Spinoza: razón y libertad

El filósofo judío Baruch Spinoza, símbolo de la libertad de pensamiento, la razón y la tolerancia, es la figura que vertebra Spinoza en el Parque México. La biografía intelectual de Krauze, basada en conversaciones con José María Lassalle y publicada por Tusquets, llega a las librerías este mes.
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¿Cuáles fueron los motivos de la batalla personal e intelectual de Spinoza?

Con los instrumentos de la filosofía cartesiana de su tiempo y sus vastos conocimientos de la filosofía clásica, emprendió su rebelión filosófico-teológica. Pero esa rebelión fue, ante todo, contra su propia tradición. Fue su primer acto de libertad. Según entiendo, algunos conceptos heterodoxos de Spinoza están ya apuntados en algunos teólogos judíos medievales. Por eso según Harry Wolfson (notable especialista en la filosofía del medievo y gran autoridad en la filosofía spinoziana), lo nuevo en Spinoza, su ruptura filosófica, está menos en su invención que en su atrevimiento. Usa esa palabra: daring, osadía. Spinoza está en el gozne, quizás es el gozne, de la historia intelectual de Occidente.

Sé que son temas intrincados, pero ¿puedes resumirme su “atrevimiento”?

No solo temas intrincados sino dificilísimos, y por supuesto me rebasan. Dice Wolfson –usando una imagen del propio filósofo– que el hombre se creía “un imperio dentro de un imperio (la naturaleza)” y que Dios era algo así como un imperio superior a ambos. Pues bien, Spinoza invirtió por completo esa geometría: colocó al hombre bajo la regla suprema de la naturaleza y a esa naturaleza le llamó Dios. Dios es la naturaleza homogénea, infinita, cuyos únicos atributos conocidos por el hombre son la extensión y el pensamiento. (Puede haber muchos más, que no nos es dado conocer.) En la naturaleza no hay tal cosa como la separación entre el alma y el cuerpo. Ambos son uno. La naturaleza (o sea, el Dios de Spinoza) no tiene propósitos, por lo tanto sus leyes son uniformes e inamovibles y lo único que nos queda a los hombres (nuestro único resquicio de libertad) es tratar de desentrañarla, de comprenderla, mediante la razón. Es inútil encomendarse a Dios. Al estudiar la naturaleza cumplimos con nuestro designio, que Spinoza define como “la perseverancia de todo lo vivo en su propio ser”. Estas ideas subversivas, expresadas con conceptos medievales, fueron revolucionarias. Spinoza niega a las tres religiones monoteístas porque niega la personalidad de Dios, es decir, la existencia de cierta relación recíproca entre la conducta del hombre hacia Dios y la conducta de Dios hacia el hombre, ambas expresadas en términos de amor mutuo.

Lo cual supone negar que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios.

Ese fue su “atrevimiento”. Como te dije, algunos teólogos medievales criticaron ciertos antropomorfismos del texto bíblico, apuntaron sus inconsistencias y hasta pusieron en duda los milagros y las profecías, pero todos –dice Wolfson– concebían a Dios como el creador, el gobernante supremo, el legislador. Él es bueno y receptivo a las necesidades del hombre. Él prescribe cómo deben actuar los hombres. Él premia y castiga. Él ama a los hombres y espera que los hombres lo amen. Spinoza niega todo ello.

Un Dios impersonal, helado, indiferente, una máquina eterna. Y el hombre solo, desamparado.

A mí me parece aterrador. Pero los spinozistas no parecen inmutarse. Mi abuelo Saúl era uno de ellos. Cuando conversábamos en el Parque México, me decía: “Yo creo que Dios es la naturaleza. Moriré pronto, y volveré a Dios, volveré a la naturaleza. Seré esas flores, estos árboles, esas nubes.”

No por casualidad muchos consideran a Spinoza un ateo, el gran ateo.

A Spinoza lo ofendía ese cargo, y lo refutó en sus cartas. En una conversación sobre Spinoza, Borges me recordó la extrañeza de considerarlo ateo. Novalis lo había llamado “un intoxicado de Dios”. Heine decía que nadie se había expresado más sublimemente sobre la divinidad que Spinoza: “podría decirse que, en vez de negar a Dios, negaba al hombre”. Wolfson va más allá y recuerda que Spinoza se consideraba como el continuador de los pensadores religiosos del pasado. Eso en cuanto a la idea de Dios. Y bueno, está toda la inmensa bibliografía, casi inaccesible para mí, que relaciona a Spinoza con la idea neoplatónica del Uno, lo cual nos lleva a su relación con la Cábala. Pero más allá de los aspectos teológicos de su obra (que después de todo no deja de postular una metafísica), está la vertiente moral dedicada a las pasiones humanas en la Ética, en las cartas. Ahí algunos han encontrado una compatibilidad entre la ética del Nuevo Testamento y la suya. Wolfson, por ejemplo, sostiene que en su actitud moral Spinoza terminó por estar muy cerca del cristianismo, mucho más que de los teólogos judíos.

¿Tú así lo crees?

Creo que sí, pero obviamente del cristianismo original. Hay una carta significativa que dirige a un antiguo discípulo que había adoptado en Roma la fe católica y lo llamaba a abandonar su filosofía diabólica y a reconocer la autoridad de la Iglesia católica:

…Tenéis que admitir que la santidad de la vida no pertenece exclusivamente a la Iglesia Romana: es común a todos los hombres. Y puesto que debido a esto sabemos (por citar al apóstol Juan, Epístola I, cap. IV, vers. 13) que “estamos en Dios y que Dios reside en nosotros”, todo lo que distingue a la Iglesia Romana de las demás iglesias es perfectamente superfluo y no se fundamenta más que en la superstición. El único y más cierto signo de la verdadera fe católica y de la verdadera posesión del Espíritu Santo es pues, como lo he dicho con Juan, la justicia y la caridad: allí donde se encuentren, Cristo está realmente presente; allí donde faltan, falta también Cristo. Ya que no podemos ser llevados al amor de la justicia y la caridad más que por el espíritu de Cristo. Si hubierais querido examinar bien todo esto, no estaríais perdido…

Una persuasión cristiana.

Una persuasión de humildad, una persuasión de común humanidad, porque los ideales de caridad y justicia son universales.

¿Cómo comparas el espíritu de la Ética con el Tractatus?

Esa es una cuestión de fondo. Creo que hay spinozistas metafísicos de la Ética y spinozistas políticos del Tractatus. De la tensión de Spinoza con la fe y la ortodoxia, no solo judía sino cristiana, nació su nueva invención de Dios. Es decir, la Ética. Pero la defensa radical de la libertad de creencia, pensamiento y expresión y su derivación a la tolerancia en el Tractatus theologico-politicus tuvo otros orígenes, no teológicos sino intelectuales y políticos, orígenes que no solo atañen a su querella con el judaísmo. Y es que, antes y después de vivir en la judería de Holanda, Spinoza vivía en Holanda. Y no fue un espectador pasivo. Para mí está claro que el contexto político holandés, lleno de odio teológico-político, incidió decisivamente en Spinoza. De ahí nació el Spinoza liberal. A su propia guerra contra la ortodoxia judía (o, más bien, a la guerra de la ortodoxia judía en contra suya) Spinoza tuvo que sumar las guerras de religión en Holanda que lo afectaron de modo directo porque asesinaron a sus aliados políticos liberales y republicanos. A esas tensiones se debió que Spinoza interrumpiera en 1665 la redacción de su Ética para concentrarse en un libro urgente: el Tractatus theologico-politicus.

Y en sus años finales escribía su Tratado político, que me ha interesado mucho. Lo dejó inconcluso…

…pero prueba que la desembocadura natural de su pensamiento es la polis. Creo que la política es el lugar donde Spinoza ve la concreción de sus especulaciones. No en la soledad del pensador moral sino entre los demás humanos. Siempre estuvo convencido de que la razón –que desbarata a las pasiones, las desarma– es el vínculo humano, no solo entre persona y persona sino entre la persona y la verdad, la verdad y la naturaleza. Muchos de los autores que he consultado a lo largo de estas décadas consideran que el Tratado teológico-político y el Tratado político son obras tan fundamentales como la Ética. Y vinculadas entre sí. En otras palabras, la propia filosofía de Spinoza presupone el uso activo de la razón, la responsabilidad cívica de vivir con armonía en sociedad, y sobre todo la defensa activa de la libertad, no solo la contemplación del “infinito mapa de Aquel que es todas Sus estrellas”, como escribió de él Borges, en un famoso poema.

No me queda claro el vínculo. En la Ética, Spinoza lleva el determinismo a un extremo.

En la Ética, Spinoza interpreta el misterio del universo bajo la forma de una relojería natural. Una relojería que, si bien nunca podía ser plenamente desentrañada por la razón, esta podía hacer avances liberadores. De hecho, el solo estudio de la naturaleza –el “amor intelectual a Dios”– permitía encontrar una alegría, una energía, un método para persistir, para seguir viviendo con paz interna y armonía. En la Ética, la libertad reside en la comprensión “clara y distinta” de las determinaciones que nos condicionan y que conducen a la paradoja de querer ser libres y no poderlo ser nunca del todo. Spinoza analiza las pasiones humanas no para lamentarlas o castigarse por ellas (como en la tradición judía o cristiana) sino para entenderlas como parte de la naturaleza y de ese modo liberarnos de ellas. Así estudia el odio, la envidia, la soberbia, etcétera. Freud no buscaba otra cosa en el psicoanálisis: bajar al fondo oscuro de las pasiones, al ello, para liberar a la persona, al yo.

¿No percibes una contradicción entre ese concepto de libertad que está en la Ética y las acepciones de la libertad en el Tratado teológico-político y el Tratado político?

Esa es la tesis del primer libro de Leszek Kołakowski: Los dos ojos de Spinoza. Según Kołakowski, ambas miradas son incompatibles. Para mí, dicho en términos sencillos, prácticos, ambos ojos ven una parte de la realidad y postulan conceptos complementarios de la libertad. O, mejor dicho, ambos ojos convergen: uno llega a la libertad por la razón, otro postula la radical libertad de conciencia. La cuarta y quinta partes de la Ética (en sus demostraciones y escolios) ayudan a definir, analizar y entender las pasiones en sus componentes esenciales, como fenómenos naturales, y de ese modo nos libera. En cambio los tratados son obras de batalla en las cuales late el concepto de libertad que usamos tú y yo cotidianamente. Libertad como esa parte del ser o esa actitud de la voluntad que se resiste a ser obstruida, dominada, vigilada, controlada… En la Ética se llega a la libertad por la vía de la comprensión. Pero en el Tratado teológico-político y en el Tratado político postula repetidamente el respeto a la libertad de pensamiento y, en consecuencia, el respeto a la libertad de expresión. Nadie, antes que él, había llegado a ese concepto de libertad y tolerancia. La vigencia de Spinoza en nuestra época, que varios autores han subrayado, está precisamente en su concepto de libertad que deriva de manera natural en la tolerancia.

Quizás en los tiempos que corren esa libertad paradójica o dual que atribuyes a Spinoza frente a Locke puede ser más útil. Sus dos ojos son necesarios.

Yo creo que sí. Digamos para resumir que la Ética apela a la razón que entiende las determinaciones y los tratados apelan a la libertad tal como la entendemos en el lenguaje comúnSi el mayor peligro de hoy es la irracionalidad colectiva, ¿qué arma tenemos, si no la razón, para defender la libertad? Su obra y su vida son ejemplos de tolerancia. Y, por si fuera poco, en la parte final de su tratado hace una defensa de la democracia. Basta cambiar la palabra “multitud” por “ciudadano”:

Concluimos, pues, que la multitud bajo el rey puede conservar una libertad suficientemente amplia, con tal que logre que la potencia del rey esté determinada por la sola potencia de la multitud misma, y se conserve por el apoyo de la multitud misma. Y esta ha sido la única regla que he conseguido al establecer los fundamentos del Estado monárquico.

Hay muchas razones para seguir leyendo a Spinoza, el mayor heterodoxo, el judío no judío.

Ayuda a vivir, a perseverar. Spinoza es un bálsamo para ver el teatro del mundo con serenidad, sin alarmas inútiles ni entusiasmos excesivos. Spinoza es un crítico de la religión revelada, pero entiende que es una fuente irreemplazable de paz y consuelo para la mayoría de las personas y un acervo de enseñanzas morales. Spinoza abreva del estoicismo, pero es más alegre. Spinoza abreva del epicureísmo, pero es más templado. Tiene una marcada simpatía por el amor cristiano, pero ve con la naturalidad del Cantar de los Cantares el amor erótico. Fincado en la razón, y solo en ella, serenamente se apartó de la ortodoxia, de la tribu, de la identidad exclusiva y excluyente, y divinizando la naturaleza colonizó él solo (por así decirlo) el territorio de la razón libre y tolerante. Me gusta imaginar a mi abuelo, muy joven, sentado en la biblioteca pública de Varsovia que frecuentaba, leyendo la Ética, sintiéndose uno con la naturaleza, dueño de su razón, liberado de pasiones y fanatismos. Esa lectura, como la de tantos contemporáneos suyos, era el reverso de aquella remota excomunión, era una comunión universal. Me gusta pensar que don Saúl escogió al héroe correcto. ~

Fragmento de Spinoza en el Parque México, que saldrá a luz en la segunda mitad de septiembre.

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