Eternidad fugitiva

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La mayoría de las grandes exposiciones son sólo eso: grandes. Es decir: mucho de una cosa. Kilómetros de impresionismo francés, del siglo XIX español, de surrealismo latinoamericano. Al final, sin importar el asunto, uno termina aturdido; incapaz de recordar ya no digamos el nombre del espléndido pintor belga que dejó tres mil cuadros atrás, sino el propio. Las mejores exposiciones son breves —el museo ideal tiene una sola obra—, con sus raras excepciones. Eternidad fugitiva es en más de un sentido una de ellas.
     No puedo decir que la muestra pase como agua —sería hablar mal en primer lugar de las obras ahí expuestas. De hecho, es exigente (recomiendo asistir el día que disponga de por lo menos cuatro horas libres), larga, cargada, pero nunca apabullante. Esto se debe en gran medida a la manera en que el material se presenta: hablamos de más de cuatrocientas fotografías provenientes de las dos colecciones que conforman el acervo de la Fundación Televisa. Sin embargo, la división del conjunto en ocho equilibrados núcleos temáticos hace de lo que podría ser sólo una exposición grande una gran exposición. Porque los fotógrafos son de por sí enormes. Diga usted un nombre: Nadar, Agust Sander, Albert Renger-Patzsch, Eugène Atget, Alfred Stieglitz, Henri Cartier-Bresson, Hippolyte Bayard, Tina Modotti, Robert Capa, Kati Horna, Ansel Adams… Pero no basta con colgarlos en la pared, como en todo. O quizá más por tratarse de fotografías: estamos demasiado acostumbrados a verlas por doquier (mucho se hablado ya de eso: de su accesibilidad, de su honestidad funcional). Aquí hay sin embargo una luz particular sobre las obras, los momentos, las distintas maneras de ver. Esto tampoco es una casualidad. Más allá del estupendo trabajo de curaduría, debe saberse que las maravillas que conforman la colección original —desde las albúminas y los daguerrotipos hasta las fotografías de la primera mitad del siglo XX— fueron reunidas a lo largo de varios años por Manuel Álvarez Bravo.
     Todas las colecciones de arte tienen su chiste, incluso las que sólo revelan el mal gusto de su dueño. Pero la que tenemos aquí es quizá, en su rubro, la más refinada y completa que existe.

Cuenta la leyenda que Emilio Azcárraga Milmo quería fundar un museo de fotografía; invitó entonces a Álvarez Bravo a formar la colección permanente. En 1980 el fotógrafo realizó el primero de una serie de viajes en los cuales reuniría casi 2,500 piezas. Nunca hubo tal museo, pero sí esta colección que lo peor que podría decirse de ella es que tiene una inherente cualidad museística. Vaya defecto: no hay caprichos ni huecos, sino una lógica que no es la del connoisseur, sino la del que hace (y por eso sabe). Es interesante observar por ejemplo el énfasis que la colección pone en la fotografía primitiva. La que primero se descubre a sí misma y, luego, al mundo: intentos todavía imperfectos, y por lo mismo encantadores, de apropiación tanto del medio —a caballo entre la ciencia y el arte— como de lo fotografiado. Es probable que un coleccionista movido por otra clase de intereses hubiera pasado de largo ante una serie de fotografías en apariencia menores, como por ejemplo las agrupadas en la sección “Ruinas”: distintos hallazgos arqueológicos (Egipto, Yucatán, Pompeya) que reunidos logran un efecto deslumbrante que sólo Álvarez Bravo podía anticipar. Otra rareza de esta muestra es la sala “Selene”, en la que se exhiben las fotografías del fantástico libro de Nasmyth y Carpenter, de 1874, La Luna: Considerada como un planeta, un Mundo y un satélite.
     Cada una de las ocho salas del museo atiende un tema distinto, desde el paisaje hasta el cuerpo humano. Es así como la segunda colección se entremezcla con la primera. Y, por ejemplo, al lado de las magníficas fotografías de Robert Capa es posible ver unos más recientes testimonios de la guerra de Iraq. O, en el núcleo intitulado “Paisajes de la materia”, encabezado por Renger-Patzsch, aparecen algunos artistas más jóvenes que de algún modo recuperan el espíritu de la Nueva Objetividad. En algunas salas se pueden ver también algunos videos y ciertas obras realizadas ex profeso para la exposición.
     Eternidad fugitiva es una larga mañana frente a una extraordinaria colección de autor. –

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