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Ensayo

Todos somos Crusoe

Septiembre 2011 | Tags:

 

Bruno H. Piché

Robinson ante el abismo. Recuento de islas

México, DGE Equilibrista/UNAM, 2010, 147 pp.

 

John Donne escribió famosamente que ningún hombre es una isla. Casi cuatrocientos años después, Carlo Ginzburg apuntaló la sentencia llevándola un poco más allá: ninguna isla es una isla. Finalmente, Mark Zuckerberg hizo una rotunda demostración de aquellas aseveraciones al crear Facebook.

Pero las islas existen, y la soledad es probablemente más nítida cuando se recorta contra la multitud. Todo hombre a su manera es una isla, una isla es una isla y Facebook, como un archipiélago, es en estricto sentido una agrupación de soledades.

Robinson ante el abismo. Recuento de islas, de Bruno H. Piché, es el testimonio de una depurada obsesión por esas porciones de tierra rodeadas de agua por todas partes que son, a su vez, la metáfora perfecta de la soledad.

Cuando el náufrago Crusoe llega a tierra, descubre que todos sus compañeros han muerto y hace este recuento: “nunca los volví a ver ni a tener ninguna señal de ellos, salvo por tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos que no eran pares”. En esa última frase (“two shoes that were not fellows”) me parece que se destila con gran concentración la imagen del aislamiento más estricto. Y, no obstante, Crusoe se las arregla para poblar su soledad. Bruno H. Piché supo articular su obsesión como quien reúne pares de zapatos: en sus andanzas (es viajero empedernido) y en sus lecturas fue coleccionando islas que dieran cabal cuenta no solo de su predilección por aquella metáfora, sino de su propia condición de individuo que insiste en refutar el apotegma de Donne.

Mitad florilegio y mitad crónica de un periplo vital por ciudades y libros, Robinson ante el abismo es un libro sin género preciso que no hubiera desdeñado un W. G. Sebald. Pero al final todo tiende a la autobiografía, y sabemos –como él lo sabe y propone– que los paseos que H. Piché nos comparte con una prosa bien temperada terminan por configurar, en parte, su propio rostro. Son muchos los ingredientes que componen el retablo, tantos que agradecemos la bibliografía básica que aparece al final del libro: Aira, Auden, Ballard, Cabrera Infante, Cioran, Coetzee, Deleuze, Ferlinghetti, Huxley, Lawrence, Merwin, Magris, Pacheco, Perec, Pessoa, Piñera, Revueltas, Simic, Stevenson, Vila-Matas y Yeats son solo algunos de los autores en que H. Piché se apoya para establecer su propia escritura. En efecto, el coro de voces calla puntualmente para que figure el solista: “no pretendo hablar como el viejo que no soy, no todavía, sino como cualquiera a quien previsiblemente las primeras cuentas adultas le empezaron a arrojar puros saldos rojos, antes del cumplimiento del destino en el que todos íntimamente nos soñamos alguna vez como promesa”. Hay una especie de resignada elegancia en estas líneas que permea a todo lo largo del libro y que hace trascender el simple “recuento”. El “cazador de ínsulas y archipiélagos” es en realidad un pausado perseguidor de sí mismo que probablemente no ignora que jamás se alcanzará, pues la completitud de ese rostro, su acabado final equivale a la inutilidad de la escritura.

Su caso no es único, por supuesto: todos somos un poco Crusoe. “Queda claro que al náufrago lo encarnamos todos en algún momento, en tanto que la figura superior de la isla a la postre nos sigue resultando imposible. Náufragos sin isla, eso somos en esencia.” La distinción entre el personaje y su contexto es importante: acaso la soledad más aguda es la que se da en las megalópolis y ya no hay parcela de tierra o concreto que podamos llamar nuestra, solamente nuestra. Esta paradójica nostalgia de la isla nos enfrenta con nosotros mismos, y es entonces cuando la metáfora, literalmente, toma cuerpo. “Se me ha anunciado que mañana, / a las siete y seis minutos de la tarde, / me convertiré en una isla, / isla como suelen ser las islas”, dice Virgilio Piñera en un poema que no es “La isla en peso” sino sencillamente “Isla”. Todo náufrago necesita una isla y, si esta no aparece por ningún lado, habrá que encarnarla.

He hablado de elegancia, pues la prosa de este libro es elegante, y de resignación, pues el autor no pretende que sus archipiélagos se unan en una súbita e inverosímil masa continental. Tampoco pretende alcanzarse, pero sí hacerse acompañar, de vez en cuando, en su persecución. Todos queremos eso. H. Piché lo dice con sentencioso humor: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las islas. [...] Yo me ocupo de las islas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres.” ¿Y cuando una mujer aparece en la isla? Parecería ser el escenario ideal para el náufrago, pero ya Bioy nos ha enseñado, en La invención de Morel, que esa mujer puede ser el simulacro de una mujer... Entre que sí y que no, siempre están la amistad y los libros, y yo podría combinar ambos perfectamente llevándome un ejemplar de Robinson ante el abismo a mi propia isla desierta. ~

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Son interesantes las metáforas que el autor realiza de la sinopsis de este libro, considero, que son tiempos diferentes en los que el aslamiento ya no tiene una función establecida para crear y para apreciar el arte sino para demostrarnos mediante las redes sociales que nos queremos sentir importantes sin serlo del todo, recomiendo el libro me parece interesante la temática así como los anteriores que le preceden.

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