Monólogo de Francisco Lazcano o Niño de Vallecas

He sido Francisco Lezcano, o Paco o Paquito o Pacorro, como que-que-querais, y dicen que fui enano y bobo de la Corte, un ya adulto sin más pensamiento que el de un niño de pocos meses, pero resulta según y cómo, pues en realidad no tengo edad ninguna, soy sin edad como todos los Inmortales, pues he pasado a ser una obra de arte porque me retrató uno que todos los cri-crí-ti-ticos de arte dicen que es un gran artista. Os contaré como ocurrió que vine a habitar un cuadro famoso, y es que me habían vestido con mi ropa de gala verde para que acompañara al príncipe don Baltasar Carlos en su pabellón de cacería, pero me quedé en Palacio por distraerme mirando el vuelo de una mosca o sea que no salí con los que iban perseguir a la liebre o al ciervo o al jabalí, que debe ser cosa más divertida que la de mirar moscas voladoras. Y entonces no sé cómo se apareció el pintor don Diego Rodriguez de Silva y Velázquez, que era gran retratista de gente palaciega, de prínci-ci-cipes o princi-ci-pesas y aris-to-tócratas y dioses del Cielo católico o del Olimpo clásico, pero que tiene manías muy raras, por ejemplo esa de querer pintar el puro espacio por encima de las cabezas de la gente y además a veces retratar gente del pu-pu-pueblo y bufones y mendigos y pícaros y tontos del bote como yo, y muy su gusto ¿no? Y don Diego me vio cuando estaba distraído mirando pre-pre-precisamente el vuelo de una mosca y agarró los pinceles y me dijo te voy a poner en un retrato, así que quédate quieto como si hicieras de Don Tancredo, que así llaman a una suerte de la to-to-torería, y me quedé quieto, aunque no tranquilo porque temía que de algún pasillo oscuro saldría un enorme y negro toro de cuernos asesinos y me embestiría como una loco-co-moto-tora (sí, ya sé que todavía no se inventaban esas cosas, pero estoy hablando desde la inmorta-ta-talidá, que es como quien dice un futuro para siempre, ¿no?). Y don Diego me pinceleó el retrato que resultó admirable, no porque yo guapo o inteligente o siquiera avispado, pero si soy tonto eso ya qué importa, ya soy ilustre, ya estoy en una obrísima de Arte y…¿Por dónde iba yo?, ay, ya no me acuerdo, disculpad, de repente como que me dan unas ausencias y me pasmo mirando a la nada, en fin, me quedo traspuesto, como el cretino que dicen que soy, ¡sí, sí, como no!, así que cretino, ¿eh?, o en fin: cretino si queréis, pero aquí estoy yo, don Francisco Lezcano, eterno en la eternidá del arte, mientras que los que se entretenían y gozaban llamándome tonto y necio e idiota, ya acaso no son siquiera polvo y si los vi ya ni me acuerdo. Y ocurrió, pues, que, estando sentado ante la mirada atenta y yo diría que metafísi-si-sica y casi cariñosa de don Diego, me dio una de mis “ausencias”, y me quedé yo pasmado con la mirada vacía, que así es como acostumbro pas-pas-pasmarme, y con una baraja en las manos, con la cual, además de mirar a la mosca, había estado entreteniendo mi ocio, que es negocio beocio (perdón por el simplón juego de palabras, uno tiene que bufonear para ser pro-pro-profesional y ganarse el pan). Y ya ven, así me inmorta-ta-talizó don Diego, que siempre quiso pintar los seres y las cosas como son al mero ras de la realidad pero con mirada de artistazo, que es lo que han dicho los que de estas cosas entienden y saben escribir, entre otros los señores Elie Faure y Ortega y Gasset y Jean Cocteau y Aldous Huxley y Octavio Paz y ... Perdón. me dio otra ausencia, ya me repongo, aquí estoy yo como dice el catálogo mu-mu-mu-seo-gra-grá-fi-fi-co, soy el Niño de Vallecas, vedme transfi-fi-figurado enobra de arte, ved cuán bello soy, pues don Diego lo mismo pintaba bellamente a una señora en pelota y con sublime nalgatorio, o séase la “Venus del Espejo”, que a un enano monstruoso y cretino como  dicen que fui, y mientras el fu-fu-fu-turo a destruir al Arte no se atreva, yo duraré y prevaleceré, causando admiración  y fascinación y tal vez algo de espanto por lo que de mí pueda haber en cada uno de vo-vo-vosotros, que eso también permanece. Aquí estoy y nadie puede huir al verme,  bien lo dijo el poeta León Felipe imaginándome con la testa que-que-quebrada:

De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

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