Lo más llamativo de la edición española de las memorias de Juan Carlos I, publicadas con el título de Reconciliación, es el uso constante de signos de interrogación y de admiración. Lo demás era de esperar o ya se sabía, por la publicación previa de la edición original en francés y por las distintas filtraciones periodísticas de su contenido. En su versión española, el libro contiene 197 preguntas, enmarcadas entre signos de interrogación, y 237 frases que se abren y cierran con signos de exclamación. Este alarde expresivo revela la perplejidad que produce en el rey emérito su situación actual y su incapacidad para comprender las circunstancias que le han llevado al ostracismo. De ahí la abundancia de preguntas sin respuesta y de signos de exclamación, que en algunos casos denotan sorpresa o asombro del hablante, pero que en otros muchos son fruto de una traslación directa de la puntuación original a nuestra lengua, en la que este recurso se utiliza mucho menos que en francés. Más allá de estos excesos, no se puede decir que la edición española sea un dechado de pulcritud. Si la traducción se resiente de algunas imprecisiones y galicismos, como llamar détente a la distensión de la Guerra Fría o cuando el rey se felicita de que la Constitución de 1978 no fuera un texto “partisano” (por partidario o partidista), el índice onomástico omite los nombres de importantes personajes que salen citados a lo largo del libro, como los presidentes de Estados Unidos Gerald Ford y John F. Kennedy; los generales Alfonso Armada y Milans del Bosch; el presidente del gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo, o Manuel Azaña y su viuda, Dolores Rivas Cherif.
Reconciliación tiene, en todo caso, el mérito de recoger sin filtros ni cortapisas los recuerdos del rey Juan Carlos a estas alturas de su vida, tras el abrupto final de su reinado y la decisión de abandonar España. La editora/transcriptora, Laurence Debray, parece haberse limitado a ejercer el papel de amanuense, a organizar el testimonio original y a darle unidad y coherencia. Tampoco mucha, porque, si bien el texto sigue en general un orden cronológico, son frecuentes las digresiones y flashbacks que trasladan al lector a épocas, personajes o temas ajenos a la secuencia correspondiente. En la autenticidad del texto, con todas sus imperfecciones, radica quizás su principal valor, porque nadie podrá decir que la voz de su protagonista ha sido suplantada o modulada para adecuar la obra al propósito autojustificativo que la alienta. En cada página, en cada frase, se reconoce al rey caído en desgracia en su deseo de reivindicar su legado, especialmente, tal como él mismo viene diciendo, ante las nuevas generaciones.
Es dudoso que lo consiga, entre otras cosas porque los jóvenes españoles, que no vivieron la Transición ni los momentos de esplendor del juancarlismo, no van a leer este libro, y si lo leyeran no lo entenderían. No parece, pues, que vaya a beneficiar a su protagonista, y menos aún a su hijo, Felipe VI, en su empeño por acercar la monarquía a quienes, por edad o ideología, puedan sentirse más alejados de ella. No diré, como se ha insinuado, que Reconciliación sea su venganza contra él, pero hay pasajes en los que el rey emérito no oculta su decepción por la actitud de Felipe en los últimos años –“me ha dado la espalda”– y la distancia que ha puesto entre ellos, forzándole a vivir fuera de España y a sufrir un reproche social e institucional que considera injusto. Muchas de las casi doscientas preguntas que jalonan estas páginas tienen que ver con las razones de su repentina marcha de España en agosto de 2020 para iniciar un destierro voluntario más prolongado de lo que él pensó en aquel momento.
“Ya no soy bienvenido en mi propia casa”, se lamenta al principio del capítulo sobre su vida privada. Lo cierto es que sus actuales problemas con su hijo no son muy distintos de los que él mismo tuvo con su padre, don Juan de Borbón, que dejó de hablarle durante seis meses, como recuerda en el libro, cuando en 1969 aceptó convertirse en sucesor de Franco a título de rey en perjuicio de don Juan. Lo que no recuerda al evocar este episodio es lo que le dijo entonces a un político del régimen, el falangista Eduardo Navarro, poco antes de que el dictador anunciara su decisión: “Si le toca perder a mi padre, pues pierde. España está por encima.” Medio siglo después le tocó perder a él cuando la razón de Estado y los intereses de la dinastía obligaron a su hijo a apartarle de su lado a raíz de una serie de escándalos que hicieron su situación insostenible.
Juan Carlos no podía eludir el tema de su vida íntima, por más que acuse a los medios de comunicación de haberse inventado “la mayoría” de las aventuras sentimentales que se le atribuyeron. La frase no deja de ser un reconocimiento tácito de algunas de ellas, aunque de todos sus “deslices sentimentales” (sic) solo se refiera a la relación que mantuvo durante años con Corinna Larsen. Lo hace sin llamarla nunca por su nombre, sino mediante eufemismos que no logran velar del todo su identidad, por ejemplo, al recordar lo ocurrido a raíz de la famosa cacería en Botsuana en 2012 en compañía de un extraño grupo del que formaban parte su amante, el exmarido y el hijo de ella. Una inoportuna caída le obligó a volver a España precipitadamente, a ser operado de urgencia en un hospital y a pedir perdón a los españoles por un escándalo que puso al descubierto su relación sentimental con Corinna. Algún tiempo después, ella misma difundió “relatos difamatorios” que causaron un daño irreparable a su buen nombre y a su reinado y desencadenaron todo el cúmulo de desgracias que han caído sobre él en los últimos años.
En este ajuste de cuentas con todo el mundo, desde la amante que dejó de serlo hasta buena parte de su familia, el rey emérito solo tiene palabras de afecto y agradecimiento para la reina Sofía, de la que cuenta una hermosa anécdota que dice mucho de su sensibilidad y su cultura. Ocurrió durante un viaje oficial a la urss en 1984, poco antes de la llegada al poder de Gorbachov. La reina quiso visitar el Museo del Hermitage, pero en vez de pasar por algunas salas y contemplar sus obras más afamadas insistió en recorrerlo entero, con tal entusiasmo y detenimiento que cuando el dolor de pies se le hizo insoportable se quitó los zapatos y acabó la visita descalza. Puede que Reconciliación sea también un intento de conseguir su perdón, aunque el título se refiera a aquello que constituye, según Juan Carlos I, su principal legado: la consecución de una democracia estable basada en la superación de las viejas discordias civiles.
Su protagonismo en la Transición es indiscutible y merece reconocimiento, pero al evocar los años dorados de su reinado, los que van de la muerte de Franco a los grandes fastos del 92, incurre en mistificaciones y excesos notorios. Su relación con Adolfo Suárez resulta doblemente distorsionada, en primer lugar, por atribuirse en exclusiva el mérito de la legalización del pce, frente a un Suárez que se habría limitado, entre atónito y temeroso, a cumplir sus órdenes. Sobre el deterioro de las relaciones entre ambos en los últimos meses del gobierno de Suárez hay multitud de testimonios de toda solvencia que desmienten rotundamente las palabras del autor de este libro: “Se afirmó por entonces que me había distanciado de él. Nada más lejos de la realidad.” En cambio, todo lo que dice sobre sus buenas relaciones con la izquierda, tanto con el pce –o más bien con Santiago Carrillo– como con el psoe durante los gobiernos de Felipe González, es verdad, y aún se queda corto. Recuerda su cariñoso saludo con la viuda de Azaña en México en 1978 y aquellos tiempos, hoy tan lejanos, en que el juancarlismo hacía furor en España y el rey parecía haber conseguido la cuadratura del círculo: que la derecha le aceptara por ser quien era y venir de donde venía y que la izquierda mayoritaria hiciera suya una monarquía que, como recuerda él mismo, tenía mucho de “república coronada”.
¿Qué pasó después? Esta es la gran pregunta que atormenta al protagonista del libro y que se queda finalmente sin respuesta, aunque hay momentos en que el autor se acerca a ella. Sitúa, con razón, en los años noventa el cambio de actitud de la prensa, hasta entonces sobreprotectora y desde entonces cada vez más crítica con su vida privada, pero omite el contexto: el chantaje al Estado por parte de empresarios en apuros, que filtraron a los medios toda la información sensible a su alcance, y una derecha dispuesta a todo con tal de acabar con el gobierno de Felipe González, aunque eso supusiera el desprestigio de un rey considerado cómplice del felipismo. En todo caso, el principal motivo del proceloso tránsito del idilio al exilio lo da él mismo cuando afirma: “Este no es el mundo en el que yo crecí.” Cambiaron las reglas del juego y él siguió jugando a lo mismo, pero expuesto al rigor de un árbitro que ya no le pasó ni una.
No cambió él; cambió el país. Prueba de ello es la diferencia entre el escándalo que han provocado sus memorias y la relativa naturalidad con que se recibieron hace treinta años unas declaraciones suyas a la periodista Selina Scott. “No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia”, dijo entonces. “Nunca dejé que nadie le criticara delante de mí”, afirma ahora. Juan Carlos I ha sido víctima del cambio que él mismo propició y, sobre todo, de sus propios e incontrolables impulsos. Lo dijo Adolfo Suárez, tal vez el gobernante español que mejor le conoció en lo bueno y en lo malo: “A veces al rey hay que protegerle de sí mismo.” Ese personaje, puro instinto sin freno ni recato –“sigo siendo un lobo solitario”–, es el que habla a tumba abierta en un libro que difícilmente le va a reconciliar con aquellos que le han dado la espalda en los últimos tiempos. ~