Enrique Florescano, historiador de la historia

Un recorrido por los aportes y la carrera del historiador mexicano, en ocasión del Premio Alfonso Reyes que le ha otorgado El Colegio de México.
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El Colegio de México acaba de tomar la decisión de otorgar el Premio Alfonso Reyes al historiador mexicano Enrique Florescano, nacido en Coscomatepec, Veracruz, en 1937, egresado del Colegio. La decisión me llena de alegría, porque Enrique fue mi maestro y mi jefe hace ya más de cuarenta años, y no he dejado de admirarlo y de enriquecerme con su obra y enseñanzas. Quisiera transmitir aquí algunas de las razones de mi entusiasmo.

Nunca ha dejado de sorprenderme su capacidad de trabajo. En aquel entonces al mismo tiempo dirigía el Departamento de Investigaciones Históricas del INAH y la revista Nexos. Sociedad, Ciencia, Literatura, en su brillante primera época, dirigía tesis y proyectos académicos, escribía artículos, libros y reseñas, daba clases, dictaba conferencias y presentaba ponencias, jugaba tenis por las mañanas, viajaba y vivía plenamente su vida personal y familiar, como lo pueden decir su esposa Alejandra, sus hijas Claudia y Valeria, y ahora sus nietas.

Así, con esta intensidad vital, continuó ampliando sus perspectivas, al abarcar la historia económica, climática, política, social, religiosa, cultural y de las conciencias, incluyendo todos los periodos históricos de México, prehispánico, novohispano e independiente, escribiendo estudios especializados, obras de síntesis, de divulgación y de reflexión. Esta capacidad e iniciativa tiene que ver con una característica personal, pero también con una voluntad y una decisión propias, algo así como el imperativo categórico de vivir la vida, cada momento de ella, con la mayor intensidad posible: el Carpe diem horaciano. Es notable, por ejemplo, que precisamente cuando tenía la gran carga de trabajo que implicaba ser director general del INAH, Florescano publicara su libro Memoria mexicana. Ensayo sobre la reconstrucción del pasado: Época prehispánica-1821 (Joaquín Mortiz, 1987), que abrió un nuevo ciclo suyo de estudios sobre la autoconciencia de las sociedades mexicanas a lo largo del tiempo. Memoria mexicana fue el inicio de una nueva fase de investigación, pero también la culminación de una trayectoria que lo fue preparando en los años anteriores.

Desde 1969, cuando publicó su tesis de doctorado Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1708-1810, Florescano se hizo presente en el campo, entonces relativamente nuevo, de la historia económica del periodo novohispano, del que fue uno de los más activos impulsores en México. Florescano buscó llegar tanto a los investigadores como a los estudiantes y al público culto en una serie de estudios en los que dio memorables panoramas sobre la historia agraria del virreinato, la historia económica y de los trabajadores, la historia del clima, la colonización del norte, la época de las reformas borbónicas y la configuración del espacio colonial, entre otros temas. Además editó fuentes novedosas (sobre crisis agrícolas, sobre los diezmos de Michoacán, descripciones económicas) y coordinó obras colectivas (sobre haciendas y plantaciones e historia económica latinoamericana, historias cartográficas, ilustradas y regionales) y colecciones de libros (de historia del comercio exterior, de historia de la salud; asesor de los beneméritos SepSetentas).

Sus intereses no se limitaron a la historia económica, y es significativo repasar los seminarios en los que Florescano organizó a los investigadores del Departamento de Investigaciones Históricas del INAH: Seminario de Historia Urbana (coordinado por Alejandra Moreno Toscano), de Historia Económica y Social del Siglo XIX (Ciro Flammarion Santana Cardoso), de Historia de las Mentalidades (Solange Alberro y Serge Gruzinski), de la Cultura Nacional (Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco), de Historia Oral (Alicia Oliveira) y de Historia de la Agricultura (el propio Florescano), entre otros. Estos maestros debían cumplir la función adicional de formar a los jóvenes investigadores –antropólogos, economistas, sociólogos, no solo historiadores– que Florescano contrató y en los que depositó su confianza.

Su propósito al escribir es dar la información más amplia e informada de los temas tratados. Florescano se transformó en un difusor de las investigaciones históricas realizadas por investigadores mexicanos y extranjeros, pero nunca entrega síntesis inertes, sino ensayos interpretativos en los que busca dar una visión en positivo de las cosas. Recuerdo haberlo visto, con su faz concentrada en un congreso, rebatir la ponencia aparentemente inocua de un profesor norteamericano. Implacable (su ceja levantada se volvió legendaria), preciso y generoso en la crítica, Florescano ha seguido siendo amigo de la autocrítica y de la crítica honesta, que siempre pidió a sus alumnos, colegas y colaboradores.

Esta asimilación sistemática de las investigaciones recientes generó en Florescano una corriente paralela de trabajos dedicados a la historiografía, la historia de la historia, en varios de sus niveles, incluyendo la realización o promoción de bibliografías temáticas y de divulgación, balances historiográficos, reflexiones y cuestionamientos. Al mismo tiempo, estuvo atento a la relación entre la producción del saber histórico y su recepción y asimilación por el conjunto de la población.

Se dio cuenta de que una gran parte del saber histórico se comenzó a producir en el siglo XX en instituciones académicas para un público especializado y que muchos de los libros publicados en el extranjero o tesis de doctorado tardan años, si no décadas, antes de ser consideradas en las obras de síntesis y de ser, mucho después, incluidas en libros de divulgación amplia y en los libros de texto. Como resultado, una población como la mexicana, con un fuerte sentido del pasado, en buena medida vive con una autoconciencia más mítica que histórica. Esta dicotomía entre la producción del saber histórico y su escasa asimilación por la sociedad, varias veces criticada por Florescano, impone una función, una tarea al historiador, no solo como generador, sino también como transmisor de conocimientos, y como formulador de ideas, preguntas y respuestas, importantes y aun imprescindibles para la nación.

La consideración amplia de las investigaciones de historia mexicana permite acceder a un mirador privilegiado de nuestro ser porque abarca tanto las investigaciones nacionales como las extranjeras, que dan en su conjunto una pluralidad de visiones, críticas y amistosas a la vez, invaluables para nuestro autoconocimiento, de nuestros logros y limitaciones. En estos repasos y balances, Florescano revisa los estudios realizados, pero jamás de manera pasiva: siempre un orgullo de raigambre juarista lo hace afirmar una concepción propia.

Al mismo tiempo, la consideración de la historiografía mexicana y extranjera condujo a Florescano a la conciencia del relativo atraso de las investigaciones realizadas en México respecto de las del extranjero, pese al esfuerzo de unos cuantos maestros, entre los que se cuenta él mismo. Esto lo condujo a una crítica de las condiciones de producción del saber histórico en México, particularmente en lo que se refiere a la debilidad de las instituciones académicas, la carencia de discusiones serias, de una verdadera competitividad.

Esta reflexión historiográfica culminó en Memoria mexicana, que es un intento de aprehensión global de las cambiantes visiones del pasado que han privado en México e  inició una nueva veta de estudios de Florescano. Esta investigación sobre la memoria histórica de México a lo largo de su historia se refiere no tanto a la memoria de los individuos a lo largo del tiempo, sino en primer lugar a la memoria del poder, de las formaciones estatales, por lo que Florescano se interesará tanto en las reconstrucciones positivas del pasado como en la formación e imposición de versiones mitológicas, apologéticas y propagandísticas.

Memoria mexicana era el primer volumen, dedicado a los periodos prehispánico y colonial, de un estudio que debía abarcar también los siglos XIX y XX. Después de la primera edición de 1987, Florescano publicó dos versiones sucesivamente ampliadas de Memoria mexicana, pero no publicó el anunciado segundo volumen. No es que la historiografía del México independiente no le haya interesado, pues en varios libros posteriores la ha tratado o tocado, desde diversos puntos de vista, supliendo en cierta medida el volumen anunciado.

En El nuevo pasado mexicano, de 1991, ofreció a los estudiantes e investigadores un panorama de los estudios recientes sobre la historia de México, tratando sucesivamente los periodos prehispánico, novohispano y nacional. Pero los capítulos más vigorosos son el relativamente breve que dedica al siglo XIX y el extenso que dedica a “La Revolución mexicana bajo la mira del revisionismo histórico” (hoy denostado), más un severo diagnóstico sobre “los desafíos del presente y del futuro”. En Etnia, estado y nación, escrito en 1997 para intentar dar cierta claridad en relación con las preguntas que planteó al país la rebelión chiapaneca, tras dar un panorama de “La matriz nativa” y de “Los indígenas y la sociedad colonial”, Florescano presentó las complejas relaciones entre “El estado nacional y los indígenas” y evaluó los saldos de las luchas indígenas y campesinas en el siglo XX. La Historia de las historias de la nación mexicana, de 2002, comienza en el Preclásico y continúa hasta el presente, lo mismo que La bandera mexicana. Breve historia de su formación y simbolismo, de 1998, uno de sus libros más logrados, recientemente reeditado, ampliado e ilustrado, con la colaboración de Moisés Guzmán Pérez. Habría que mencionar igualmente dos obras coordinadas por Florescano que muestran las dos caras de la memoria mexicana en el siglo XX: Historiadores de México en el siglo XX y Mitos mexicanos, ambos de 1995.

Así, el estudio sistemático de Florescano de la historiografía mexicana lo condujo a la concepción de una gran investigación de la memoria mexicana a lo largo del tiempo, en la que el registro histórico y la mitología no dejaron de mantener una relación compleja y significativa. Y aunque su proyecto abarca el conjunto de la historia mexicana, los aportes más notables han surgido en su estudio del periodo prehispánico.

Entre la primera edición, de 1987, de Memoria mexicana, y la segunda, de 1994, la parte prehispánica creció de 80 a 250 páginas. Todos los capítulos fueron reformulados y repensados y aparecieron dos capítulos nuevos. El primero, dedicado a “Las cosmogonías mesoamericanas y la creación del espacio, el tiempo y la memoria”, fue elaborado al parejo del librito Tiempo, espacio y memoria histórica entre los mayas, de 1992, y fue continuado y profundizado por Memoria indígena, de 1999, y la Historia de las historias de la nación mexicana, de 2002.

En este libro Florescano definió una serie de cánones de la reconstrucción histórica-mítica del pasado en Mexico, en la que sobresale el planteamiento de la existencia de un primer libro, o códice mexicano originario, compuesto en los primeros siglos de nuestra era, en donde se expone el origen de los dioses, del mundo, de los hombres, de la agricultura, de los reyes y de los reinos. Este primer libro mexicano, merece destacarse, es un libro de historia, y su contenido fue reproducido y adaptado en los relatos históricos de los diferentes señoríos, reinos e imperios, hasta que con las grandes migraciones del periodo Posclásico el canon fue modificado para incluir las migraciones de los pueblos desde su mítico lugar de origen hasta su asentamiento propio.

El otro capítulo agregado a la segunda edición de Memoria mexicana está dedicado a la relación de “Mito e historia”, dos de cuyos apartados tratan de “La ciudad maravillosa” y de “El mito de Quetzalcóatl”, que resultaron altamente engendradores de estudios y reflexiones. El apartado dedicado a la ciudad maravillosa establece que, por sus características, “la imagen idílica de Tula corresponde a lugares donde siglos antes se desarrolló la civilización olmeca o la gran cultura maya”. Esta imagen de Tollan, sin embargo, es la expresión de un ideal de civilidad, seguido y retomado por Teotihuacan, Tula, Cholula y Tenochtitlan, entre otras grandes ciudades. Queda rota la identificación hecha desde los años 40 de la mítica Tollan con la entonces recién descubierta ciudad de Tula (en el actual estado de Hidalgo). Y a pesar de que Florescano reconoce la primacía y grandeza de Teotihuacan, solo en Memoria indígena va a plantear la identificación de la Tollan primigenia con una ciudad particular, Teotihuacan, como lo habían sostenido algunos investigadores como Laurette Séjourné. El mérito de Florescano no reside, pues, en la novedad de la hipótesis, sino en la fuerza de la argumentación, la consistencia de las fuentes y el desarrollo de sus consecuencias.

Es impresionante la cantidad de información que Florescano recoge, articulando las investigaciones arqueológica, documental, iconográfica y epigráfica. Y es de advertirse la importancia que las imágenes adquieren en sus libros, que no solo asimilan muchos de los logros de los intentos de lectura de la escritura maya, sino que incorporan las imágenes al conjunto de las fuentes sobre el México antiguo. Ahora que un universo de “códices” en piedra y cerámica se agrega a los escasos códices prehispánicos en papel sobrevivientes, Florescano nos enseña a observar y entender.

Muchas cuestiones siguen abiertas: si Teotihuacan tuvo el nombre mismo de Tollan; si pudieron existir otras Tollan, existentes o ideales, antes de Teotihuacan; si realmente en Tollan Teotihuacan se hablaba una forma del náhuatl; si allí nació el mito de los cinco soles cosmogónicos; la naturaleza de la dimensión imperial de Teotihuacan, etc. Pero lo importante es que la hipótesis de la identificación de Tollan con Teotihuacan permite repensar la historia toda del México prehispánico. La cuestión no carece de importancia, y sin embargo la identificación propuesta por Florescano no ha recibido la atención que se merece. No me refiero a una aceptación llana, sino a la posibilidad de una discusión de la identificación y de sus implicaciones.

El otro apartado agregado a la segunda edición de Memoria mexicana se refiere al mito de Quetzalcóatl, que también dio lugar a una serie de libros, El mito de Quetzalcóatl, de 1993, con una segunda edición muy ampliada en 1995, y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica, que no es una tercera edición sino una nueva formulación del problema; y varios otros libros hasta llegar al reciente Dioses y héroes del México antiguo, de 2020.

Es de recordarse que las primeras contribuciones de Florescano sobre Quetzalcóatl y Tollan datan de dos artículos publicados en las revistas Historia Mexicana y Cuadernos Americanos al comienzo de su carrera, en 1963 y 1964, hace ya casi sesenta años. Y que Florescano, en colaboración con Alejandra Moreno Toscano (su compañera intelectual, de trabajos y de vida), publicara en 1965 su primer gran balance historiográfico, dedicado precisamente a la Bibliografía del maíz en México. Desde entonces el maíz, sustento fundamental de los mexicanos a lo largo de los milenios, base de su hacer y de su pensar, se volvió el centro de las investigaciones de Florescano, primero en el gran ciclo de investigaciones sobre la historia agraria novohispana, y después en el ciclo surgido de Memoria mexicana, particularmente en lo referido al mito de Quetzalcóatl, identificado con el dios del maíz, hilo conductor que le permite afinar su interpretación de las memorias del México prehispánico. Dios de la vida, de la creatividad y de la regeneración, de la unidad del todo y de su riqueza, se entiende que Quetzalcóatl sea el numen tutelar de Enrique Florescano.