“[Los depredadores] están acostumbrados a moverse en un mundo sin limitaciones (…) Uno de los rasgos [de Donald Trump], del que sus consejeros se quejan constantemente en voz baja, es que él no lee nunca, ni libros, ni periódicos. Trump ni siquiera lee las notas de una página que le pasan para preparar una entrevista. Él solo funciona verbalmente. Lo que cuenta es sobre todo la acción, de la cual, el conocimiento, es uno de sus peores enemigos”
(Giuliano da Empoli, La hora de los depredadores, Seix Barral, 2025, pp. 82-83)
Preliminar
Repentismo o repentista son dos palabras en total desuso hoy día en el lenguaje político. Sin embargo, la tesis que aquí se mantiene es que, fruto de la irrupción del populismo y del papel estelar de las redes sociales en unas sociedades polarizadas, tales formas han retornado con fuerza a nuestro tablero político nacional y global, y particularmente en el modo de hacer política de presidentes o líderes en determinados países. Eso sí, con aditamentos y adaptaciones.
Hace cuatro años la expresión repentismo fue acogida por la RAE (2021), pero con un significado distinto (“arte de improvisar versos”) al que aquí se utiliza. El diccionario de la RAE ya entonces definía al repentista como aquella “persona que improvisa un discurso, una poesía, etc.” Mas fue ciento cincuenta años atrás cuando en España un gran escritor, crítico literario, periodista político y catedrático universitario, hizo uso reiterado de las nociones repentismo y repentista aplicadas a lo que él denominaba cómo la “filosofía” (más bien, la forma de actuar) de un líder político. Hoy día, tal noción la podríamos hacer extensiva a aquellos políticos que -con innegable sello populista- ejercen funciones presidenciales en distintos países, y también en España.
En tiempos de redes sociales, además, el repentismo político es una constante. La volatilidad y aceleración de los acontecimientos reactiva los impulsos políticos más inmediatos. El sosiego en ese contexto no cotiza. Bien es cierto que el repentista actual no actúa, por lo común, motu proprio, sino empujado por un relato instantáneo construido por sus asesores áulicos como respuesta a la presión del entorno. La reactivación del repentismo halla también su explicación en el auge del populismo, en la fractura de la polarización política y en su discurso maniqueo (buenos y malos) y, en fin, en una manipulación constante de la realidad por el poder. La política actual está preñada de emociones y relatos prefabricados, propios no pocas veces de una bisutería política, vendida según nuestro autor por políticos liliputienses, y comprada por una ciudadanía atosigada de información sesgada, esto es, más bien desinformada.
Características del repentismo presidencial
Según nuestro insigne escritor, la filosofía política repentista, pues de eso se trataba, aplicada al quehacer político-gubernamental, tenía (y tiene) unos rasgos peculiares. A saber:
Como enfoque preliminar, dos cuestiones. Por un lado, el repentista gobernante es aquel líder político que se muestra imposibilitado para gobernar con principios fijos. Y como sutilmente recuerda nuestro autor, “casi me hubiera contentado con llegar a saber cómo son los principios que no son fijos y para qué sirven”. Misterios de la naturaleza política. Por otro, “la soberanía nacional siempre será una cosa pasada de moda, vamos, un sombrero de alas anchas”; pues, seamos honestos, “¿quién no alaba la inventiva del presidente, un auténtico repentista (o si prefieren, recreador) del constitucionalismo y derecho político en general?”. Las improvisaciones constitucionales, como es obvio, solo se pueden llevar a cabo trapicheando con la Ley fundamental, pisoteándola sin parecerlo o configurándola como barrera de pergamino que se dobla o pliega a gusto de quien manda. La historia reciente está llena de casos. No hace falta irse muy lejos.
La primera premisa del repentismo en política es –a juicio de ese autor- que haya un líder todopoderoso, o al menos que este se sienta como tal. Quien así actúa está siempre en posesión de la verdad política absoluta: “Cuanto diga y piense hoy y en adelante el presidente, esa es la verdad, a lo menos la verdad del Estado”. La persona que lleva el timón del Estado es el que, preferentemente, ha de usar el discurso político repentista, y tener o aparentar que tiene los máximos reflejos para ello, lo que avala su legitimación política entre los suyos. En cosas de poder, manda quien manda: “No vale que cualquier pelagatos se meta a repentista: el repentismo solo habla con el actual presidente”. Una ley previa que los corifeos deberán aprender y respetar. Y su legión de asesores, alimentar permanentemente.
Las fuentes para advertir que nos hallamos ante un presidente repentista, atendiendo a que en nuestros tiempos tales líderes son, por lo común, ágrafos e iletrados, lo que no eran siempre antaño (o lo disimulaban con mejor tino), son actualmente las fuentes habladas (antes también eran las escritas) y, sobre todo, hoy con imágenes viralizadas. Dicho en términos más mundanos: “todos los sapos y culebras que ha echado por la boca” el presidente (o la presidenta, que también puede ser) en sus innumerables discursos o debates parlamentarios, ruedas de prensa, declaraciones, comparecencias, mítines, etc. Hay quien cuida o mide más sus intervenciones, y quien improvisa a la ligera; pero los repentistas hoy en día –como se decía– son también los aduladores que le asesoran y le dan guion. Tal como puso de relieve aquel destacado escritor en su día: “Las fuentes habladas (hoy con calculadas imágenes y mensajes) son las mejores para el conocimiento de nuestro sistema, y el que esto escribe en ellas ha encontrado la base del repentismo, su punto de partida, sus primeros principios, y la demostración de su utilidad inmensa”. Otras fuentes, más ocultas en la vida y relaciones de quien ostenta la presidencia, serían muy útiles también para detectar ese fenómeno, pero por lo común se carece de acceso a ellas: solo los más estrechos colaboradores las conocen.
El principio que mueve al repentista no es la razón, ni tampoco el conocimiento, pues “un contexto caótico (como el que vivimos) exige decisiones audaces que capten la atención del público, dejando estupefactos a los adversarios” (G. de Empoli). Dicho en términos de nuestro escritor: “Cuando (el presidente) se encuentra en un apuro, entre la espada y la pared, buscando explicación para los actos más o menos injustos, ilegales o irracionales de que es responsable, es cuando más agudiza el ingenio y saca fuerzas de flaqueza”. Es más, “si el contrario le acorrala con argumentos contundentes, se crece, y tanto exprime el magín (o se lo exprimen quienes le asesoran en ese repentismo permanente y continuo en el que se ha convertido la política populista y emocional de nuestros tiempos) que prorrumpe en mil estupendas teorías, borbotones de dislates para el sentido común”, o distrae el foco de atención y así, enredando, se queda tan ancho, pues es él quién manda. Ahora, en los tiempos políticos que corren, la culpa siempre la tiene quien se opone al presidente, y hay que pisotearle como a una cucaracha.
Dicho en “lenguaje vulgar”, el repentismo político “es parecido a la gráfica frase de ‘salida de pie (o pata) de banco’. Pero entiéndase que ese banco ha de ser el banco ministerial (o gubernamental)”, conocido entre nosotros como “banco azul”. Y quien debe dirigir la orquesta del repentismo gubernamental. El repentismo por excelencia lo encarna, siempre, el presidente, pues es quien debe salir de las situaciones más comprometidas en política: “Adviértase que el apuro que se trate de salvar (y que muchas veces se ha metido él mismo) ha de ser de tres bemoles, como probar que tres y dos no son cinco, o que una cosa puede ser o no ser en un mismo tiempo, o buscarle cinco pies al gato”. O decir “b” cuando antes dije “a.” Ante esas complejas circunstancias, la filosofía política del repentismo todo lo admite. Sentada la “nueva” doctrina, el repentismo se convierte en partitura para el coro de políticos que rodean, acompañan y adulan al presidente, que cacarearán tales mensajes sin pudor alguno.
En efecto, la gran virtud del repentismo en la política actual es que “sirve para todo: “vuelve la salud a los gobiernos desahuciados, hace retraerse a todas las minorías, escamotea Constituciones (las ignora, manipula o vulnera sin sonrojo alguno), hace de su capa un sayo, sirve para un fregado como para un barrido; (y) en caso de incendio (político) o de ilegalidad manifiesta, si están las puertas cerradas ayuda a salir por el balcón”. Y no solo eso, “también hace el repentismo mangas y capirotes; en una palabra, el (político) repentista puede hacer lo que le dé la gana. ¿Puede pedirse más?”. En absoluto, es el súmmum al que aspira aquel gobernante a quien los límites al poder le suenan a música celestial y los checks and balances a frenos del poder averiados.
El fin político del líder repentista es muy obvio: “un día resucitó y ahí está sentado en el banco azul (poder) et nunc et semper, et in saecula saeculorum (ahora y siempre y en los siglos de los siglos). Amén. Tal es el credo del repentismo”. Ciertamente, el verdadero líder repentista “es uno y trino: poder ejecutivo, poder legislativo y poder judicial: tres poderes distintos y un solo (líder/jefe/poder) verdadero”. En verdad, el concilio (consejo de ministros) ya no cuenta o cuenta muy poco, pues el líder repentista es “el único responsable de cuantas mangas y capirotes se confeccionan por el Gobierno.
Resultado de lo anterior “es la moral del quietismo”. Nadie se mueve al margen del director de orquesta, o cuando lo hagan será para ratificar, perrunamente, las salidas de pata de banco o los constantes cambios de opinión o, en fin, para tapar al unísono los boquetes políticos abiertos. Los demás, a dormitar: “Para el buen diputado (cargo o militante) de la mayoría, legislar es dormir la siesta; un sí adobado con un bostezo es la oración más agradable a los ojos (y oídos) del presidente”. Los Parlamentos agonizan.
En efecto, el líder repentista requiere seguidores fieles como rocas graníticas, que –bien adoctrinados por las tormentas informativas correctamente sincronizadas– cumplan su función de replicar acríticamente las salidas de tono o los cambios constantes de opinión de su jefe (o del “puto amo”, en el lenguaje ministerial soez de hoy en día en España), también a la hora de comprar sin rechistar sus nuevas políticas de engaño; esto es, necesita creyentes sin fisuras. La política y la religión se abrazan secularmente: el líder es una reencarnación de dios en la tierra. Y en ese afán repentista continuo, de improvisación permanente, el Derecho es un obstáculo. Por tanto, hay que relativizarlo o incluso ignorarlo. La deriva iliberal del repentismo populista es obvia: la garantía de la libertad, sobre todo de expresión e información y no digamos nada de la separación de poderes, son milongas que conviene poner en su sitio, pues están contaminadas con caducas ideologías liberales que no conducen a ningún sitio, y que, hoy en día, deben ser reinterpretadas según el contexto y el humor presidencial o de sus asesores: “Solo desde Sièyes acá, en nuestras generaciones degeneradas, ha aparecido esa vana y débil teoría de los poderes equilibrados y mixtos”. El propio Sièyes se preguntó: “¿Qué es el tercer estado? Y él mismo contesta, nada. ¿Qué debe ser? Todo”. El líder político repentista nunca podrá admitir la limitación del poder, y si lo hace será con la boca pequeña, pues en sus mangas y capirotes permanentes deberá sortear tales principios (que para él nunca son fijos). Su respuesta en muy clara: “¿Quién lo debe ser todo? No hace falta decirlo”: el presidente es quien encarna ese “todo”. Y no hay discusión. Las reglas, sobran. El poder judicial independiente e imparcial es el enemigo a batir.
Repentismo populista presidencial e instituciones democrático-liberales
Quien haya leído con atención esas reflexiones entrecomilladas de tan insigne escritor, aderezadas con algunas glosas necesarias fruto del actual contexto, le habrá venido a la cabeza la imagen de no pocos líderes políticos de sus respectivos países, sean estos más próximos o más lejanos en la distancia y en el tiempo. Sin duda, hay personajes políticos que se adaptan bien a ese perfil, como algunos líderes latinoamericanos actuales (Bukele, Maduro, Milei, Petro) o pretéritos (Andrés Manuel López Obrador, Correa, etc.); también, sin duda, presidentes populistas ultraconservadores como Donald Trump encajan bien en ese perfil, así como otros líderes europeos, principalmente de países del este. Y, en nuestro caso, algunos de esos rasgos descritos se advierten, por ejemplo, en el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, o en la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; pero se podían traer a colación algunos ejemplos más. El fenómeno, si bien matizado en los términos que aquí se recogen, puede convertirse en epidemia política, con unos efectos letales para los sistemas democrático-liberales. Y, además, es obvio que tal renacer del repentismo populista es transversal: empaña tanto a líderes de derechas como de izquierdas; pero hace estragos entre los más extremos.
Y ahora desvelemos el secreto. Las agudas reflexiones entrecomilladas en el texto proceden de tres artículos publicados por el entonces joven, culto y mordaz Leopoldo Alas, Clarín, con el enunciado El repentismo (Filosofía de Cánovas) en el diario republicano El Solfeo, durante el mes de mayo de 1877, esto es, cuando el periodista (ni siquiera entonces literato ni menos aún catedrático) tenía 25 años. Sin duda, lo allí descrito, con una precocidad y visión fuera de lo común, nos advierte que también Leopoldo Alas fue capaz de anticiparse a su tiempo y ver cómo muchos líderes políticos en nuestros días, aquí en España o en otros países, practican cotidianamente ese repentismo político populista caracterizado por justificar mendazmente de forma improvisada o prefabricada, las constantes embestidas que lanzan, una y otra vez, a los cimientos del edificio constitucional del Estado, que para ellos no es un límite sino mera coreografía. Hasta su derrumbe efectivo o, en el mejor de los casos, hasta su quiebra disimulada. Además, esos líderes repentistas, al menos algunos, encubren tales acometidas internas a la arquitectura constitucional con una política exterior audaz, e incluso osada, que pretende ser el bálsamo de Fierabrás para reforzar su imagen y apuntalar sus desafortunadas políticas internas. Mas eso no suele dar nunca los resultados queridos, salvo que se presida una gran potencia global. Y a veces ni en esos casos.