Fotografía: Shealah Craighead / Wikimedia Commons.

Si hay una nueva Guerra Fría, China ya ganó

Con sus medidas proteccionistas y sus declaraciones incendiarias, Trump está ayudando a consolidar la influencia china, incluso entre aliados históricos de Estados Unidos. La nueva hegemonía del país asiático anuncia un mundo muy distinto al que conocemos.
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Cuando mi celular empezaba a sonar antes de las nueve de la mañana era una señal infalible de que el día comenzaba con un problema importante. “Juan, te están buscando de la embajada china, les urge una cita para hoy mismo.” Era octubre de 2021 y yo trabajaba como director editorial del periódico Reforma. Pocas horas después de la llamada, me encontraba sentado en una sala del periódico, con la diplomática de mayor rango de la República Popular China en México. El embajador estaba en Pekín, pero me avisaron que estaría muy pendiente de los saldos de nuestra conversación.

“Usted debe saber, señor Pardinas, que Taiwán no es un país.” El dedo índice de la funcionaria apuntaba al techo del salón, como un signo de admiración que se alzaba para subrayar el énfasis de su lección. Su español era impecable, solo tenía el acento de alguien que tiene al idioma mandarín como su lengua madre. Su voz delataba la exasperación de quien se ve forzado a explicar lo que considera evidente: “Desde 1971, la onu estableció que solo hay una China y hoy ustedes publicaron una foto con la bandera de un país que no existe.”

El motivo del enojo diplomático era una nota y una foto en la página siete de la sección de “Negocios” del periódico. Nunca me había pasado que un texto con esa jerarquía editorial hubiera generado una reacción tan vehemente. Se trataba de una entrevista con el encargado de la Oficina de Economía y Cultura de Taipéi en México. En la foto aparecía el funcionario, acompañado por el sol blanco de la bandera que tanto irritaba a mi interlocutora.

La conversación fue surrealista y fascinante. El tono agrio de la charla se transformó cuando le comenté a la mujer que mi padre, Felipe Pardinas, estuvo a punto de ser designado como el primer embajador de México ante el gobierno de Pekín, una vez que se reanudaron las relaciones diplomáticas entre los dos países en 1972. Los astros burocráticos y las voluntades conyugales no se alinearon para que mi familia se mudara a la capital china, aun así mi papá se pasaba varias horas a la semana estudiando ideogramas chinos como un acto de devoción y cariño por la cultura milenaria de ese país.

El diálogo terminó con una tregua respetuosa entre dos personas que tienen claro que jamás se pondrán de acuerdo. Los editores del periódico Reforma seguiríamos publicando las fotos y notas que se consideraran relevantes para nuestros lectores y el cuerpo diplomático chino seguiría manifestando su indignación imperial ante una nota de Taiwán en páginas interiores. México es la decimotercera economía del mundo y está a catorce husos horarios de Pekín. El cuerpo diplomático chino en cualquier lugar del planeta tiene la orden de responder en modo de alerta roja a cualquier asunto relacionado con el gobierno de Taipéi.

El mundo al revés es una escultura del artista Mark Wallinger que se ubica en el campus de la London School of Economics(LSE). La inauguración de la obra en 2019 generó una intensa controversia cartográfica y geopolítica. La escultura es un globo terráqueo con el polo norte asentado sobre el piso y el sur apuntando al cielo. El motivo de la polémica no era que los continentes estuvieran “de cabeza”, sino que la isla de Taiwán aparecía de color rosa y China de amarillo. La diferencia cromática insinuaba una posible independencia de la isla frente a la tierra continental.

Estudiantes chinos registrados en la universidad protestaron porque se presentaba a Taiwán como una nación independiente, mientras que a los ojos de Pekín es solo una provincia rebelde. Cuando la universidad empezó a ceder a las presiones por repintar la escultura, los estudiantes de Taiwán hicieron una contraprotesta para frenar cualquier cambio a la obra. Con inspiración salomónica, la lse decidió agregar una placa a la obra de Wallinger con una aclaración de que los colores del mapa no implicaban un reconocimiento al estatus legal de territorios en disputa.

Mi conversación en el periódico con la diplomática china o la escultura en el campus de la lse me hicieron pensar en esa sofisticada red global de presión e influencia. Oficinas y equipos humanos con la misión profesional de espulgar los periódicos y obras de arte en busca de banderas y mapas de Taiwán. En caso de que los trabajos de periodismo o expresiones artísticas no se alineen con la visión de “una sola China”, este ejército de diplomáticos profesionales deberá hacer patente su exaltada molestia.

Esta estructura burocrático-diplomática, desplegada a lo largo de cinco continentes, es una señal inequívoca de una ambición imperial. Lejos de sus fronteras, en idiomas distintos a su lengua nacional, Pekín quiere incidir en los mensajes y símbolos que refieren al asunto más delicado en su narrativa geopolítica. Así como Felipe II decía que sobre su imperio jamás se ponía la luz del sol, las preocupaciones de China sobre su “provincia renegada” tampoco conocen la hora del atardecer. En su libro Autocracia S. A., la periodista y académica Anne Applebaum sostiene: “China no separa la propaganda, la censura, la diplomacia y los medios de comunicación […], sea dentro o fuera del país.”1

El Instituto Lowy mide el esfuerzo que hacen 66 países para fortalecer su presencia diplomática en el exterior. El Índice de Diplomacia Global demuestra que la presencia física y la interlocución cara a cara mantienen un peso determinante aún en un mundo hiperconectado. De acuerdo con este think tank, en 2019 China superó a Estados Unidos como la red diplomática más extensa del mundo. En la medición más reciente de 2024, China mantiene una ligera ventaja con 274 oficinas o dependencias de representación en el exterior.2 Esta nueva hegemonía se manifiesta en regiones que uno supondría muy lejanas de las zonas de preocupación de Pekín. Como, por ejemplo, unas pequeñas islas-nación en el mar Caribe.

Estados Unidos tiene una embajada itinerante, con sede en Barbados, que cubre siete países. China tiene cuatro embajadas distintas para cubrir el mismo archipiélago y la razón por la que no tiene presencia en las otras tres islas es porque estos gobiernos mantienen vínculos diplomáticos con Taiwán. Un miembro del servicio diplomático estadounidense, que trabajó en esa región, me comentó off the record: “Nosotros visitábamos a las autoridades de estas islas y lo único que les podíamos ofrecer era una invitación a la fiesta nacional del 4 de julio. En contraste, los chinos llegaban a ofrecer créditos y proyectos de infraestructura.” Barbados está a 2 mil 590 kilómetros de distancia de Miami y a más de 15 mil de Shanghái.

Las islas de Antigua y Barbuda tienen una extensión menor al territorio sumado de las alcaldías de Tlalpan y Milpa Alta en la Ciudad de México. Su población total cabe sentada en el Estadio Azteca. En los últimos veinte años, China ha invertido cerca de mil millones de dólares3 en estas islas para construir un aeropuerto, un hospital, modernizar un puerto de carga, una planta de energía solar y un estadio de críquet. Mientras eso sucedía, Estados Unidos ofrecía hot dogs y cerveza en su Día de la Independencia.

Esta rivalidad por la hegemonía global es una disputa dispareja. Ni los contribuyentes estadounidenses ni sus representantes en el Congreso permitirían que el gobierno usara el dinero de sus impuestos para invertir en proyectos de infraestructura en el extranjero con una rentabilidad incierta. Un sistema político autoritario, sin contrapesos visibles y bajo nivel de rendición de cuentas, puede tomar decisiones mucho más ágiles y arriesgadas, sin enfrentar consecuencias electorales. La brecha de presencia e influencia, entre las dos potencias globales, se hizo aún más grande con la desaparición de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), al inicio del segundo mandato de Donald Trump. En 2023, USAID apenas representaba el 1.2% del gasto total del presupuesto federal estadounidense.4

El peso de la influencia económica de China en el mundo se hace sentir con tres instrumentos distintos: 1) proyectos de infraestructura, 2) créditos y 3) acuerdos comerciales. Entre 2000 y 2020, el intercambio comercial entre China y América Latina se multiplicó por un factor de 26. A principios del siglo XXI, Estados Unidos era el principal socio comercial de la región. Hoy China es el principal socio comercial de Bolivia, Brasil, Chile, Perú y, hasta enero de 2026, también Venezuela.

Varios de los proyectos con mayor impacto en la región se han financiado con capital chino: el estadio de futbol de Costa Rica, la biblioteca más grande de Centroamérica en San Salvador o una central hidroeléctrica en Argentina. En Perú, en 2024, Xi Jinping inauguró el puerto de Chancay con una inversión de 3 mil 500 millones de dólares, un nodo de conectividad logística para varios países sudamericanos. No hay un afán de filantropía en esta agenda. Cada proyecto tiene como prioridad el interés nacional chino en su diseño y ejecución. Sin embargo, en muchos de estos casos, el país “cliente” tiene acceso a financiamiento y desarrollos de infraestructura que serían imposibles de obtener sin el apoyo de Pekín.

En abril de 2025, el presidente Donald Trump salió al jardín de la Casa Blanca para anunciar la imposición de tarifas arancelarias a países de todo el mundo, entre ellos algunas naciones africanas que se cuentan entre las más pobres de la Tierra. Un ejemplo de esto es Malaui donde el 70% de la población vive con menos de 2.15 dólares diarios.5 Durante todo 2024, Malaui exportó menos de 40 millones de dólares a Estados Unidos. Para poner esta cifra en contexto, México exporta esa cantidad a Estados Unidos en menos de una hora. A las microscópicas exportaciones de Malaui, Trump les recetó tarifas de 18% durante aquel ominoso “Día de la Liberación”. La mayoría de estos aranceles a países africanos entraron en una pausa decretada por la Casa Blanca, pero China no perdió el tiempo para aumentar su acercamiento e influencia en esa región del mundo.

Dos meses después, en junio de 2025, el gobierno chino anunció que aplicaría una política de cero aranceles para todos los productos exportados por los 53 países africanos con los que mantiene relaciones diplomáticas. La mayor parte de las exportaciones de África a China son minerales e hidrocarburos, pero el gigante asiático se comprometió a impulsar la importación de manufacturas y productos agrícolas con valor agregado.

Mientras Trump se ha convertido en el adalid del nacionalismo económico, Pekín se presenta al mundo como la nueva fuerza de la globalización. En el anuncio la política de cero aranceles para el continente africano, Wang Yi, ministro de Relaciones Exteriores de China, dio un discurso que es reflejo de un cambio de época y del nuevo orden internacional:

China y África están del lado correcto de la historia […], China es el amigo y socio más confiable de las naciones africanas […]. La globalización económica es el único camino viable para el progreso humano […]. China y África deben […] oponerse conjuntamente a todas las formas de unilateralismo y proteccionismo y salvaguardar el sistema multilateral de la Organización Mundial del Comercio.6

La globalización no ha muerto, solo que ahora se pronuncia en suajili y mandarín. La revista británica The Economist sostiene que, para el jefe de Estado Xi Jinping, “el remedio para la inestabilidad trumpiana es un orden alternativo que atraiga al resto del mundo hacia la órbita de China”. Como el hambre y las ganas de comer, el expansionismo chino se ha encontrado con el nuevo aislacionismo estadounidense.

Narendra Modi, el primer ministro de la India, no había viajado a China en siete años. La relación binacional se había tensado por un conflicto en la frontera de los Himalayas en 2020. Pocos días después de que Donald Trump anunció tarifas extraordinarias contra la India, Modi tomó un avión a Tianjin para su primera visita a China desde 2018. En la reunión bilateral entre jefes de Estado, las dos naciones más pobladas del mundo reabrieron su agenda de cooperación. “El dragón y el elefante deben estar unidos”, dijo Xi Jinping en su mensaje de bienvenida.

Algo semejante ocurrió con Canadá. Durante nueve años, los gobiernos de Canadá y China no tuvieron ninguna reunión de alto nivel. Disputas comerciales, acusaciones de espionaje y señalamientos de que China intentó interferir en los procesos electorales canadienses marcaron un congelamiento de las relaciones diplomática entre Ottawa y Pekín. Sin embargo, las amenazas de Trump de que Canadá sería el estado 51 de la Unión Americana y la imposición de nuevos aranceles fueron un catalizador definitivo para restablecer el diálogo. El primer ministro Mark Carney viajó en enero de 2026 a China, donde ambos gobiernos acordaron permitir la importación de 49 mil coches eléctricos chinos con un arancel de 6.1%, cuando la tasa anterior era de 100%. Por su parte, China se comprometió a importar más productos agrícolas de Canadá.

La nueva hegemonía china no solo es palpable en el ámbito geopolítico y comercial, sino también en su capacidad de innovación. El Critical Technology Tracker7 es una medición global para dar seguimiento a la capacidad de empresas, universidades y laboratorios nacionales para innovar en 64 tecnologías críticas como: defensa, energía, medio ambiente, inteligencia artificial (IA), biotecnología, robótica, ciberseguridad y materiales avanzados. Estados Unidos lideró en 60 de 64 tecnologías durante el periodo 2003-2007, pero para 2023 ya solo lidera en siete rubros. Hace dos décadas, China era líder en tres tecnologías distintas, pero en la medición más reciente encabeza la innovación en 57 de 64 áreas de tecnologías disruptivas. De forma inexplicable, ante este rezago, Donald Trump decidió cortar apoyos del gobierno federal para impulsar la producción científica en universidades y laboratorios de investigación.

En su libro Destined for war, Graham Allison narra que la guerra del Peloponeso se volvió inevitable con el ascenso de Atenas y el miedo que esto provocó en Esparta. El autor define el riesgo de una confrontación bélica entre una potencia menguante y una emergente como la “trampa de Tucídides”, en honor del historiador griego. Allison estudió dieciséis casos históricos de este fenómeno en los últimos quinientos años y encontró que, en doce de ellos, el resultado fue la guerra. El libro no sostiene una visión apocalíptica de una confrontación bélica inevitable entre Estados Unidos y China, pero reconoce que se deben tomar precauciones extremas para evitar que las chispas se conviertan en un incendio de escala planetaria.

Las acciones y bravuconadas de Donald Trump en su segundo periodo presidencial parecen reacciones apresuradas al desafío de China por la hegemonía global. Los excesos de cortesía y paciencia hacia Vladímir Putin se pueden interpretar como un esfuerzo frustrado por sacar a Rusia de la órbita de influencia de Pekín. El periódico New York Post acuñó, para uno de sus encabezados jocosos, la expresión “Doctrina Donroe”, con lo cual atinó conceptualmente a definir la reedición de la Doctrina Monroe de “América para los americanos”. Hace doscientos años, cuando el presidente James Monroe promulgó su versión original, este era un mensaje para frenar a las potencias europeas de involucrarse en asuntos de América Latina. En la reedición de Trump de esta doctrina, China es el nuevo destinatario del mensaje. Cuando el secretario de Estado Marco Rubio explicó las razones de la operación Absolute Resolve –que logró la captura y arresto del dictador Nicolás Maduro–, en varias ocasiones mencionó que las razones geopolíticas de la incursión eran evitar que petróleo venezolano se vendiera a China.

Mientras escribo estas líneas, la prensa internacional comenta que ahora son Gran Bretaña y Corea del Sur quienes buscan fortalecer sus lazos con Pekín. Con su fervor por las tarifas y su gusto perverso por las amenazas, Donald Trump se está encargando de expandir la influencia china, aun entre los aliados históricos de Estados Unidos. Azuzar a los demonios de la polarización política al interior de la Unión Americana es un pesado lastre adicional para preservar esta mermada supremacía.

En las últimas décadas, el crecimiento económico de China, su impulso al comercio y la propiedad privada lograron sacar de la pobreza a cerca de 800 millones de personas. Esta es una de las grandes hazañas de la humanidad y muchos países del mundo quisieran poder contar una historia semejante. El desarrollo de energías renovables y la producción de celdas solares en China es una de las mejores apuestas del planeta para enfrentar la amenaza del cambio climático. Una nueva potencia mundial no debería escandalizarse por la fotografía en un periódico mexicano con la bandera de Taiwán o una escultura donde se pinta a esta isla de un color distinto al de China. Estas sobrerreacciones parecen más una señal de fragilidad autoritaria que de fortaleza hegemónica.

Es imposible conocer los saldos y conclusiones de un terremoto, cuando la tierra aún se está agitando debajo de nuestros pies. Las placas tectónicas que dieron estabilidad al orden global se están reacomodando mientras usted lee estas líneas. La única certeza posible y responsable es afirmar que el mundo y el futuro serán lugares distintos a los que hemos conocido. ~

Este artículo se basa en la Conferencia Poynter presentada en la Universidad de Yale en noviembre de 2025.

  1. Anne Applebaum, Autocracia S. A. Los dictadores que quieren gobernar el mundo, traducción de Rosa Pérez Pérez, Debate, 2024.
    ↩︎
  2.  Lowy Institute (2024), Global Diplomacy Index: Key finding, disponible enwww.globaldiplomacyindex.lowyinstitute.org.
    ↩︎
  3. Elesha George (20 de diciembre de 2022), Chinese Embassy presents a new opportunity for diplomatic relations in the Eastern Caribbean, Island Press Box, disponible en www.islandpressbox.com.
    ↩︎
  4. Drew DeSilver (6 de febrero de 2025), What the data says about U.S. foreign aid, Pew Research Center, disponible en www.pewresearch.com.
    ↩︎
  5. World Bank (2024), Malawi poverty and equity brief: October 2024, World Bank Group, disponible en www.worldbank.org.
    ↩︎
  6.  Wang Yi (11 de junio de 2025), Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China, disponible en www.fmprc.gov.cn.
    ↩︎
  7. Jennifer Wong Leung, Stephan Robin y Danielle Cave (2024), aspi’s two-decade Critical Technology Tracker: The rewards of long-term research investment, Australian Strategic Policy Institute, disponible en www.aspi.org.au. ↩︎


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