulada Estoy de noche. Con la romántica escenografía del bosque de Chapultepec desfilaron más de cincuenta modelos de distintas edades y perfiles raciales vistiendo atuendos de retazos de jerseys y camisas Polo, con todo y una AK47 de hule espuma forrada de Versace. Esa tarde me preguntaba si acaso la moda no habría llegado a cambiar para siempre nuestra relación con la ciudad, entretejiendo en ella nuevos significados, como un código usado por una comunidad de entendidos (¿o creyentes?), recordándonos la gran potencia de la ropa para iniciar una conversación. ~
Fotografía: Huesos vacíos (2024), de Escali L. Reparto: Caitlin Koko. Dirección Creativa: Edith Flores. Stylist: Andrés Hernández. Mua & Hairstylist: Esfera P. Asistente: Munir Toral. Fashion: Nada Para Nadie.