Liza Klein es una joven hipersensible y ansiosa. Es también la adolescente soviética perfecta. Hija de la intelligentsia rusa, solo piensa en estudiar. Su especialidad son las matemáticas. Su obsesión con el estudio es una estrategia para ordenar y dar sentido a su mundo. “Solo sabéis huir. Él a la inmigración y tú a las matemáticas”, le reprocha su madre, que sin embargo no deja de exigirle a su hija que se ponga a estudiar. El él al que se refiere es su padre, disidente judío ruso que emigró a Estados Unidos y abandonó a la familia.
En el verano de 1980, en lugar de ir a Crimea como todos los años, Liza y su madre viajan a un pueblo insustancial en dirección a Smolensk, una ciudad casi en la frontera con Bielorrusia. Con el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, iniciado por Estados Unidos y apoyado por más de sesenta países como denuncia a la invasión soviética de Afganistán, la capital no parece un lugar muy seguro. En ese pequeño pueblo, que tiene el nombre de la familia de su madre, les espera David, un amigo de la madre. Pronto Liza descubre que el Estado lo considera un “parásito social” y por eso vive más allá del “kilómetro 100”: en la Unión Soviética, los exconvictos tenían prohibido vivir dentro de un radio de menos de cien kilómetros de Moscú y de las grandes capitales (el escritor ruso Maxim Ósipov utiliza esa referencia en su libro de relatos Kilómetro 101; vivía en Tarusa, justo al límite de esa prohibición: Ósipov no está obligado a vivir allí, pero su exilio interior gozaba de mayor simbolismo desde ese lugar). Liza pronto descubre, también, que el hecho de que el pueblo tenga el nombre del apellido de su madre no es una casualidad.
Liza es también la ciudadana soviética perfecta porque vive con miedo constante. En La educación soviética, la primera novela de Olga Medvedkova, la ansiedad colectiva y la individual son lo mismo. La joven protagonista es débil y catastrofista. “Podía ocurrir lo peor en cualquier momento. Asustarse de ese lo peor era la única actitud razonable. Había que pensar en sobrevivir, sin dejar de tener miedo, constantemente.” Es la actitud de Liza ante la vida, pero también una alegoría de una Unión Soviética, bajo Bréznev, paranoica y encerrada en sí misma. El aperturismo está descartado, a pesar del agotamiento ciudadano.
En el libro, una galería de artistas e intelectuales que se reúnen en torno al disidente David discute sobre el compromiso intelectual, la renuncia moral, la libertad creativa. Hay un artista borracho y depresivo que bebe como protesta contra un mundo que le parece feo. Hay un actor vanidoso y arribista. Hay un director de cine oficial, Temerkov, que se aprovecha del pillaje de David, que roba obras de arte de una mansión abandonada cercana y se las vende. Ambos personajes discuten constantemente. David “prefería morirse de hambre antes que ‘prostituirse en nombre del Pueblo’”. El director, Temerkov, cuestiona su pureza: “Todas las mañanas me enfrento a la vida. Puede que sea dura e imperfecta, pero hago cosas, ¡las llevo a cabo! ¡Del todo! Son mis proyectos y yo los encarno. […] ¿Acaso te crees que en tiempos de Iván el Terrible o de Pedro el Grande la vida de los artistas era más fácil?”
Es una obra profundamente política que, sin embargo, donde mejor funciona es en su retrato de una adolescencia confusa, los efectos del divorcio de los padres de la protagonista (él pusilánime y sentimental, ella manipuladora y dogmática: “Mi madre vive por mí, no necesito vivir porque ella vive por mí”), la creciente ira de la joven al ir descubriendo un pasado familiar que siempre se le había ocultado: sus antepasados, aristócratas judíos, lo perdieron todo en 1917 y 1941. Liza y David visitan varias veces la antigua mansión familiar, hoy abandonada. Parece una de las prisiones fantasiosas de los grabados de Piranesi. Pero de eso en la familia no se habla. Cuando un anciano del pueblo le cuenta a Liza que su abuelo fue asesinado en el Holocausto, le dice: “A los judíos los mataron sobre la marcha. Has tenido que aprenderlo en clase…” Y ella le responde: “No, no nos lo han enseñado nunca.” La verdadera educación soviética es el olvido y la memoria selectiva. Y la paranoia y el resentimiento, otros dos sentimientos que en esta novela son tanto individuales como colectivos.
Quizá el final es más melodramático de lo que hace falta, pero no empaña mucho una obra brillante y sutil. Sorprende que sea la primera novela de la autora, que hasta entonces solo había traducido a autores como Pushkin, escrito una obra de teatro y, sobre todo, investigado sobre arte y arquitectura (hay una importante cuestión sobre el patrimonio y el arte del Antiguo Régimen en el núcleo del libro) en el CNRS de Francia, país al que se mudó poco después de la disolución de la URSS. La educación soviética es una autobiografía oblicua, pero, sobre todo, es una novela elegante y misteriosa sobre la adolescencia en mitad del derrumbe de una civilización. ~