La metáfora de los espacios imaginarios de Wolfgang Paalen

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Es bien conocida la frase enunciada por André Breton en 1938, en la que aseguró que México era el país surrealista por excelencia. Si bien esta afirmación levantará la ceja de los lectores poscolonialistas a manera de gesto crítico, vale la pena profundizar en la fascinación que se revela en ella acerca de nuestra cultura, y en lo extraordinario que resultó para el contexto surrealista la figura del otro desconocido: del otro mexicano.

En este sentido, la obra de Wolfgang Paalen (Viena, 1905-Taxco, 1959) resulta reveladora, puesto que en ella también podemos encontrar esta mirada que, desde afuera, se sorprende con los paisajes y las criaturas mexicanas. Amigo cercano de Breton, Paalen fue uno de los representantes más importantes del surrealismo en México.

Tal fue su nivel de interés por nuestro país que pasó gran parte de su vida aquí, se nacionalizó como mexicano en 1947 y situó la trama de su cuento El axolote en una hacienda mexicana. En su obra se narran dos líneas temporales distintas, dirigidas las dos por la atracción hacia lo extraño: la primera se resuelve en la búsqueda arqueológica del personaje principal, Ignacio, quien intenta hallar la misteriosa figura de obsidiana del ajolote; y la segunda consiste en la rememoración de los complicados relatos amorosos de los hermanos González-Gil con las gemelas Leandra y Leontina.

Paalen retoma la simbología mítica del ajolote y, a través de esta, dibuja la línea narrativa de su historia. Xólotl fue el hermano gemelo de Quetzalcóatl, y al huir de la muerte se transforma en una inquietante criatura larvaria caracterizada por su doble naturaleza, acuática y terrestre: el ajolote. Así como en el mito del Quinto Sol, el ajolote en el relato del artista surrealista abre las interpretaciones hacia el tema de la dualidad, de los espejos que se duplican de forma casi esquizofrénica. La figura del ajolote se vuelve metáfora de la belleza indescifrable, indistinguible y dual de las hermanas Leandra y Leontina, quienes dirigen el conflicto central de la historia. Pero lo inquietante de estas dos mujeres no solo tiene que ver con el hecho de que se trata de dos gemelas idénticas, sino con que su atractivo guarda consigo los misterios de la diferencia, de lo desconocido. Dos mujeres de rasgos indígenas, dos “flores tropicales”, que se aprovechan de su parecido para desdoblar sus identidades y convertirse en una sola quimera que atormenta desde el pasado a los hermanos González-Gil.

Esta fascinación ante lo extraño la podemos ver también en la obra plástica de Paalen a través de sus paisajes gobernados por estructuras imaginarias. El ejemplo más claro es su pintura Les étrangers, cuyo título alude justamente a lo extranjero.

Resulta un poco inusual que en esta obra no se distingan fácilmente personajes o figuras que aludan a nuestra realidad material, pero entonces, ¿cómo captar la esencia de lo extranjero? Paalen opta por el lenguaje metafórico y traduce la diferencia o el extrañamiento en el paisaje. Nos sitúa como espectadores en un espacio en el que predomina una sensación de desconocimiento o de no pertenencia, pero que, en tanto desconocido, al mismo tiempo nos seduce e intriga.

En su ensayo “The New Image” publicado en el primer número de la revista DYN(abril-mayo de 1942), Paalen declara que el trabajo del artista no consiste en representar la realidad, pues esta tarea ya la ha perfeccionado la fotografía; sino en inventar una distinta, proponer un nuevo orden de las cosas a través de la imaginación creadora.

Así, se vuelve significativa la capacidad connotativa que tiene la metáfora, pues esta permite crear nuevas formas de sentido a partir de asociaciones no preestablecidas entre las cosas. Tal noción se volvió, además, un pilar fundamental dentro de las intenciones artísticas del surrealismo. Para esta vanguardia, la imagen poética provocada por la escritura automática permitió tender puentes de significado mucho más complejos que aquellos dirigidos por el consciente. Según lo establecido en el primer manifiesto de 1924, el fulgor de la imagen surrealista posibilita una asociación fortuita entre dos o más ideas, lo cual da acceso a una aproximación más sincera al espíritu, en tanto que el consciente no aparece como un limitante para la imaginación.

((André Bretón, “Primer manifiesto del surrealismo”, Manifiestos del surrealismo, traducción de Aldo Pellegrini, Buenos Aires, Editorial Argonauta, 2001.))

La metáfora le permite a Paalen lograr aquello que buscaba en la imagen: representar lo que no conocemos, lo que no hemos visto nunca, pero que puede ser imaginado y, por tanto, posible. Esta potencialidad creativa es a lo que el artista denominó “imagen pre-figurativa” y la podemos apreciar tanto en su obra plástica como en la literaria. A partir de la expansión de sentido que implica la esencia de este tropo poético, Paalen inventa espacios imaginarios en los que se rompen las leyes de lo ordinario y en los que todo es factible.

Tal es el caso de la hacienda “Las Almas”, escenario en el que se desarrolla la trama de El axolote. Desde un principio el autor logra insertarnos dentro de la historia de manera extraordinaria a través de minuciosas descripciones:

De repente, mientras la puesta de sol lo incendiaba todo, el deterioro desapareció bajo cascadas de bellísimas buganvilias de color lila y de llamaradas rojas como el coral, que caían, centellantes, como un chisporroteo, sobre los tejados y los muros ruinosos: un esplendor de flores tras los oscuros y gigantescos brazos del laurel que arrojaba su sombra sobre el patio entero.

Mediante la construcción de hermosas imágenes metafóricas, como la anterior, nos adentramos en un espacio insólito, casi de ensoñación, en el que el tiempo se detiene y los murmullos del pasado se entremezclan con los sonidos del presente; en donde la noción de identidad se vuelve difusa y se disuelve la delgada línea entre lo real y la mentira.

En la obra pictórica de Paalen también se presencian espacios en los que se quebrantan las reglas de la lógica y en los que la imaginación se convierte en norma que favorece nuevas potencialidades de existencia. Tal es el caso del óleo Study for totem landscape of my childhood, cuyo título sugiere reverberaciones del pasado al aludir a la infancia del artista. Nuevamente se trata de un paisaje atemporal e inhóspito, en el que predominan los colores fríos y las estructuras arquitectónicas imaginarias. Se cumple la intencionalidad de la imagen pre-figurativa de la que se habló anteriormente, ya que no pretende representar la realidad, sino abrir espacio a un nuevo mundo personal en el que las condiciones de posibilidad son ilimitadas y el sentido de la lógica no restringe a la imaginación. Se trata de un universo en el que las leyes físicas no tienen mayor importancia, y en el que la luna puede estar al nivel del suelo sin que nos cuestionemos la precisión de la representación.

Uno de los logros más grandes del surrealismo fue romper las barreras entre el arte plástico y la literatura. La obra de Paalen atestigua esto y permite leer en un mismo tenor toda su producción, dirigida por la inquietud seductora ante lo extraño y la capacidad de crear mundos en los que todo es posible. Espacios en los que se borran las certezas y donde las criaturas extraordinarias, como el ajolote, anuncian el preludio de una nueva oportunidad de realidad. En su obra tanto literaria como pictórica lo posible no se justifica en lo conocido; pero los espacios que reconocemos se abren a un sinfín de oportunidades creativas en las que confluyen pasado y presente, sueño y vigilia, realidad y ficción. ~

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