Retrato: Jonathan López

María Galindo. Todas tenemos cara de puta

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Cuando algo me duele o me emociona no hago por aguantarme las lágrimas, por que no se me note. Creo que esto es particularmente importante cuando lo que la hace llorar a una es el arte o la teoría, esos dos modos de aprehender el mundo. Cuando una artista o una teórica tienen la puntería de coger el mundo y la generosidad de depositarlo en tus manos, no aguantarte las lágrimas, si te vienen, es lo menos que puedes hacer para agradecérselo. Si tienes a las aprehensoras delante, mejor: un público reconocimiento. El íntimo reconocimiento de llorar sola en casa también vale.

He llorado dos veces en mi vida asistiendo a una conferencia, ambas en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. La segunda fue hace un par de años escuchando a Santiago López Petit, filósofo del dolor. La primera fue escuchando a María Galindo, filósofa del placer. Con los libros he llorado más. La primera vez fue leyendo Rayuela a los dieciocho años. La última fue esta mañana releyendo Ninguna mujer nace para puta, de María Galindo en coautoría con Sonia Sánchez (Lavaca Editora, Buenos Aires, 2007).

Total, que María Galindo (La Paz, Bolivia, 1964) me ha hecho llorar en público y en privado, siendo que esas dos categorías, la autora, si lee esto, me las repudia y con razón. Esa negación es uno de los fórceps con los que Galindo jala la realidad: la distinción entre lo llamado público y lo llamado privado es una invención del orden burgués que solo a él interesa. La intimidad es la fórmula áurea despolitizadora a la que todas las indias, putas y lesbianas (el sujeto político de la pensadora al que volveremos al final de este artículo) nos vemos constantemente sometidas.

Yo, llorando en mi casa con un libro de Galindo, estoy participando de un quehacer que involucra a varias actoras, que libera a la lectura de su burguesa concepción como acto intelectual, individual y solitario para hacer de ella un acto político, corporal y comunitario. Leer a Galindo es parte de un proceso emancipador.

Escribir para mí es un acto político.

Un acto de alegría.

Escribir desde mi condición de maricona es una alegría siempre cargada de picante urgencia, como si escribir desde mi mariconería fuese un acto inevitablemente cargado de excitación sexual.

Eso nos dice la autora en No hay libertad política si no hay libertad sexual (Mujeres Creando, 2017), y sus palabras nos hacen recordar la depurada técnica literaria de Anaïs Nin, que se ponía a escribir sus experiencias sexuales tan pronto terminaban, a veces con su amante en la cama todavía.

La politización cuyas puertas María Galindo nos abre texto tras texto, charla tras charla, performance tras performance, está no ya indisolublemente ligada al sexo, sino que la politización –esto es, el proceso emancipador– es necesariamente sexual. El análisis de todas las condiciones de nuestra opresión (las que sufrimos en el trabajo, en las fronteras, en la casa y en la calle) parte del análisis de la dominación sexual o, para ser más precisas, del “disciplinamiento colonial del deseo erótico”, que es la terminología que Galindo usa en ¡A despatriarcar! Feminismo urgente (Lavaca Editora, Buenos Aires, 2013). La filósofa coloca el sexo en el centro de su análisis y a partir de él y sin nunca abandonarlo nos habla de democracia, de representación, de colonialismo y de indigenismo.

Los libros de María Galindo, editados íntegramente en Argentina y Bolivia, no son fáciles de conseguir. La mayoría de ellos (seis títulos cuenta la autora en su haber) están agotados. En España los suelen tener librerías especializadas en feminismo y temas de género, y la propia Galindo los trae cuando viene a impartir alguna conferencia. En este artículo me centraré en tres de sus ensayos, los ya mencionados Ninguna mujer nace para puta (2007), ¡A despatriarcar! Feminismo urgente (2013) y No hay libertad política si no hay libertad sexual (2017), que son los únicos tres con los que he podido hacerme. Si bien la escasa distribución de los libros es una desgracia para sus lectoras, dicha carencia es asimismo condición necesaria para que se cumpla un deseo explícito de la autora:

Escribo libros por precaución, no deseo ser traducida, ni interpretada por el poder académico, por eso escribir es para mí una toma política de la palabra.

De Galindo podemos decir sus lectoras lo mismo que, precisamente un académico, dice sobre Cioran:

Antes de la gloria [del reconocimiento público de Cioran], Cioran es como una contraseña. Cuando uno se encuentra con uno de sus lectores, uno se siente, misteriosamente, seguro de una complicidad, y no menos misteriosamente, seguro de una indulgencia.

((Angelo Rinaldi en el capítulo de la serie Un siècle d’écrivains, que repasa la vida y obra de Emil Cioran. Documental de Patrice Bollon y Bernard Jourdain, coproducción de France 3, siis-Interimage y Sunset Press, 1999.
))

No se puede descolonissar sin despatriarcalissar

Así se titulaba la conferencia de Galindo en la que la conocí y lloré. Fue, como ya he dicho, en el MACBA, en un seminario titulado “Descolonizar el museo” comisariado por Paul B. Preciado que tuvo lugar los días 27, 28 y 29 de noviembre de 2014. Yo tenía veintiocho años, acababa de entregar mi segunda novela e iba a todas partes sola.

María Galindo habló entre las 20.00 y las 20.40 de alguno de esos días que no sé precisar porque no lo estoy mirando en internet (no tengo internet), sino en el trozo del programa que recorté con los dedos y que se come ese dato. Lo recorté para que no se me olvidara nunca el nombre de la conferenciante que me condujo a ese estado de epifanía, de revelación. No en vano uso la terminología religiosa, ya que conservo el papelito enganchado en la esquina de una cómoda como si de la estampita de una santa se tratara. Yo tengo mis santos profanos escritores: mi san Agustín García Calvo, mi santa María Galindo. Mi santa me entenderá porque ella misma utiliza las formas confesionales pasadas de rosca para desmantelarlas. He aquí el fragmento de una oración, primero rezada en la acción-documental “La Virgen Barbie” (María Galindo-Mujeres Creando, 2013) y posteriormente plasmada por escrito en ¡A despatriarcar! Feminismo urgente:

que dios se quede huérfano, sin madre ni virgen

Ya no quiero ser la virgen Barbie

[…]

Olvidar mi condición de virgen

Olvidar mi condición de bella, de blanca y de virtuosa

Que detrás de mí el capitalismo se derrumbe y pierda hasta los dioses y las vírgenes que lo sustentan

Que detrás de mí se desmorone el racismo y el

[color blanco que lo sustenta

Que los úteros de las mujeres blancas puedan parir

[hijas morenas

Que las morenas tengan hijos rubios

Y que el amor y el placer nos mezcle y nos mezcle

[y nos mezcle

Hasta diluir todas las estirpes de nobles, de patrones

[y de dueños del mundo

no quiero ser la madre de dios, de ese dios blanco civilizado y conquistador

que dios se quede huérfano, sin madre ni virgen

Que se queden vacíos los altares

Y los púlpitos

Yo dejo este altar mío

Lo abandono por decisión libre

Me voy, lo dejo vacío

Quiero vivir

[…]

he descubierto que para ser feliz

solo hay que renunciar a tus privilegios

a tus virtudes y perfecciones

proclamo la inutilidad de los privilegios

la tristeza de los altares

la muerte del capitalismo.

Aunque la autora sea la primera en renegar de toda posición vanguardista (con la carga jerárquica, elitista y militar que el término supone), su práctica literaria tiene la vocación transformadora de las más radicales vanguardias históricas, las que reaccionaron al modernismo y al equilibrio imperialista bismarckiano en la primera mitad del siglo XX y las que en los sesenta se desmarcaron de los regímenes salidos de la Segunda Guerra Mundial, llámense estos dictaduras o socialdemocracias, herederas unas y otras del totalitarismo. Deliberadamente la llamo “práctica literaria” y no “obra” porque María Galindo en La Paz, como Agustín García Calvo en Madrid, como Tristán Tzara en Zúrich, como Emma Goldman en Chicago, como Andrés Caicedo en Cali, como Vladimir Maiakovski en Moscú, como Paulo Freire en Brasilia (por citar algunos nombres del santoral), concibe la escritura como algo ejecutable en los cuerpos, en el suyo propio como autora y en los de otras. Se lleva así la obra a lo escénico, documental y performativo con las mismas motivaciones con las que se roba un banco (como hiciera Goldman), se okupa una finca o un cuartel (como hicieran Freire y García Calvo), se cortan calles desde cuyas trincheras se le lanzan cócteles a la policía (como hiciera Caicedo), se les pega una paliza a unos fascistas (como hiciera Maiakovski), se invita a los miembros del público a balbucir y a meterse mano (como hiciera Tzara) o se boicotea el desfile de Miss Bolivia y una rueda de prensa de la onu, se hace un mural con un obispo masturbándose, se baila desnuda a las puertas de una iglesia y en la fachada de un ministerio de Evo Morales se grafitea “No hay nada más parecido a un machista de derechas que un machista de izquierdas”, como lleva haciendo María Galindo desde que en 1992 fundara junto a otras compañeras el movimiento anarcofeminista Mujeres Creando.

“El sexo y la sexualidad no tienen ninguna importancia social real. Hablar de esto es dedicarse a cuestiones que tienen una importancia mínima para la sociedad”. Transcripción de la entrevista a Zacarías Colque Matías, diputado indígena originario del norte de Potosí, que Galindo recoge en No hay libertad política si no hay libertad sexual.

¿Cuál es el modernismo bismarckiano, la dictadura o la socialdemocracia a la que reacciona María Galindo con su práctica literaria desde finales de los noventa? Es el neoliberalismo, ese modelo de ordenación de las sociedades y los cuerpos que profundiza las brechas económicas, raciales, de capacidades y de género asegurándose mediante técnicas de control democrático y retórica humanista de que los abismos entre privilegiados y no privilegiados nunca desembocarán en una revuelta, nunca romperán el statu quo, canalizando el eventual descontento a través de “agenditas de derechos” (como las llama la autora) gestionadas por ONG y por partidos con vocación igualitarista, medioambientalista, identitaria, LGTB, etcétera. María Galindo carga, apunta, dispara y hace blanco en algunos de los hijos predilectos del neoliberalismo, como son la tecnocracia de género blanca y clasemediera, por un lado, y el neocolonialismo y el indigenismo (opciones políticas aparentemente antagónicas cuya oposición Galindo demuestra que no existe), por otro. La brillantez, la originalidad y, por tanto, la radicalidad de su teoría feminista reside en que, desde el minuto uno de su análisis, la autora es capaz de hacer descender los grandes procesos macroeconómicos e imperialistas a pie de calle, a pie de cuerpo.

¿Por qué en el continente entero gobiernos tan dispares y cuyos nombres nos espeluznan como Fujimori en el Perú, Banzer en Bolivia, Menem en Argentina tuvieron, sostuvieron y enunciaron políticas con perspectivas de género y gobiernos como el de Evo Morales, Hugo Chávez o Cristina Kirchner continúan con esa misma línea enarbolando supuestas grandes transformaciones sociales, se niegan a despenalizar el aborto? […] En 1985, cuando ingresó en América Latina el neoliberalismo con el Ajuste Estructural impuesto por el Banco Mundial, las mujeres fuimos el colchón que las ONG, los organismos internacionales y los gobiernos utilizaron para amortiguar el golpe de la crisis económica en todo el continente.

La radicalidad de la teoría feminista de María Galindo reside en vincular dos esferas aparentemente alejadas entre sí: placer y capital.

Ustedes me dirán, ¿qué tiene esto que ver con el feminismo? Tiene mucho que ver porque ese proceso fue sustentado por un conjunto de ONG cuyo cuerpo de trabajo estaba constituido por una tecnocracia de género que formuló, copió y/o reprodujo el discurso de la “perspectiva de género” para justificar, propagandizar y legitimar el proceso del neoliberalismo en América Latina y darle un rostro “benigno”…

Cuando, junto a Sonia Sánchez, nos hable de prostitución, se aprestará a desmantelar el vocabulario mercantilista que el neoliberalismo ha impuesto sobre el mundo de la puta. La lógica mercantil del capitalismo de fin de siglo rebautizó a la puta con el nombre de “trabajadora sexual” o incluso de “servidora sexual” para equipararla con su contraparte, “el cliente”. Incluso el históricamente llamado “cliente” tenía para el recién estrenado neoliberalismo una connotación demasiado reveladora de la naturaleza opresiva de aquel que paga por follar, así que se le empezó a llamar “consumidor de prostitución”. Galindo y Sánchez critican este ocultamiento de la violencia traído por la nueva terminología tecnocrática de gobiernos, sindicatos y ONG (no otra cosa que la corrección política) y al mismo tiempo proponen un nuevo bautismo, uno que, en vez de ocultar la dominación que toda situación de prostitución entraña, la revele. Acuñan así las autoras los conceptos de “prostituyente” para referirse al cliente, de “Estado proxeneta” para referirse a los gobiernos y a sus cuerpos represivos y de “parásitos de la prostitución” para referirse a los chulos, a los sindicatos y a las ONG. Englobar bajo un mismo rótulo a esas tres instancias represivas constituye uno de los más lúcidos logros de nuestra autora a la hora de denunciar la falacia humanista (en un sentido filosófico: de negación de la lucha de clases) y humanitarista (en un sentido legal: de defensa de los derechos humanos) que la izquierda institucional enarbola.

Sonia: [Las ONG] [a]rman redes. Tenés red a nivel nacional, a nivel Ciudad de Buenos Aires. Tantas ONG que trabajan en vih, estás allá, y no cruzás, no saltás, te mantienen aislada [a la puta] para seguir trabajando y operando en tu cuerpo. El papel, en definitiva, de estas redes, es sacarnos información, sistematizarla, y con esa información ellos mantienen un control sobre nosotras [las putas].

María: Ese es un mecanismo del neoliberalismo. Significa que primero no te vincules con esos sujetos con los que supuestamente no tienes por qué vincularte, ni por qué construir alianzas. Segundo, es más fácil inmovilizarte y encajonarte en el discurso de ellos, en las demandas que ellos pintaron […]. El oenegismo prácticamente ha destruido la lucha de las mujeres feministas […], encuentras en muy pocas feministas discursos integrales, discursos complejos, que hablen de todo, que lancen en todas direcciones. Lo que estabas planteando tú: a partir de la esquina cuestionar la sociedad entera, pero no a partir de la esquina solo hablar de la esquina.

El método científico de Galindo: holismo, desorden y alegría

Esos discursos integrales, complejos, que hablan de todo y que lanzan sus críticas y sus propuestas en todas direcciones, constituyen un modo de crear pensamiento que desafía dos poderosas instancias del dominio neoliberal: en primer lugar, la guionización oficial para cada oprimido en virtud de la cual los poderes públicos y las ONG esperan, por ejemplo, que los homosexuales solo clamen por su asimilación al modelo burgués heterosexual de familia y trabajo, que los indígenas solo clamen por el reconocimiento de la cultura originaria o que las putas solo exijan condones gratis (provocando, de paso, la fragmentación del sujeto político y sustituyéndolo por “una suerte de identidades encajonadas en compartimentos cerrados y fijos”).

En segundo lugar, los discursos complejos que María Galindo levanta obra tras obra desafían el idiosincrático academicismo del método y la expresión científico-sociales. Cuando la autora llega a afirmar, sin que le tiemblen la voz ni el pulso, que todas tenemos cara de puta, lo hace dándole a dicha aseveración calidad de hipótesis que viene a contrastar con herramientas de investigación que, no por novedosas y por estar radicalmente politizadas (y por ser, de hecho, ellas mismas, herramientas politizadoras) son menos rigurosas.

Según Galindo la capacidad de teorizar es imprescindible para poder visualizar el horizonte de la lucha y no limitar nuestras inquietudes y sentimientos a lo meramente testimonial. La lucha no es otra que el desmantelamiento de las opresiones a las que nos vemos sometidas indias, putas y lesbianas. Que no nos lleve a engaño lo grosero de los términos galindianos. El científico social (el político o el escritor) que desprecie a nuestra autora por parecer sus enunciados mensajes grafiteados, lo está haciendo precisamente en nombre de todo aquello que Galindo combate: la academia y la elitización patriarcal que comporta. Galindo, de hecho, es grafitera. El grafiti es uno de los medios a través de los que se despliega su pensamiento. Las exposiciones colectivas de arte, los debates en plena calle, las performances, la acción directa y las entrevistas a putas y a diputados, sus dispositivos de observación de la realidad.

En la introducción a No hay libertad política si no hay libertad sexual, se afirma que la investigación sobre homofobia en el Parlamento boliviano “básicamente se trata de un ejercicio lúdico que literalmente sirve para divertirnos, desordenando los lugares y los conceptos inamovibles y apolillados en los que se mueve la rutina democrática”.

El desorden como método ya aparecía en Ninguna mujer nace para puta (2007), diez años atrás: “María: Para mí es importante que quede claro que lo que planteamos es una especie de metodología de trabajo, que abre la posibilidad real y concreta de desordenar la relación de dominación en la que estás como mujer o mujer en situación de prostitución.”

Indias, putas y lesbianas suena a verso de canción trap, y está bien que así sea, siendo, al mismo tiempo, una potente categoría analítica:

Nos planteamos construir un sujeto desde una metáfora, un lugar simbólico, un lugar poético, un espacio de lucha, un lugar imposible de tragar, cooptar, deglutir o absorber […]. Plantear que el sujeto del feminismo es la alianza insólita y prohibida entre mujeres, por un lado nos permite dejar de actuar desde la “generalidad liberal de ser mujeres”, […] nos permite al mismo tiempo no quedarnos en el binarismo hombre mujer, pero tampoco relativizar la condición histórica de ser mujeres en una sociedad patriarcal. Plantear que el sujeto del feminismo es la alianza insólita y prohibida entre mujeres es una matriz política nueva e inesperada.

¿Quién soy?

Soy lo que quiero ser; soy hermana, soy amante y amiga de quien quiero ser.

Afirmo que la puta es mi madre

y que la puta es mi hermana

y que la puta soy yo

y que todos mis hermanos son maricones.

Antes cada una teníamos nuestra cara, la cual pensábamos distinta y única por obra de un proceso de socialización en la individualidad. Yo me creía una europea nebulosamente mediterránea, y guapa. Desde que es- cuché hablar y después leí a María Galindo sé que ser europea, nebulosamente mediterránea y guapa son solo características secundarias de mi cara, mero valor añadido. Lo que mi cara es, ante todo, es de puta, como la de todas las mujeres sujetas al poder patriarcal, suministradoras de placer y bienestar sexuales a sus machos dominadores. María Galindo es la única persona en el mundo que la llama puta a una y, en vez de humillarla, la politiza, la coloca en el camino de la emancipación y la convierte en miembro de una comunidad. “[¡]Mueran los sistemas, vivan las putas[!]” ~

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