Fotograma de Ciudad de muertos, de J.M. Cravioto.

Guadalajara 2026: culpa al Mundial

Tal vez fue el cambio de fechas del festival de cine de Guadalajara, lo cierto es que la competencia de cine mexicano fue poco satisfactoria. Aún así hubo buen cine nacional.
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El Festival Internacional de Cine en Guadalajara adelantó unos cuantos meses su emisión número 41 debido a que la fecha original, ubicada en junio, se iba a cruzar con el Mundial de futbol. Fue una decisión logística más que sensata, porque si de por sí es complicado atravesar el tráfico “normal” de Guadalajara para llegar a tiempo a las funciones de la sala Guillermo del Toro, ese periplo sería imposible con las calles tomadas por, digamos, los entusiastas (o tristes, según sea el resultado) hinchas coreanos. Pero, también, acaso por esto mismo, una de las competencias centrales del festival, la de cine mexicano, fue poco satisfactoria. Me refiero a que, debido al cambio de fechas, el periodo de selección fue mucho más corto y, acaso, el comité responsable de elegir las cintas en competencia tuvo menos opciones. Solo esto explica que Hijas del bosque (Portillo Padua, 2026) y Chicas tristes (Tovar, 2026), ganadoras en SXSW 2026 y en la Berlinale 2026, respectivamente, no hayan sido presentadas en Guadalajara –aunque también puede ser que, simple y llanamente, las realizadoras hayan decidido no enviar sus filmes al festival–.

Dicho esto, tampoco puedo decir que no haya habido buen cine nacional en Guadalajara. Aunque fue escandalosamente ninguneado por los jurados de las secciones en las que participó, sí tuvo su estreno nacional Mickey(2026), de Dano García, inventivo documental del que ya escribí hace unas semanas, cuando ganó el premio del público en SXSW. También estuvo en competencia la notable Oca(2025), ópera prima de Karla Badillo, que ya se había presentado en el pasado festival de Toronto en la sección Discovery y de la cual escribí unos párrafos en su momento. En este caso, por fortuna, aunque los jurados oficiales decidieron, inexplicablemente, que esta cinta se fuera en blanco, mis colegas de FIPRESCI le terminaron otorgando el reconocimiento a la mejor película mexicana presentada en el festival.

La cinta ganadora de forma casi absoluta –mejor película, mejor dirección y premio del público– fue el muy convencional documental Querida Fátima (México, 2026), dirigido por la Colectiva Varinia, conformada por Lorena Gutiérrez Rangel, Su Kim, Jesús Quintana Vega, Rodrigo Reyes y Dawn Valadez.

Unos padres –los codirectores Lorena Gutiérrez y Jesús Quintana– sufren la tragedia indecible pero dolorosamente cotidiana en este país cementerio del brutal asesinato de su hijita de 12 años, Fátima Varinia. Aunque al final se hizo algo parecido a la justicia –los responsables del crimen fueron condenados a prisión–, esto se logró después de años de lucha en las calles, en los medios de comunicación y en los interminables meandros de nuestro quebrado sistema de justicia.

De todas formas, el documental no trata sobre esto, sino sobre la conversión de Lorena y Jesús en incansables activistas sociales que ahora apoyan a otras personas que han sufrido lo mismo que ellos, mientras buscan infructuosamente una audiencia con la presidenta de la república. Como testimonio de época y hasta como un necesario desahogo emocional, el filme es irreprochable. No así en el terreno estrictamente cinematográfico, pues 499 (2020), del propio codirector Rodrigo Reyes y en el que hacía una breve pero devastadora aparición la madre coraje Lorena Gutiérrez, sigue siendo insuperable.

El jurado joven tomó una decisión similar, inclinada a reconocer lo político y lo testimonial sobre lo cinematográfico. El premio que otorgó este jurado fue para La misma sangre (México, 2026), de Ángel Ricardo Linares Colmenares, un informativo y correcto documental en que somos testigos de las incansables tareas de Norma Mesino, heredera de una recia familia de activistas sociales y políticos guerrerenses, miembros de la Organización Campesina de la Sierra del Sur, marcada por la masacre de Aguas Blancas, en 1995.

Linares sigue de cerca a Norma en sus esfuerzos por liberar a los presos políticos que siguen encerrados injustamente, mientras vemos, en el fondo, a sus ancianos padres –que tienen su propia historia de lucha– y nos vamos enterando de la carga histórica que el apellido Mesina tiene en esos territorios geográficos y políticos guerrerenses, con un tío Alberto desaparecido, dos hermanos –Rocío y Miguel Ángel– asesinados, y el propio paterfamilias, Don Hilario, detenido en 1996 y acusado de ser miembro del Ejército Popular Revolucionario.

Como Querida Fátima, La misma sangre funciona sin problema al transmitir su obvio mensaje político, aunque uno se queda con la sensación de haber visto un sólido reportaje periodístico y muy poco más, aunque, por supuesto, el cine documental abiertamente militante tampoco es desechable per se. En todo caso, lo que lamento es la ausencia de ambición formal.

De esto último no se puede acusar a Ciudad de muertos (México, 2026), el más reciente largometraje del prolífico J. M. Cravioto. Sobre un guion original escrito por él mismo en colaboración con el escritor especializado en literatura fantástica y de horror Bernardo Esquinca, he aquí el sincero pero quebrado homenaje cinematográfico a Enrique Metinides (1934-2022), el gran fotógrafo de los muertos y de “los mirones de los muertos”, que ya había sido protagonista del multipremiado filme documental El hombre que vio demasiado (Ziff, 2016).

Jero Medina encarna a Enrique, un fotógrafo de nota roja que, en el Distrito Federal de 1957 –“cuando el Ángel se cayó”, diría cantando Chava Flores– vende sus fotos de “muertitos” –y de la gente que los rodea– a 35 pesos la pieza al exigente director de La Prensa (Fermín Martínez). A la puerta de su piso de vecindad llegan dos policías “de la secreta” (el ubicuo y siempre bienvenido Gerardo Trejoluna y Adrián Ladrón) que le piden ayuda para encontrar a un asesino serial que, aparentemente, sigue suelto, aunque haya alguien (Salvador Garcini, nada menos) que haya confesado esos crímenes y esté recluido en un manicomio.

Aunque al inicio la película parece no más que un thriller policial competentemente realizado, con todo y su elegante fotografía en blanco y negro de Diego Tenorio y el espléndido diseño de producción muy ad hoc de Alejandro García, el filme se va transformando en algo más arriesgado y ambicioso, tomando como pretexto algunas de las más célebres fotos de Metinides.

Así pues, siguiendo la trayectoria fotográfica del artista de la lente, entramos a los terrenos clásicos del cine fantástico/psicológico, cuya raíz podemos trazar desde El gabinete del Dr. Caligari (Wiene, 1920) hasta la mucho más reciente La isla siniestra (Scorsese, 2010), cinta con la que, de hecho, comparte más de un elemento argumental. Lo malo es que Cravioto no le hace justicia a la interesante premisa en la que se sostiene su historia –hacía falta un tono más desaforado y menos naturalista–, por lo que la película se queda a medias en sus resultados.

Esto queda más claro al final, en la secuencia de créditos, cuando vemos, cual morbosos mirones, las verdaderas fotos de Metinides que inspiraron esta película. Y es que cómo competir con, por ejemplo, la inolvidable y terrible imagen de la muerte de Adela Legarreta Rivas, aquella guapa rubia atropellada en la Avenida Chapultepec. No hay película que pueda superar eso. ~


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