Los impasibles del tablero

 

Enero 2009 | Tags:

 

La inadvertida entrada al laberinto. Posición después de 9...e3

 

Tantas veces se ha elevado el ajedrez a símbolo del universo que con frecuencia se olvida que para ciertos hombres el ajedrez es el universo. Abismados frente al tablero como si se sometieran a una disciplina de meditación esotérica y no a un “simple juego”, inmóviles y hieráticos sin que nada en su expresión delate la serie de cálculos y ramificaciones que se agita en sus cabezas con el ruido de una batalla ancestral, para quienes ya son víctimas del ajedrez –y no meramente unos aficionados o cautivos– no hay lugar para la alegoría, no existe aquella otra cosa con la cual se pueda elaborar el símil y de la cual sería apenas un remedo.

No se trata únicamente de que a lo largo de la partida de ajedrez el jugador concentre toda su energía analítica y toda su creatividad al cometido si se quiere estéril de acorralar al rey contrario, ni de que durante las horas que dedica a su entrenamiento la realidad se nuble y pierda sus colores hasta reducirse a una contienda de fuerzas negras y blancas, entretejidas según la lógica del instinto asesino, que es una lógica más obsesionante y primitiva que la que impera en la búsqueda de belleza y aun de perfección; se trata de que el tablero, la imagen del tablero, acompaña al jugador en todo momento, día y noche, como una sombra maléfica incluso cuando se supone que debería descansar, cuando el sueño debería disolver el estremecimiento que experimentó tras una ligera vacilación en su estrategia y el enemigo podía capitalizar una fisura apenas vislumbrada; se trata de esa pregunta que todo gran ajedrecista se plantea sin descanso, ya no digamos al comienzo de cada torneo importante, sino cuando coloca las piezas para una nueva partida, no importa qué tan formal; esa pregunta en apariencia sencilla y se diría excesiva, pero de consecuencias imprevisibles cuando se formula de manera espontánea, y que Vladimir Nabokov coloca en el centro de su novela La defensa: “¿Qué otra cosa existe en el mundo fuera del ajedrez?”

Una de las razones por las que este juego milenario (este “triste desperdicio de cerebros”, como lo denominó Walter Scott) puede ser tan absorbente, tan tentador y a su manera tiránico, radica en que aun la partida más breve se sitúa en un punto limítrofe entre la armonía y el vértigo. Hay una plasticidad elemental, pero al mismo tiempo inagotable, en ese enfrentamiento de fuerzas simétricas que tanto se parece a la lucha siempre seductora de la mano izquierda contra la derecha; pero también hay algo más profundo y desconocido, algo insondable en el ensamblaje a veces secreto de las piezas sobre el tablero, que es capaz de erizarnos la piel y despertar el temblor frente a lo infinito.

Pese a que tenga como escenario una retícula de apenas 64 escaques que puede plegarse y caber en el bolsillo, no hay nadie que se interne en los meandros del juego sin la conciencia de que su dominio, su dominio cabal, es imposible para el hombre. Basta estudiar la posición de una partida entre dos grandes maestros, con su entramado de ataques potenciales y equilibrios, con esa fragilidad soterrada de tensiones y contrajuegos, para advertir su apabullante inmensidad; y aun cuando en medio de la contienda, apremiados por la presión del tiempo, tengan que decidirse por una jugada, siempre queda la sospecha de que algo se les escapa incluso a ellos, de que inadvertido entre el follaje de variantes siempre habrá un movimiento mejor, más elegante y letal. El total de partidas diferentes que caben en el mantel a cuadros es un número tan monstruoso que bastaría para construir un universo paralelo en el que los constituyentes básicos, en vez de átomos, fueran juegos completos (los electrones serían los movimientos), de allí que no deba parecer descabellado que un hombre se pierda con facilidad y en ocasiones no sepa muy bien cómo volver de ese cosmos en miniatura –paradójicamente más vasto que el propio universo.

 

 

El ajedrez goza del prestigio de ser un juego de inteligencia y habilidad que, sin embargo, en una época no demasiado lejana ni siquiera pretendía disfrazar su condición de vicio. La tensión que genera, sutil y persistente como la telaraña, alcanza tal voltaje y demanda tal constancia de las capacidades de la mente exigidas al máximo, que la sensación liberadora que sobreviene después de encajonar al enemigo en una red de mate sólo se compara con un nudo que por fin se deshiciera en algún punto de unión entre el cuerpo y la conciencia; algo parecido a una descarga de euforia, pero de euforia pacífica, que a la larga se torna adictiva.

Los temperamentos que se sienten atraídos por el ajedrez se distinguen por la naturalidad con que se desplazan entre las entidades abstractas, así como por una concentración agudísima que dirigen a un reducido abanico de asuntos, hasta el punto de que a veces son poseídos por el demonio de la idea fija. Quizá debido a la formidable focalización de la que hacen gala, muchos genios del ajedrez han sido torpes e imprácticos en su vida diaria, han adquirido manías que uno no sabe si calificar de excéntricas o llanamente de supersticiosas, y se han visto aquejados por brotes esporádicos de paranoia o megalomanía, hasta que un día terminan por salirse literalmente de sus casillas. Entre los grandes jugadores que han padecido desórdenes mentales relacionados con su afición al ajedrez, o que cuando menos se han comportado fuera del tablero de manera a tal punto excéntrica de parecer un alfil con arranques de caballo, se cuentan Steinitz, Morphy, Pillsbury, Torre, Rubinstein y Fischer, por sólo mencionar a ajedrecistas de primera línea, dos de ellos campeones del mundo.

Un carácter propenso a la introversión cae con facilidad en las arenas movedizas de este juego silencioso y autista que no precisa establecer una plática, que si acaso, como el go de los orientales, se aproxima a una “conversación de las manos”, a un “diálogo manual”, y una vez allí, una vez absorbido por sus arenas envolventes y áridas, por sus exigencias no exentas de recompensas y alegrías, nada es más natural que complete el círculo vicioso exacerbando su aislamiento y dándole la espalda al mundo. “Lo que es preciso recalcar es un hecho muy sencillo –escribe George Steiner en su libro sobre el campeonato mundial entre Fischer y Spassky–: un genio del ajedrez es un ser humano que concentra dones mentales vastísimos, poco y mal comprendidos hasta ahora, y que se desvive por lograr la culminación de una empresa en definitiva trivial. De un modo casi inevitable, esa concentración genera síntomas patológicos de estrés nervioso, de irrealidad.”

 

 

En una página célebre el ensayista inglés Joseph Addison escribe que las ruinas de Babilonia no son un espectáculo tan conmovedor como la mente humana desbaratada por la locura. Pero quizás haya un espectáculo aún más conmovedor que ese, y es el instante en que la mente de un ajedrecista, después de adentrarse en el laberinto de combinaciones que representa un nuevo movimiento sobre el tablero –un laberinto en cierta medida familiar pero a la vez aterradoramente desconocido, lleno de trampas y salientes súbitas y callejones sin salida–, logra sortear los desfiladeros de la locura y sostenido por algo tan delicado como un cabello se las arregla para desandar el camino de sus pensamientos hasta volver a la realidad.

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