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La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde

Pablo Sol Mora

Debate

Ciudad de México, 2026, 592 pp

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Con la publicación de Ramón López Velarde. Estudio biográfico (1952) de Elena Molina Ortega dieron inicio las investigaciones sobre la trayectoria vital del poeta. Los 33 años de habitar el mundo, como si fuera un vals, entre Jerez, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí, Venado y Ciudad de México, ofrecieron la materia dispersa –el dato público y el misterio privado– para que futuros biógrafos compartieran sus pesquisas con el propósito común de conocer al hombre que devendría en poeta excepcional, entre el fin de una época, un interludio convulso y el comienzo de otra etapa que apenas vislumbraría.

Paralelo a estas indagaciones del personaje y sus circunstancias, la revisión crítica del legado lopezvelardeano principia con fundamentos, según mi entender, con las lecturas de Xavier Villaurrutia que culminaron en la edición de El león y la virgen (1942). Desde luego que existen otras fuentes literarias y cordiales que han sumado páginas y lomos a la bibliografía del zacatecano, uno de los tres autores mexicanos contemporáneos –Octavio Paz y Juan Rulfo serían los otros dos– cuyo interés ha dado lugar a un banquete de estudios críticos que no cesan de acrecentarse año con año. La aparición de La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde de Pablo Sol Mora es probatoria de un kilómetro cero y de un consenso de varias generaciones que han destacado y argumentado “el lugar” del autor de La sangre devota: punto de partida de la modernidad de la poesía mexicana e “ínsula extraña” de renovada incandescencia verbal sin menoscabo alguno frente a los cambios del canon y del gusto literario.

La propuesta de la biografía de Sol Mora es a dos bandas, la de la reconstrucción del periplo vital del poeta y la del ejercicio crítico de su obra. El modelo de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982) de Octavio Paz es, a todas luces, un ejercicio de inteligencia y rigor documental, amén de una bien templada prosa en paralelo con una revisión crítica de la escritura de la monja jerónima. Impensable que esta cúspide paceana no estuviera en las coordenadas de quien emprendería la biografía mejor documentada y provista de una voluntad analítica –lecturas anatómicas, radiográficas, psicológicas y forenses– del corpus velardeano. El antecedente de Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde (1989) de Guillermo Sheridan dio pautas a estudios biográficos, completos y parciales de la trayectoria del jerezano, para leer sus versos y sus prosas en dos tiempos, en el de sus coordenadas históricas y en el de la tradición literaria universal, de lengua española y del ámbito mexicano. Me parece que La sabiduría del corazón atiende ambas sendas trayendo novedades literarias y anecdóticas –textos y pretextos que amplían la perspectiva del paisaje–, iluminando pero también complejizando etapas vitales y escriturales del biografiado, consciente de que las referencias autobiográficas no explican la obra de López Velarde, especialmente sus poemas, seres verbales que ejercen su autonomía ante cualquier lector.

Pieza cimera de las indagaciones velardeanas, este ensayo de gran aliento y calado es estímulo y guía para leer o releer al poeta, una invitación al diálogo y a la discusión sobre una figura sustantiva de nuestro imaginario cultural. Este tomo voluminoso me acompañó a lo largo de un mes sin menguar mi curiosidad. Agradezco sus hallazgos, por ejemplo, sobre las locaciones y las identidades de varios de los nombres que aparecen en poemas y prosas del entorno de Jerez: la casa solariega de los Berumen Llamas, frente a la plaza de armas, habitada por su madrina Luisa, la anfitriona del multicitado “Mi prima Águeda”; la Genoveva del piano llorón; la joven Eloísa Villalobos, “primera adivinación de mujer” del bardo; la parentela paterna y materna con sus ascensos y caídas en la rueda de la fortuna; los jardines y templos de su pueblo natal; la relación doméstica y afectiva de Josefa de los Ríos, la futura Fuensanta, con el niño y el adolescente Ramón… Paulatinamente los historiadores del poeta han despejado misterios, aclarado situaciones, corregido datos, matizado y contrastado testimonios, ampliado informes, trabajo llevado a buen puerto en las páginas de La sabiduría del corazón. Aunque hay vacíos y puntos ciegos, gracias a las aportaciones del libro conocemos mejor al poeta, sus andanzas cívicas y amorosas de manera relevante.

La propuesta de Pablo Sol Mora de leer La sangre devota como un cancionero especialmente dedicado a la dualidad Josefa de los Ríos-Fuensanta y Zozobra como otro inspirado en el decurso amoroso con Margarita Quijano es atractiva y sugestiva. Desde luego, la metamorfosis del primer modelo femenino tocará el más allá de la pasión vía ese momento estelar de nuestra lírica: “El sueño de los guantes negros”. Dante y Petrarca llevaron su devoción amorosa a los reinos de ultratumba, pero la tentativa de López Velarde aportó una atmósfera singular tomada –hago mi apuesta– de la tradición popular mexicana, en especial de la gráfica de Posada y compañía, con cierta sofisticación gótica de Poe y Baudelaire. Por otra parte, en el tenor de los posibles cancioneros velardeanos queda pendiente un cruce con el “Idilio salvaje” de Manuel José Othón, un poema que más allá de sus marcadas diferencias formales tuvo en la formación del zacatecano un peso específico además de trazar algunas correspondencias entre sus discursos amorosos.

La exposición cronológica que propone La sabiduría del corazón facilita el conocimiento gradual de la personalidad de Ramón López Velarde, de sus estudios primarios, de su paso por el seminario, de sus años de bachiller en Aguascalientes, de su estancia potosina como estudiante de leyes. La cultura católica de las pequeñas ciudades del centro del país, en convivencia con la política liberal del régimen porfirista, fue su basamento, visión y querencia espirituales, de la que se apartaba para volver con mayor devoción a través de su escritura. Siguiendo esa ruta de fidelidades y alejamientos, Pablo Sol Mora nos lleva también, etapa tras etapa, en el proceso de la construcción de la voz lírica de López Velarde, de sus renuncias y aprendizajes, de sus convicciones estéticas y filosóficas, de sus filias y fobias literarias hasta alcanzar esa “altura crucero” donde el poeta y su lenguaje son partes de un mismo dominio expresivo de capacidades insospechadas.

Extrañé en este ensayo las novedades velardeanas que nos reveló Ernesto Flores, en particular, sus encuentros con Margarita González, “la sobrinita” de Lagos de Moreno con la que el poeta convivió y se carteó en 1920. Tal vez, para una segunda edición también convendría tomar en cuenta las indagaciones de Alfredo Castro Escudero sobre María (Magdalena) Nevarez (Cásarez) y Josefa de los Ríos; por ejemplo, sabemos por sus pesquisas que la casa que rondaba Ramón tras los pasos de la potosina estaba en Av. de la Paz núm. 4 de San Ángel o que la jerezana estuvo en El Paso, Texas, en agosto de 1914 y que, según el reporte migratorio, medía un metro con 62 centímetros y que como señas particulares quedó anotado que la señorita tenía diversos lunares en el rostro. Uno de los capítulos penumbrosos en la biografía velardeana son las semanas posteriores a la Decena Trágica de febrero de 1913, días y días que se acumularon hasta la aparición del escritor en agosto del mismo año en San Luis Potosí. ¿Dónde estuvo? ¿Cómo logró salir de la capital dada su vinculación con el núcleo del gobierno depuesto? Además de trabajar en La Nación, el jerezano colaboraba en la oficina del diputado Pedro Antonio de los Santos, cercanísimo de Gustavo A. Madero; como muchos maderistas, el político potosino pasó a la clandestinidad esperando el momento propicio para abandonar la Ciudad de México y sumarse a la lucha contra la usurpación huertista. Esta relación explica la agenda del periodismo político de López Velarde, su crítica consuetudinaria contra el doctor Rafael Cepeda, “Cepedita”, gobernador de San Luis Potosí y, también, su desaparición de la escena pública en ese periodo aciago.

Otras de las valiosas aportaciones de La sabiduría del corazón –abordada sin ningún prejuicio– es la exposición minuciosa del origen prostibulario de la erótica lopezvelardeana, su fuente carnal y algo más. Reconstruyendo la época y las circunstancias particulares para ejercer “el oficio más antiguo del mundo”, Pablo Sol Mora identifica y desentraña esta afición sexual y afectiva del poeta, cuestionada socialmente sobre todo en el círculo católico, entre el anatema y la hipocresía. Estos rituales de alcoba aparecen tácitamente en la poesía y en la prosa del autor de El minutero, ventanas abiertas a los sentidos y a sus combinaciones sinestésicas, metáforas de la muerte y la resurrección. Coincido con al autor: “Dentro del católico había también un epicúreo.” Respecto de las enfermedades venéreas, aludidas sin ambages por el poeta, a veces con mordacidad y casi siempre sin la menor culpa, Sol Mora ata cabos entre la escritura y la biografía, libre de morbo y especulación gratuita. La castidad de las mujeres provincianas contrasta y se complementa con el mundo de las mujeres galantes, “el perímetro jovial” de la zozobra y la revelación.

Las Obras de Ramón López Velarde, reunidas y presentadas por José Luis Martínez para el FCE, después de la segunda edición de 1990, reclaman una necesaria actualización. La bibliografía velardeana no ha cesado, desde entonces, de incorporar materiales valiosos como inéditos para el estudio de nuestro clásico moderno. En estos rubros califico mi lectura de La sabiduría del corazón, obra-delta de otros recorridos, pero también ruta personal, minuciosa y propositiva que reconstruye los 33 ciclos solares velardeanos, con las debidas demoras críticas en las estaciones meridianas de la vida y la escritura del poeta. ~


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