Reencuentros con Francisco Nieva

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Estaba a medio camino del dandi y el ácrata, del excéntrico y el insumiso, del exquisito y el heterodoxo. Era un manchego afrancesado que, después de constatar las metódicas inclemencias de la dictadura, cursó en París las excepciones proustianas de la regla y regresó finalmente al Madrid del callejón del Gato. Yo empecé a conocerlo de lejos, cuando se identificó con las saludables piruetas postistas de Ory y Chicharro, a fines de la década de los cuarenta. Tal vez no era un convencido del postismo, pero enseguida se alineó con lo que ese movimiento tenía de liberación de cánones adocenados, de parapeto innovador contra los vacuos catecismos tradicionales. Era la gozosa aventura inicial, la elección a contracorriente de una estética que lo llevó a desembarazarse de ajadas adherencias realistas y elegir la revisitación tonificante de las vanguardias.

Francisco Nieva se fue a París con poco más de veinte años y volvió con cuarenta. “Si no me hubiera ido habría acabado en Carabanchel o escribiendo El Jarama”, vaticinó sagazmente en sus memorias. Esa larga ausencia, ese benéfico inciso biográfico, conformó su vida, hizo de él uno de los más eminentes activistas españoles de lo que Antonin Artaud sintetizaba de forma iluminativa: “Briser le langage pour toucher la vie.” Una máxima que evoca ciertos veredictos de Rimbaud y presupone una conducta artística justamente adaptable al ideario de Nieva. Creo que datan de entonces sus primeras conquistas literarias y pictóricas, esa especie de programa de transgresiones con el que afianzó su poética teatral. Por ahí se entrecruzan las coincidencias de objetivos de Nieva con una estirpe que va, por ejemplo, de Valle-Inclán a Lorca, de Ionesco a Artaud, de Genet a Arrabal. Y de ahí arranca la paulatina configuración de lo que el propio Nieva bautizó como “teatro furioso” y, en un sentido paralelo, como “teatro de la farsa y la calamidad”.

Cuando Nieva regresó a Madrid yo acababa de volver de Colombia. Quiero recordar que había casado con mujer francesa y que luego casó con hombre madrileño, una proclamada bisexualidad que se compadecía muy bien con las fecundas bifurcaciones de su teatro. Coincidíamos entonces en reuniones de muy distinta gama y el dinamismo conversacional de Nieva, los nutrientes de su ingenio, eran siempre un episodio de veras seductor. Sus agudezas y retruécanos reproducían ostensiblemente los que podían aparecer en cualquier segmento de su obra y, en todo caso, resultaban más bien inusitados en la esfera cultural de aquellos grises años españoles.

Conocí primeramente el teatro de Nieva a través de la lectura, y esa fue una muy recomendable vía de conocimiento. Lo leí en una curiosa edición no venal (que conservo dedicada) donde se reunían La carroza de plomo candente, El combate de Ópalos y Tasis, Es bueno no tener cabeza y Pelo de tormenta. La edición iba precedida de unas precisas consideraciones del autor sobre la estética del “teatro furioso”, cuyos matices distintivos se concretaban en unos escuetos rasgos: “rapidez de acción, sorpresa, retórica burlona, énfasis satírico”. Por supuesto que el “teatro furioso” era eso, pero también era muchas cosas más dentro del registro enfurecido en la realidad de que se vale Nieva para articular su dramaturgia.

Esa primera experiencia de lector de Nieva supuso un impagable correctivo a mi deficiente educación teatral. Acabé entonces de entender lo más obvio: que en el abigarrado y multiforme territorio del teatro hay que tener muy en cuenta sus vínculos con la estricta literatura. Una cosa es ver representar una función determinada, sujeta a los volanderos trasiegos de los diálogos y a los correspondientes artificios escénicos, y otra muy distinta la independiente calidad literaria del texto, ineludible para que el teatro pueda ser admitido en el ámbito genérico de la literatura. Nieva es a este respecto un ejemplo, amén de poco prodigado, particularmente significativo, tal vez solo equiparable en términos coetáneos y con las debidas cautelas a un Arrabal. Se trata de textos literarios –de escrituras escénicas, si se prefiere– antes incluso que de espectáculos teatrales.

Nieva fue siempre un audaz explorador de la lengua, un sedicioso artífice de una prosa fundamentada en la distorsión verbal, en el sondeo en la acepción secreta de las palabras. Llegó a ser en este sentido, aparte del más antiacadémico de los académicos, el homme de théâtre por antonomasia de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Director, adaptador, escenógrafo, músico y no sé si tramoyista, usó del teatro –y de sus trampas– como un sistema de refundación artística de la realidad. Con él se hace visible, se independiza del entorno general un ideario poético que entiende que hay que violentar, desmantelar el lenguaje para construir su más operativo potencial expresivo. “Mi gusto por la destrucción no me ha llevado todavía a la decisión de dejar de escribir”, aseveró el propio Nieva. Se renueva así una estética que va del esperpento al irracionalismo, de los espejos deformantes a las cajas chinas, y que determina una prosa poblada de giros coloquiales y frases hechas, pero también de pautas surrealistas, desvíos de la lógica, enumeraciones caóticas, desenfados retóricos.

Nieva escribió también un desnudo, desgarrado testimonio de su propia vida: Las cosas como fueron (2002), donde se recapitulan con selectivo desorden las peripecias del autor por los tres escenarios básicos de su biografía, la absorta niñez manchega, la compleja formación parisina y la fértil madurez madrileña. Todas las inhibiciones han sido desalojadas por el ímpetu confidencial, a veces pomposo, a veces impúdico, siempre excitante, del torrente narrativo. Lo que el autor llama la “escritura del caos” es sencillamente una denodada, arriesgada, turbadora sucesión de rastreos en la intimidad en busca de claves reveladoras, de nunca usadas pistas para acceder a la analogía verbal de la experiencia, valiéndose en todo momento de los dos nutrientes radicales de su prosa: la voluntad crítica y el uso del barroco como revulsivo. Se trata de un texto de muy buena traza literaria, humanamente provocador, que de tan vivido parece inacabado. Tal vez lo inacabado sea uno de los rasgos de la excelencia. ~