De Guillermo Ramos Flamerich - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=45249388

Américo Martín: adiós, siglo XX

El reconocido abogado, político e intelectual venezolano será recordado, dentro y fuera de su país, como el último mohicano de un siglo XX preñado de tragedia pero, sobre todo, de maravilla y promesa.
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El 16 de febrero pasado murió Américo Martín (1938-2022), abogado, político e intelectual venezolano de reconocida trayectoria. Fue militante de la juventud de Acción Democrática (AD), partido protagonista de la más exitosa etapa histórica de Venezuela, y dentro de esta organización luchó contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, culminada en 1958 a consecuencia de una exitosa alianza cívico-militar. Martín fue también un destacadísimo dirigente estudiantil de la Universidad Central de Venezuela; en ese período se convirtió al marxismo leninismo y se hizo seguidor de la Revolución cubana. Fue expulsado de AD y en 1960 fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), el cual participó en la lucha armada contra los gobiernos legítimamente electos de los accióndemocratistas Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Martín se alzó en armas cuando comenzaba la única etapa de gobiernos civiles de Venezuela, feudo de los militares desde sus comienzos como república independiente.

Vivió en Cuba a mediados de los años sesenta y su rol de líder guerrillero se extendió por toda esa década hasta el llamado proceso de pacificación, llevado a cabo durante el gobierno socialcristiano de Rafael Caldera, a principios de los setenta. El MIR dejaría atrás la violencia armada y se integraría a la democracia por la vía parlamentaria; mientras tanto, Martín se separaría del partido para funda la Nueva Alternativa. Fue diputado durante el gobierno del socialcristiano Luis Herrera Campins (1978-1983) mientras seguía con su labor intelectual. No cabe duda de que formó parte de la especie de los políticos ilustrados, capaces de leer, escribir y luchar, al estilo, por cierto, de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Teodoro Petkoff, también exguerrillero, importante intelectual y demócrata liberal.

Luego del triunfo de Hugo Chávez en 1998, Martín se destacó como hábil componedor y hombre de diálogo, ya muy lejos de su pasado comunista. Tuvo un papel sobresaliente en la Coordinadora Democrática, instancia que aglutinó a partidos, movimientos y personalidades opuestas a la Revolución bolivariana. La Coordinadora Democrática estuvo al frente del Paro Cívico, iniciativa que involucró a la industria petrolera (2002-2003) y logró sentar al gobierno en la Mesa de Negociación y Acuerdos (2002-2003), con César Gaviria, entonces secretario general de la OEA, como mediador. Martín formó parte de esta mesa en calidad de vocero de la oposición democrática, y de inmediato su inteligencia y ojo político sobresalieron. Se logró el referendo revocatorio, mecanismo político constitucional, pero el electorado venezolano se inclinó por Hugo Chávez, primer gran artífice de la devastación actual de Venezuela. Martín seguiría su camino de opositor, fue dirigente del partido socialdemócrata Un Nuevo Tiempo y escribió profusamente para la prensa, especialmente para el diario Tal Cual , además de proseguir con su labor de pensar el acontecer político contemporáneo.

Podría parecer muy difícil que un hombre de izquierdas se atreviera a oponerse a ese gigantesco portaviones político que fue Hugo Chávez, quien tuvo en el puño a una parte mayoritaria de la sociedad que lo idolatraba y postuló una crítica al llamado neoliberalismo, afín a la adelantada por la izquierda continental. En los primeros años de la revolución, sobre todo a raíz del golpe de Estado del año 2002, Chávez gozaba de popularidad dentro de la izquierda internacional, mientras que la masa opositora fue tildada de derecha fascista.

Martín enfrentó con gallardía las invectivas ante los medios, con impecables razonamientos y pruebas en la mano, precisamente desde su postura centroizquierdista, desde la que dejaba muy clara la naturaleza militarista y autoritaria del bolivarianismo. Quien escribe estas líneas fue testigo, en un multitudinario evento opositor hace casi veinte años, de una de sus tantas agudezas en contra de la izquierda ciega de otros países, en particular la francesa. Palabras más, palabras menos, Martín dijo que los herederos de la izquierda que otrora armaba un escándalo por cualquier tontería del presidente Charles De Gaulle, exigían a la oposición venezolana soportar resignadamente las constantes provocaciones de Hugo Chávez.

Américo Martín escribió más de una docena de libros, entre ellos Marcuse y América: ¿Se aburguesa la clase obrera? (1969); El socialismo no es una religión (1979); Socialismo del siglo XXI. ¿Huida en el laberinto? (coautoría de Freddy Muñoz, 2007). Son de mucho interés sus textos sobre la dictadura de los Castro en Cuba: América y Fidel Castro (2001); La sucesión de Castro: una herida abierta (2006); y Huracán sobre el Caribe: de Fidel a Raúl (2013).  

Su postura radicalmente crítica sobre Cuba explica su prevención frente a Hugo Chávez, a despecho de una derecha ignorante, fanática y ruidosa que afirma que Martín siguió siendo comunista, y a despecho también de la izquierda totalitaria, partidaria de la Revolución bolivariana, muy dispuesta a calificarlo de traidor y vendido. Los dos tomos de sus memorias Ahora es cuando (2013) y La terrible década de los sesenta (2013) constituyen extraordinarios testimonios personales de un venezolano testigo y actor de las grandes luchas políticas del siglo XX, relativas a la democracia liberal, el comunismo y la emergencia de una izquierda democrática.

Américo Martín nunca llegó al poder y no sabemos cómo hubiese gobernado de ganar unas elecciones como candidato presidencial. Lo que sí sabemos con certeza es que murió pensando que el diálogo, la negociación, la reconciliación y el perdón son las vías para salir de la tragedia venezolana. ¿Pecaba de ingenuidad o, por el contrario, de un pragmatismo excesivo, capaz de dejar a un lado tantos crímenes y latrocinios en nombre de la causa mayor de instaurar una democracia? Cabe cualquiera de las dos opciones, pero igual merece nuestra admiración un hombre que rectificó sus graves equivocaciones políticas de juventud, se inclinó siempre por los poderes de la cultura y la inteligencia y siguió creyendo en Venezuela hasta el final, con la pasión denodada de toda mente verdaderamente racional que se respete.

Américo Martín es una figura que ha de ser recordada dentro y fuera de su país, último mohicano de un siglo XX preñado de tragedia pero, por sobre todo, de maravilla y promesa.

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