Pongamos que hablo de Madrid DF

El concepto, popularizado desde Cataluña, refleja a la perfección los sentimientos contradictorios, entre la atracción y el rechazo, que Madrid provoca en las élites barcelonesas.
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El nacimiento de una noción

“Empecé a introducir ese concepto en algunas crónicas hará unos dos años, quizá más, y pronto advertí que interesaba a los lectores. En la ironía está el secreto.” Así recordaba su origen el periodista Enric Juliana en un artículo titulado “Madrid DF, ¿qué significa?”, publicado en La Vanguardia en octubre del año pasado (7-10-2025). Juliana es, sin duda, su gran divulgador y quien más ha contribuido a darle un sesgo peyorativo que no se desprende necesariamente de su literalidad. Aunque la expresión es muy anterior a la fecha aproximada que ofrece (“hará unos dos años”), su principal canal de difusión ha sido siempre La Vanguardia,y era lógico que así fuera, porque su ambivalencia reflejaba a la perfección los sentimientos contradictorios, entre la atracción y el rechazo, que Madrid provoca en las élites barcelonesas. Y no solo en ellas. Prueba de la versatilidad del concepto es el libro homónimo que Fernando Caballero ha dedicado a reivindicar la marca Madrid DF como expresión de un modelo de éxito basado en el crecimiento económico y demográfico (Madrid DF,Arpa Editores, 2024).

Todo indica, pues, que nació en las páginas de La Vanguardia,aunque mucho antes de lo que se cree. Aparece ya, entre signos de interrogación, en un editorial de octubre de 2001 (“¿Madrid DF?”, 26-10-2001) motivado por un entonces reciente documento del Círculo de Economía, “El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial en España”, en el que se advertía del peligro de que el Estado de las autonomías pudiera llevar a una recentralización sin precedentes del poder económico en la capital de España. Al contrario que el Círculo de Economía, que no utilizaba la expresión en su texto, La Vanguardia recurrió a ella, en esta y en otras ocasiones, para señalar la inquietante paradoja que suponía el afán expansivo de la capital en un Estado teóricamente descentralizado. El propio Enric Juliana tituló en 2012 “Madrid, distrito federal” un artículo sobre los movimientos de fondo, incluso de ideas, que registraba la turbulenta vida política capitalina, pues –¡sorpresa!– “en Madrid no todo es bronca y mal humor” (La Vanguardia,10-11-2012). Poco antes se había referido al “potente triunvirato femenino que manda en Madrid DF”, formado por Cristina Cifuentes, Ana Botella y Esperanza Aguirre, e intentaba quitar hierro a la deriva independentista del procés,recién iniciado: “No estamos en octubre de 1934” (“El artículo 155”, La Vanguardia,14-9-2012).

La construcción del mito siguió su curso en los años siguientes, adaptado al gusto del consumidor y a las cambiantes necesidades del momento, generalmente como réplica a quienes reprochan al nacionalismo catalán una intención secesionista. ¿Y si los separatistas fueran los otros? Un viejo y resonante artículo de Pasqual Maragall, “Madrid se va”, planteó ya la posibilidad de que la ruptura territorial tuviera su origen en el centro más que en la periferia (El País,26-2-2001). Dos años después, Maragall confirmaba sus peores presagios (“Madrid se ha ido”, El País,7-7-2003) y responsabilizaba de todo ello al “empecinamiento nacionalista” de José María Aznar y al giro político experimentado por Madrid –capital y comunidad autónoma–, que propició el vuelco electoral de 1996 y la llegada de Aznar al poder. De ahí, en su opinión, un movimiento centrífugo que amenazaba gravemente al sistema de equilibrios políticos y territoriales fraguado en la Transición, en unos años que representaron una rara excepción en la relación tóxica que Madrid mantiene, según sus detractores, con el resto de España. “Tierno fue un paréntesis”, apostillaba con nostalgia el exalcalde de Barcelona al recordar el Madrid de la Transición y la movida. Era cuestión de tiempo que la expresión que empezó a utilizar La Vanguardia en el cambio de siglo y la teoría maragalliana sobre Madrid acabaran fusionándose en un argumento con múltiples y provechosas aplicaciones políticas y mediáticas. Madrid DF daría nombre a una criatura insaciable, que crecía de forma descontrolada a costa de los demás.

Madrid, de charca a checa

Lo cierto es que la aversión a la capital, formulada de una u otra forma, es una vieja patología del imaginario de la España contemporánea que no tiene un único origen ideológico o territorial. Como epicentro de la monarquía o de la república, de la revolución o de la contrarrevolución, como ciudad aristocrática, mesocrática u obrera, Madrid será siempre culpable de algo. Es el fenómeno que inspiró al sociólogo Juan Salcedo el libro Madrid, culpable (Ed. Tecnos, 1977), publicado al principio de la Transición, en un momento en que, en opinión del autor, unas élites periféricas interesadas en desmarcarse del franquismo hicieron de la ciudad el chivo expiatorio de sus propias complicidades con la dictadura. Su mala prensa no era ninguna novedad. En su novela Pequeñeces (1890), el jesuita Luis Coloma describía el Madrid del Sexenio Revolucionario (1868-1874) como una “charca hedionda, desbordada siempre por la desvergüenza propia y la cobardía ajena”. Si el padre Coloma utilizó la imagen de la charca para denigrar al Madrid liberal del Sexenio, a intelectuales como Ortega y Gasset y Unamuno les sirvió como metáfora de la corrupción política en tiempos de la Restauración. Manuel Azaña la calificó en los años veinte de “ciudad prehistórica y cavernaria” y el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, atribuyó “al pringue, al mugre” (sic) que reinaba en la capital el origen de los males de España. No fueron pocos, sin embargo, los políticos e intelectuales que aceptaron el peaje de “vivir en este Madrid terrible”, porque, como dijo Azorín, “en provincias no se puede conquistar la fama”.

Ciudad sucia, atrasada, corrompida y corruptora, verdadero lastre para el desarrollo y la regeneración del país, su mito negativo ha coexistido o se ha alternado con su antítesis, representada por una imagen idealizada de Madrid como motor de progreso y escaparate de una España moderna y liberal. Fue una cosa y la contraria, como en el título de la célebre novela de Agustín de Foxá sobre la caída de la monarquía, los años republicanos y el comienzo de la Guerra Civil: Madrid, de corte a checa (1938). Aquella época de transición y de cambio, que empieza bastante antes de la proclamación de la República, marcó el apogeo de un Madrid rutilante y cosmopolita, un “Madrid ateniense”, en expresión de Valle-Inclán, pero también parisino o neoyorquino, en el que la Gran Vía, por un lado –“la Gran Vía es Nueva York” (Iliá Ehrenburg)–, y la Castellana, por otro –“la mejor calle de Europa” (Grases i Riera)–, le daban un aire sofisticado que desmentía su leyenda negra. Lo pudo comprobar un dirigente socialista francés, Jean Longuet, en abril de 1930, al visitar Madrid invitado por sus camaradas españoles y contemplar sus calles y sus principales edificios, como el de la Telefónica, recién inaugurado, pletóricos de actividad. Si a Trotski le había llamado la atención catorce años antes la proliferación de iglesias y bancos, en 1930 el visitante se encontraba, al decir de Longuet, con una “brillante capital ultramoderna”, digna de compararse con las principales ciudades europeas (“La España moderna y el socialismo madrileño”, El Socialista, 19-4-1930).

Su prestigio ante la izquierda nacional e internacional se acrecentó en los años treinta, en parte por el decidido impulso de la República a la modernización de la capital –el “gran Madrid” de Prieto y Azaña, que debía proyectar, en palabras del arquitecto Secundino Zuazo, “el carácter de España entera ante el mundo”– y definitivamente, tras el inicio de la Guerra Civil, por su tenaz resistencia frente al ejército de Franco, que intentó en vano tomarla al asalto a partir de noviembre de 1936. Fueron los años del “¡No pasarán!”, que podía leerse en la pancarta, inmortalizada en fotografías de la época, que cruzaba de lado a lado la castiza calle de Toledo, y del “Madrid, tumba del fascismo”, que inspiró poemas, canciones, documentales y carteles propagandísticos, como uno de la Generalitat de Catalunya con el lema “Defensar Madrid és defensar Catalunya”.

Madrid DF: la expresión y la intención

Muchos años después, en abril de 2018, las alcaldesas de Madrid y Barcelona, Manuela Carmena y Ada Colau, inauguraban una exposición titulada “No pasarán. Madrid 1936”, dedicada a rememorar el asedio a la capital en la Guerra Civil y la solidaridad de Barcelona, plasmada en un cartel, realizado por el Comité d’Ajut Permanent a Madrid, que Carmena y Colau mostraron ante la prensa en la inauguración. Al eje Madrid-Barcelona encarnado por las dos alcaldesas, elegidas en 2015 por la lista de Podemos, le quedaba poco más de un año de vida, porque las elecciones municipales de mayo de 2019 arrebataron la alcaldía madrileña a la izquierda e hicieron de la etapa de Manuela Carmena un breve paréntesis, como dijo Maragall del Madrid de Tierno Galván, en la larga hegemonía de la derecha, tanto en el consistorio como en la comunidad autónoma.

El triunfo del PP en las elecciones municipales de 2019 y las victorias de Isabel Díaz Ayuso, la última por mayoría absoluta, en las autonómicas reactivaron el resentimiento de la izquierda y la periferia hacia la capital y el uso de la marca Madrid DF con una intención denigratoria. Se dirá que, comparada con “la charca hedionda” del padre Coloma, la expresión popularizada por Enric Juliana suena casi versallesca. Lo que esconde, sin embargo, es mucho más importante que lo que muestra. Juliana lo explicó al desmenuzar los diversos significados de DF –uno de ellos, Madrid Distrito Fiscal– y sugerir una posible solución a los problemas que provoca la inaudita contumacia de los madrileños al votar a la derecha: “Su gobierno debería obedecer al interés general de los españoles expresado en las urnas. La asamblea legislativa de la Comunidad de Madrid debería escogerse de acuerdo con el resultado de las elecciones generales.” Lo plantea como simple hipótesis, como una especie de sueño húmedo difícilmente trasladable a la vida real, pero no conviene echar en saco roto una propuesta que pondría fin a ese escándalo continuado protagonizado por los madrileños al votar lo que no deben. No serían ellos quienes eligieran a sus representantes, sino los demás españoles, incluso aquellos que quieren dejar de serlo, los que elegirían por ellos.

“¡Madrileños! Cataluña os ama”, rezaba uno de aquellos carteles editados por la Generalitat durante la Guerra Civil en solidaridad con el Madrid sitiado. Hay amores que matan. ~


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