Palos y astillas en la Gran Depresión

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En algún momento impreciso de la tarde del 6 de enero, día de Reyes, entre el final de la comida y la caída completa de la noche, acabó la Navidad en España. Cada cual se recogió y volvió a lo suyo. Y entonces pasó algo que casa por casa volvió a reunir en un ritual simultáneo a mucha gente, igual que en la celebración de la Nochebuena o el fin de año estamos separados y a la vez juntos. Todo el mundo se puso a ver alguna película de Peter Bogdanovich, que acababa de morirse en California a los 82 años. La noticia había llegado esa misma tarde, desencadenando un homenaje espontáneo y compartido. En un llamativo presagio que relacionaré con el hecho de que la copia se proyectó en 35 milímetros, formato mucho más cargado que los digitales, la tarde anterior la Filmoteca Española había proyectado su película Texasville, que es una vuelta al pueblo de The last picture show, a lo que también se le puede encontrar un sentido.

Acabé la otra película que estaba viendo como fin de fiesta y me dispuse a ver una de Bogdanovich. Elegí Luna de papel. No la veía desde principios de los noventa, en la época en que todos los fines de semana alquilábamos una o dos películas en el videoclub Estrellas. Entonces yo era una niña. Me di cuenta de que a pesar del tiempo que había pasado la había tenido muy presente todos estos años. Tenía un recuerdo algo melancólico, quizá por el vínculo entre la luna y los cambios de humor y porque el papel es un material poco resistente que se rasga y se deshace si se moja y amarillea y sale volando. También recordaba el aire de aventura y la vibrante aura de Addie, interpretada por Tatum O’Neal, que en la película era un modelo envidiable por la vida que llevaba y por la actitud con que la afrontaba (una niña de nueve años huérfana que se revela como la timadora con más talento de todo el estado de Kansas).

Pero la película es prodigiosa, mucho más brillante de lo que la recordaba. Es ridículo decir que una película como esta es muy buena; todo el mundo lo sabe. Los títulos de crédito, de aire déco, se suceden al ritmo de un alegre estándar de jazz que se detiene de súbito para dar paso a la cita de un himno religioso (Rock of ages). Luego aparece el primer plano de la niña, concentrada en su grandísimo cabreo en blanco y negro. La secuencia del entierro de su madre recuerda al gótico estadounidense que absorbió Grant Wood en su famoso cuadro, y tiene también algo de lo guiñolesco de La noche del cazador. Inmediatamente entra en escena el personaje de Moze, que encarna Ryan O’Neal. Si no fuese por Barry Lyndon, parecería haber nacido para este papel. Digamos que nació para los dos, si bien en este caso su faceta de buscavidas no tiene el punto oscuro de la peli de Kubrick, porque Luna de papel tiene la alegría de las tiras cómicas. Se ve muy bien en el encontronazo con la policía, quizá el momento más peligroso de toda la película –está lleno de un humor sutil que refleja la corrupción que trajo aparejada la ley seca a través del cliché del policía malencarado y un poco tonto–, y en los episodios con la bailarina, una tipa insoportable pero cuyo drama de la mujer que tiene que buscarse la vida alcanzamos a vislumbrar. Todos los secundarios (los estafados, la familia de cazurros que no quieren cambiar su costrosa furgoneta por un reluciente coche pero que están dispuestos a jugársela en una pelea, el indolente contrabandista, el recepcionista ligón, la harta ayudante de la bailarina) muestran en unos pocos rasgos tanto sus atributos propios como lo que tienen en común unos con otros por el hecho de convivir en ese momento difícil y desastroso de la historia de su país.

Addie, la niña, es un verdadero modelo para la vida: ¡cómo fuma en la cama, cómo maquina su cerebro detrás del ceño fruncido, cómo maneja el cotarro y manipula a los adultos con un prodigioso cambio de expresión! Pero Addie es también el sombrero que lleva, casi el único recuerdo que le queda de su madre, el elemento distintivo que todas las buenas películas tienen, que funciona como símbolo y a la vez como desencadenante dramático.

Cuando se ve compartir el plano a la pareja protagonista, discutiendo en el coche que recorre las carreteras del baqueteado país en los años de la Gran Depresión, es imposible no pensar en el parentesco entre los dos actores, padre e hija, que es también una de las claves de la ficción, pues ella sospecha que él es su padre. ¿Cómo no lo va a ser, si son iguales? La composición de los personajes por parte de los actores se transparenta entonces, y ahí hay una especie de guiño que es uno de los encantos de la película. Tatum O’Neal está encarnando un sueño infantil, el trato con el padre, un trato inquebrantable que es también un arquetipo de aventura: el coche, la carretera, la camaradería, los timos de poca monta, las fugas. Pero también fuera del pacto poético se estaba dando una aventura inolvidable. Tatum era ya por entonces hija de padres separados. La oportunidad que les proporcionó Bogdanovich de reunirse padre e hija y de trabajar juntos es algo extraordinario que empapa la película entera. Es imposible dejar de ver al padre y a la hija en una situación de armonía que quizá nunca se había dado en sus vidas, y que además produjo esta película que transmite una sensación de vitalidad y naturalidad que, otra vez, no siempre es fácil encontrar en nuestra vida real.

Y lo mejor de la película llega al final. Durante unos minutos parece que todo se va a resolver como en las películas clásicas que Luna de papel remeda, hasta que en el último momento triunfan la aventura y la irresponsabilidad. ~

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