La política que nos merecemos

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¿Se puede escribir una suerte de enciclopedia sobre la sociedad española y lograr que la tesis sea sencilla y reconocible al instante? Se puede, y el profesor Benito Arruñada lo ha hecho en La culpa es nuestra (La Esfera de los Libros, 2025). Como me parece una hazaña poco común, tuve que preguntarle al propio autor cómo lo había conseguido. Este es un libro cocinado a fuego lento: comenzó a gestarse cuando en España se desplegaba la última oleada del regeneracionismo patrio, a mediados de la década pasada, y se cierra ya en este mundo pospandémico poblado de ensayos desengañados ante la división atávica de la sociedad española. En sus páginas se reconocen con claridad los distintos momentos de escritura: el eco del procés catalán, la fiebre interpretativa de la pandemia o la desesperanza de una España contemporánea que ha terminado por normalizar el bloqueo político.

¿Cuál es la tesis que logra aunar momentos tan diversos? En realidad, el libro es tan transparente que basta con leer su título. La culpa es nuestra condensa una idea tan incómoda como simple: las decisiones de los gobernantes tienden a ajustarse a las preferencias de la mayoría. No por virtud democrática, sino por una relación peculiar entre políticos y ciudadanos que ha costado tiempo desentrañar a las ciencias sociales y que Arruñada explica con notable claridad. Por un lado, los políticos se orientan casi exclusivamente a satisfacer esas inclinaciones; por otro, los ciudadanos continúan votando a sus candidatos preferidos incluso cuando estos se revelan incompetentes, corruptos o abiertamente mendaces. Pero el elemento decisivo es otro: las preferencias de los ciudadanos son a menudo inconsistentes. El resultado es una política que no se organiza para mejorar la sociedad, sino para dar satisfacción a demandas ciudadanas que, con demasiada frecuencia, se alejan del bien común.

A partir de esa tesis, el libro no deja títere con cabeza. Con un estilo analítico, pero al mismo tiempo incisivo, aborda cuestiones tan diversas como las finanzas públicas, el problema de la vivienda, la educación o la organización territorial de España. En todos los casos identifica relaciones perversas entre el Estado –la esfera pública– y el mercado como mecanismo regulador de la esfera privada. Arruñada muestra con claridad cómo el Estado, en demasiadas ocasiones, deja de intervenir allí donde existen fallos evidentes de mercado y, en cambio, actúa con intensidad en ámbitos donde acaba generando más problemas de los que resuelve. Tras estos diagnósticos subyace lo que quizá sea uno de los mayores problemas de ciudadanos y países: la inconsistencia intertemporal de nuestras preferencias.

El mejor ejemplo son las pensiones, donde la ciudadanía manifiesta deseos abiertamente contradictorios: quiere el máximo de prestaciones hoy y, al mismo tiempo, que el sistema sea sostenible a largo plazo. Pero ocurre también en la educación, donde los padres preferimos que a nuestros hijos se les exija lo menos posible en el presente, pero aspiramos a que obtengan altas recompensas en el futuro.

El libro no encaja en ninguno de los esquemas políticos que dominan la política contemporánea, pero resulta igual de incómodo para la esfera privada. Arruñada no deja de poner el foco en verdades sobre las que preferimos no detenernos. Por ejemplo, afirma sin rodeos: “Muchos maestros actuales fueron alumnos con bajas calificaciones en selectividad y, durante Magisterio, apenas cursaron algo más que pedagogía, lo que quizás empeora su docencia.” No es el primero en señalar que parte del problema del sistema educativo reside en la baja calidad del profesorado, pero pocos se permiten decirlo de una forma tan directa. Del mismo modo, se detiene en mostrar cómo las generaciones más jóvenes tienen muy claro el estilo de vida que desean –el tipo de familia, el número de hijos, el barrio en el que quieren vivir o los colegios a los que aspiran–, pero “desconocen casi por completo los costes reales de ese estilo de vida”. En conjunto, el libro funciona como una auténtica bofetada intelectual para los indignados del siglo XXI.

En el terreno estrictamente político, el libro es especialmente severo con el agotamiento del modelo progresista. Arruñada señala que “mucha clase media aún sigue aferrada a sus lujosas e irreflexivas creencias tanto migratorias como medioambientales e identitarias”, pero no ahorra tampoco críticas a la deserción intelectual de la derecha a la hora de proponer una alternativa coherente. Una derecha que, escribe, “lleva décadas limitándose a gobernar para, en esencia, corregir los excesos previos de la izquierda, pero sin defender ideas propias”.

A pesar de un panorama tan apocalíptico como certero –al menos a mi juicio–, Arruñada no renuncia del todo a la tarea del intelectual regeneracionista y se permite abrir una ventana a una posible mejora de nuestra política. Su aproximación, sin ser especialmente novedosa, sí desplaza el foco respecto a las recetas más habituales de los últimos años. El núcleo de su propuesta es la mejora del mercado de la información. La receta me resulta atractiva. Pero, aplicando el mismo martillo analítico que el autor emplea a lo largo de cientos de páginas y decenas de asuntos, cuesta creer que una mayor transparencia baste para resolver los problemas de fondo. Somos demasiado egoístas en lo individual y demasiado tribales en lo social como para pensar que más información, por sí sola, vaya a ayudarnos a organizarnos mejor.

Como punto de partida para una posible solución a los problemas que el libro identifica con tanta lucidez, prefiero otro ángulo. Arruñada afirma hacia el final que en la polarización “habría algo de esperanza”, y no puedo estar más de acuerdo. Creo que los problemas que más nos preocupan en España –y en muchas otras democracias avanzadas– pueden encontrar un principio de solución en la radicalidad de los cuestionamientos a los consensos heredados. Reivindico aquí el conflicto político no como una patología, sino como la precondición para la aparición de ideas verdaderamente innovadoras que nos permitan salir del bloqueo actual. Ahí es donde sí veo esperanza: no en la capacidad del ser humano para volverse más consciente o más informado, sino en la capacidad de la competición política y social para extraer lo mejor de nosotros mismos.

La culpa es nuestra daría para escribir muchas más páginas, quizá incluso un largo ensayo de respuesta, pero eso ya no cabe en una reseña. Prefiero terminar con una de las frases que más me han marcado y que resume otra de las grandes aportaciones de Arruñada: su amplísima perspectiva histórica. Escribe que “la crisis de la década de 1930 se asoció en parte a una competencia muy intensa entre partidos débiles”. Tengo la impresión de que algo muy similar nos está ocurriendo un siglo después, aunque ya no solo entre partidos. Vivimos en sociedades en las que organizaciones, grupos y colectivos intelectualmente frágiles y pobremente estructurados se enfrentan con ferocidad en el terreno de las ideas, y el resultado es, con demasiada frecuencia, el vacío. Un vacío que solo en contadas ocasiones se llena con reflexiones tan necesarias y atemporales como las que aquí nos ofrece Benito Arruñada. ~


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