Sanmao, miradas cruzadas

Chen Ping, de origen taiwanés, vivió en El Aaiún y en Gran Canaria. Bajo el seudónimo de Sanmao escribió letras de canciones, el guion de una película y varios diarios que hicieron que millones de orientales conocieran mejor que nosotros el Sahara español.
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Cuando tras algunas vacilaciones Sanmao dejó España por Taiwán, mediados los años ochenta, los relatos que había escrito aquí y publicado allí se leían en Hong Kong, en Singapur, en la diáspora… Se imprimieron por fin en la República Popular China, se tradujeron al japonés y al coreano. Vendió al menos quince millones de libros. Daba conferencias multitudinarias que se grababan en casetes, la atosigaban por la calle. Escribió letras de canciones: la balada “El olivo” tuvo tal éxito que quien haya comido en un restaurante chino la puede haber escuchado. La editorial la llevó de viaje para que escribiese más. Su último trabajo fue el guion para la película Polvo rojo, que en 1990 recibió todos los premios del cine taiwanés, menos precisamente el de guion. Hay una imagen de su cara descompuesta y esa noche bebió demasiado. Por entonces escribió a una amiga de Canarias, en un español dubitativo, y le informó de que tenía cáncer. Quería decirle que seguían siendo amigas. El 4 de enero de 1991 se ahorcó en una habitación de hospital con una media de seda.

Chen Ping, que tuvo el nombre occidental de Echo Chen y el literario de Sanmao, había llegado a Madrid en 1967 para estudiar español y filosofía. Era una chica de veinticuatro años con el aspecto más moderno entonces posible. “Muy estilosa”, “una jipi”. De una familia ilustrada de Taiwán, originarios de China, sus padres querían alejarla de algunas tristezas y de cierta inclinación por hacerse daño. La República de China (Taiwán) tenía entonces embajada en España, el cocinero era amigo de su padre y vivía en el barrio de la Concepción. Los vecinos de arriba eran una familia de Andújar. Uno de los ocho hermanos, José María, el niño bonito, el más gracioso, José para Echo y He Xi para los millones de orientales que se conmovieron con él, tenía dieciséis años y se enamoró sin remedio.

Echo lo entretiene, pero no le da esperanzas. Él se juramenta, le ruega que lo espere seis años. Ella viaja por Europa y eeuu, se muda a Alemania, suma desamores, regresa a Taiwán y se promete con un profesor, que muere con las invitaciones en curso. En 1972 vuelve a España y se reencuentra con José, que ha terminado el servicio militar, lleva una barba poblada, es fuerte, de ojos profundos, masculino. Ama el mar y tiene un título de buzo profesional. Quiere llevarla a Grecia a navegar, con unos amigos. Es el plan de su vida. Ella haría un reportaje. Echo opone otro sueño: atravesar el desierto del Sahara, ser la primera mujer en hacerlo. Dice estar resuelta, aunque no nos consta ningún plan. Quién sabe si un destino no puede descubrirse en el azar de una evasiva.

José hace lo que a veces hacen los hombres. Sin decir nada, solicita y obtiene un trabajo en la empresa que explota el fosfato del Sahara español. “Te espero allí.” Ella rehúye el compromiso: “No habrá mucho tiempo para vernos, estaré viajando.” Pero le sigue. En abril de 1974 vuela a El Aaiún, donde José ha alquilado para ella una casa en las afueras. Él se queda en la costa. Seis veranos eran cumplidos. En octubre se casaron en el juzgado de la colonia. Acudieron caminando. Ella tenía 31 años y llevaba una pamela adornada con perejil. Con inspiración daliniana, él le había regalado un cráneo de camello encontrado en el desierto. Después de la tragedia fue lo único que se llevó con ella; y ahora está en una vitrina, en un museo de Taipéi.

Ese mes publicó en un periódico de Taiwán, por mediación de su padre, que la adoraba, “Restaurante chino en el desierto”, un relato que describía los primeros días de un matrimonio inverosímil en un lugar desconcertante a través del argumento convencional de una recién casada cocinando para su marido hambriento. El juego fue un éxito instantáneo y le pidieron que escribiese regularmente. Antes de un año se publicaba la primera colección de sus relatos, que se reimprimió tres veces en seis semanas

Reparemos en algo. En la primera historia que debió escribir, “Noche de miedo”, José no aparecía; Sanmao afectaba estar viajando sola. En la segunda contaba cómo acabaron juntos: “Aquello era una unión sencilla y profunda. Nunca lo había amado con locura, pero eso no impedía que me sintiese a gusto y feliz.” Unas palabras que la novelista anglo-singapurense Sharlene Teo encuentra hoy “refrescantes”. En la primera que publicó, al narrar cómo bromeaba y lo engañaba con un improvisado origen mágico de los fideos, se dejaba llevar: “A veces pienso que José es bobo, y me entristezco un poco”. Esto me interesa para fijar el primer rasgo de su escritura, que se produce de espaldas.

Lo que vino después sugiere que la pareja terminó justificando mejor su prestigio romántico en grado oriental supino. “Eran personas distintas en todo, pero tenían una misma alma.” Lo he leído y escuchado repetir. He Xi fue tan mítico, aún lo es, como un Don Juan monógamo o una Carmen sin doblez. Una fama que José nunca conoció ni imaginó.

Fueron de los últimos españoles en abandonar la colonia en el otoño de 1975. Española accidental ella –hay un dni que dice Echo Chen de Quero–, pues siempre le gustó que la llamaran extranjera. Se instalaron en Gran Canaria, donde José podía trabajar como ingeniero submarino. Compraron una casa en Playa del Hombre. Ella escribía sobre su vida en las islas con He Xi, o el paraíso; sobre sus vecinos, que nada sabían; sobre sus recuerdos. Hizo un viaje a Taiwán, donde ya era una celebridad. Escribió que anhelaba un hijo; recibió a sus padres. En sus relatos hay una elipsis, pero su lamento llegó al otro lado del mundo. En septiembre de 1979 José se ahogó durante una apnea en la isla de La Palma. Allí está enterrado y allí lo visitan hoy lectores que llegan de toda el Asia oriental. Dejan flores. Rezan.

De Sanmao poco se sabía fuera de Asia hasta que la editorial :Rata_ tuvo la idea de traducir los Diarios del Sahara, su libro más valioso, que aparecieron en español y en catalán en 2016. Siguieron los Diarios de Canarias y la miscelánea Diarios de ninguna parte. Algunos ecos llegaron al New York Times, que en 2019 le dedicó un tardío obituario en la serie “Overlooked no more”, mientras que Google celebraba su cumpleaños. Los Diarios del Sahara aparecieron ese año en italiano y uno más tarde en inglés.

No es evidente qué tipo de texto escribe, un libro de viajes, un diario, una serie de cartas… Uno no se espera un libro de viajes en los que los protagonistas sean el marido y los vecinos. Se parece a un diario porque es un libro escrito en privado, indescifrable para el mundo que habita, que lo lee póstumamente; pero para los orientales era una aventura abierta. Suscitó una vasta literatura epistolar entre los lectores: la correspondencia llegaba por millares cada año. Ya no es posible escribir así.

Sanmao no es idéntica a su autora; es extrovertida, intrépida, taumaturga… En sus historias se pasa de lo cómico a lo sobrenatural y de lo doméstico a lo increíble. Falta ternura, lo que le da un aire adolescente. Se acerca a dramas terribles, pero no en su lenguaje. El texto se anima por frecuentes cambios de tono, más que por otras destrezas, pero casi nunca es afectado. Más tarde, su quebranto personal tuvo un reflejo sobrio en lo que publicaba, aunque no en la mirada de sus lectores, mitómanos y soñadores.

Fascinaba porque era una mujer china y era libre. En 2019 se produjo el documental Sanmao: La novia del desierto de Marta Arribas y Ana Pérez de la Fuente, que es el mejor ensayo que conozco sobre ella. La película termina con una preciosa toma de unos vecinos de Playa del Hombre: “Viene una guagua llena de chinos… se pasan sentados en la esquina horas y horas, de rodillas, llorando. Yo no sé qué es esta chica en China, pero tiene que ser algo tremendo, porque yo he visto aquí cosas que… asombrada estoy.”

Millones de orientales pudieron conocer el Sahara español mejor que nosotros. Supieron que El Aaiún era un poblachón con cuatro calles, un cine maloliente, un hotel del Estado con arabescos y otro de putas pintado de rosa, que solo había una carretera que terminaba en un corte seco sobre el desierto, que no había playas, que los árabes nunca comían pescado, pero sí camellos, que la joroba era repugnante, que casaban a las niñas con hombres, que tenían esclavos.

Sanmao detallaba para sus lectores cuál era el precio del agua y de la leche, en dólares taiwaneses y en pesetas, el material de las pocas casas y la posición de la ventana; con ella se adentraron en una jaima y en una estación de raros baños, se asombraron del gusto por las mujeres gruesas, imaginaron el color de su ropa y su tremendo olor. Descubrieron con la sorpresa de la autora que había violencia y levantamientos, supieron o creyeron saber que una noche unos árabes acuchillaron a un escuadrón mientras dormía, pudieron figurarse a un sargento de la legión borracho, vejado, escupido por los niños. Incluso imaginaron con Sanmao que habían escuchado hablar a Basiri, caudillo oculto en el desierto, para leer después que fue delatado y muerto, y que por eso una joven fue condenada a sufrir una violación colectiva, antes de ser ejecutada en el matadero de camellos.

Supongo que no siempre la creyeron, e hicieron bien. Por ejemplo, Basiri había desaparecido años antes de su llegada. Aunque tal vez mezcle más que invente. Para muchos de sus seguidores todo aquello era un fondo exótico para su aventura. Quienes leían sus libros en Asia fijaban su atención en los protagonistas. La verdad importaba por lo que significaba para sus vidas. En la República Popular China a muchos les dijeron que He Xi no existió.

Cuatro meses después del suicidio, que fue portada en los informativos del continente, el periódico Noticias de la juventud de Pekín animó a los estudiantes de enseñanza media a debatir por escrito contraponiendo una frase sobre la generosidad de Jiao Yulu, héroe del Partido, y otra de Sanmao, un tópico sobre el amor propio. La mayoría hicieron lo que se esperaba de ellos, aunque un estudiante anónimo escribió: “Yulu era un buen hombre, pero para mi generación no es un modelo: hace que la vida parezca una faena de casa.”

((G. Barmé, “The Greying of Chinese Culture”, en China Review 13, 1992.))

Las historias del Sahara suceden en un punto de contacto entre dos lenguas globales y en el escenario de una tercera. Pero todo resulta periférico hasta que no se produce una lectura inglesa y moralmente ordenada. En lugar de sus aventuras, parece que sus últimos lectores desean apreciar sus momentos reflexivos. Un error que sirve para cargar contra ella. Han Zhang, redactor de The New Yorker, escribe un ensayo para justificarse por haber disfrutado de los Diarios cuando era adolescente. Ahora que los lee en inglés se siente “culpable” por no haberse dado cuenta de que Sanmao era “condescendiente, miope, carente de verdadera curiosidad”. Lo peor. No nos engañemos: se creía civilizada, en posición de ayudar, disfrutaba rompiendo reglas, escribía sobre los árabes para labrarse un personaje y para entretener al público. En blogs se sugiere que podría ser leída como un caso de “apropiación cultural” y he encontrado quien le atribuye un “internalizado complejo de salvadora blanca”. Su postrera sumisión a los “roles de género tradicionales” a nadie se le escapa. En un posfacio a su estupenda traducción, Mike Fu se obliga a escribir: “Hay bastantes ejemplos en los que sus juicios […] pueden parecen insensibles […] derogatorios o racistas […]. En lugar de expurgar o de anular estos momentos con una explicación, hemos decidido conservar la integridad de la obra, incluyendo sus elementos incómodos.”

Que se rinda tributo a la idiotez puede que solo sea un signo de nuestra mayor humanidad, que progresa no tanto descubriendo racistas como tolerando remilgos y artificios en seguimiento de una paz cada vez más segura. Pero una cosa es tolerar y otra que nos gobiernen. Hacen que la vida parezca una faena de casa.

Sanmao repara en una mujer de piel oscura que toca el tambor en una boda mientras los invitados bailan, le dicen que es una esclava. Es la primera noticia que tiene y que nos da, pero su cuidado está en la novia: nos participa de forma cierta el miedo de la niña. Le ofrece anticonceptivos. En otra historia conoce a una familia esclavizada y se decide a visitarlos. Le apenan, pero más aún se asombra de la forma natural en la que unos árabes hablan de apresar a gente extraviada en el confín del desierto. Principalmente se avergüenza de que los españoles finjan no saber que son esclavos quienes trabajan en las zanjas cuando pagan a sus amos.

Muchos colonos son zaheridos; sobre todo encuentra ridículas a las esposas. Tras hablar largamente con una prostituta, insinúa que es tonta y codiciosa. Cuando ve necesario explicar que no es “racista” es con referencia a los españoles. Con los árabes, como con todos, intenta hacer literatura. “Mis queridos vecinos” y “Los baños” son capítulos que pueden leerse, salvando las distancias, como episodios del estilo del Antropólogo inocente de Nigel Barley. Molestan a los lectores de conciencia, pero ese mismo tono se emplea con la familia de José en “Querida suegra” y más aún en “Nuestra vida en familia” (este en los Diarios de ninguna parte). No sé qué pensarán los árabes ni si eso les interesa a los verdaderamente curiosos, pero a quien sí he visto apreciar elementos incómodos es a una de sus cuñadas.

Lo que hace especial al texto de Sanmao es el triángulo de miradas, del que la traducción es parte. Su ambivalencia como diario es insoslayable. Se comprende cierta desazón por haberlo leído como cómplice y sentirse descubierto ahora que todos lo entendemos, pero el esquematismo moral pos-lo-que-fuere es insuficiente para la crítica. No es menos arbitrario que otras miradas sobrepuestas, como la de los jóvenes que leen allí sus sueños, ni más atractivo que la de las dictaduras que los vigilan.

Las historias tal como se cuentan, en la lengua en que sucedieron, me hacen apetecer una gran película de Almodóvar, su contemporáneo. Un melodrama sin política ni literatura, con personajes que son libres porque sí, a la vez extremos y vulgares. Porque nadie encontrará semejanzas, por citar un ilustre ejemplo sobre árabes e hispanos, con el país de las novelas de Goytisolo de aquellos mismos años, y sí con la periferia del que se descubría moderno de un día para otro. Me hacen pensar en José María Quero, un chico del Barrio de la Concepción, con pueblo, que hizo posible a Sanmao y su parte de un país nuevo. ~


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