Gastón Acurio, presidente

El derecho a enfrentarse a Humala lo ganó Keiko Fujimori, el avatar de su padre Alberto, autor de un autogolpe, depuesto a la fuerza y encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Hubo estupor entre los limeños, no así entre la población andina.
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El día de la votación, durante el desayuno de Ollanta Humala retransmitido por las televisoras, se habló casi en exclusiva de cómo Nadine Heredia, su mujer, le daba el pecho a su tercer hijo en plena campaña. Sonreía, edulcorado por la camisa celeste y los consejos de sus asesores brasileños. En la Lima congestionada y repleta de coches, los viajes en taxi de Miraflores al Cercado demoran 50 minutos en hora punta. Atrapado en la autovía, hay dos opciones: escuchar reggaeton o hablar con el chofer. Hasta que ganó Humala, ninguno reconoció preferirle. A partir del domingo 10, sacaron pecho.

Esa noche, más de la mitad de los peruanos se acostaba sin tener por quién votar en la segunda ronda de las elecciones presidenciales. La promesa de mejorar-las-cosas-siguiendo-las-reglas-de-juego no aguantó la división entre tres. Quedaban fuera de la contienda el expresidente Alejandro Toledo (“lo hizo bien, lo hará mejor”), su exministro Pedro Pablo Kuczynski (“PPKuy”) y, con una campaña tan desabrida como una cena sin pisco sour, el exalcalde de Lima, Luis Castañeda. A pocos días del final, ante la contundencia de las encuestas, Toledo, PPK y Castañeda apoyaron la posibilidad de defender la democracia con una candidatura única pero ninguno quiso sacrificarse. Así como el locro (ese amarillísimo plato de zapallo, papa amarilla y queso) ha sido desterrado del boom gastronómico peruano, la mesura democrática también ha sido exiliada de la vuelta electoral definitiva.

La premisa de un tour ciclista (atacar al líder) rigió la campaña y lo determinante será cuánto miedo pueden generar las cualidades negativas de cada candidato. Humala genera gran incertidumbre. Promete remover el sistema desde sus cimientos con la redacción de una nueva constitución, la misma estrategia que permitió a Hugo Chávez desbaratar los poderes públicos en la Venezuela de finales de los noventa. Ha asegurado que no tocará el modelo económico pero no ha desestimado la inclusión de la reelección indefinida en la nueva constitución, como ha hecho Chávez y como intentó Lula. Los peruanos optimistas confían en poder repetir el modelo brasileño. El año pasado, en Río de Janeiro, un empresario del sector de turismo me retrató a Lula así: “es como Chávez, pero nosotros no le dejamos hacer lo mismo”. Y en Sao Paulo, otro empresario del ramo informático me dijo: “Brasil es demasiado potente y avanza a pesar de Lula”.

El derecho a enfrentarse a Humala lo ganó Keiko Fujimori, el avatar de su padre Alberto, autor de un autogolpe, depuesto a la fuerza y encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Hubo estupor entre los limeños, no así entre la población andina. Humberto, un taxista, me explicó: “Fujimori es el único presidente que ha hecho cosas en la sierra. Fue a los pueblos, en todos hizo algo. El Perú profundo le votará. En donde nací construyó un pozo de agua y solo con eso es el mejor presidente que hemos tenido”.

Al tiempo que se cree posible maniatar al Humala presidente, se especula con que, si gana Keiko, Alan García indultará a Fujimori a cambio de que el nuevo gobierno haga la vista gorda a la corrupción del Apra. La posible revancha del fujimorismo aterroriza a quienes se involucraron en la persecución del expresidente y su asesor Vladimir Montesinos. Los detractores de Humala aseguran que no es posible liberarle pero Toledo se apresuró a apoyar a Humala y, en un café de Cusco, escuché a un hombre de edad madura, nostálgico de Velasco Alvarado, defender el nacionalismo y el aumento de impuestos para las empresas mineras que pregona Humala, mientras una mujer madura aguardó a que hiciera silencio para sentenciar que frenará el crecimiento económico.

Desorientado como un alérgico al lenguado en el comedor de Javier Wong, a quien se le atribuye hacer el mejor ceviche del mundo, al elector peruano le queda el recurso del voto castigo. Dos días después de los resultados, el periodista y escritor Fernando Ampuero comenzó una intervención pública en Lima con dos frases que había escuchado: “No ganaron los ignorantes, sino los ignorados” y “contra Humala tenemos dudas pero contra Fujimori tenemos pruebas”. Ante la pregunta de a quién votará, la respuesta más escuchada es “voy a viciar mi voto”.

Ya es tarde para la aparición de un outsider, pero si la democracia, más que la economía, sobrevive en el Perú, el consenso podría ir de la mano del éxito culinario. Porque qué une más al peruano que su gastronomía. Si el votante vuelve a inclinarse por aquel de quien menos atrocidades se digan, Gastón Acurio podría ser el siguiente presidente del Perú, si se presentara. Dueño de cuatro marcas de restaurantes con franquicias dispersas por medio mundo (Astrid y Gastón, Tanta, Panchita y Chicha), el chef-empresario parece ser conocido y respetado tanto por los humildes de Cusco como por la elite limeña. Cuando Acurio inaugure en El Callao la primera sucursal de una red de anticuchos a precio popular será un síntoma de que comienza a pensar en la política.

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