No pocas veces, durante el año que cumple su primera vuelta, pude comprobar –especialmente en sueños– que existe una memoria paralela a la que registra los hechos de la realidad sensible que nos permite reconocer ciertas cosas como ya soñadas, es decir, una memoria de los sueños y que nos crea, como dice Torri, un pasado ajeno a nuestra experiencia o ya borrado de nuestra memoria. La muerte, la mudanza, el retorno son los grandes catalizadores de esas figuras simbólicas recurrentes, obsesivas y raras, cuya presencia latente produce interminables resonancias que nos distraen o nos dominan y nos impiden poner toda la atención en la escritura. Su objeto se nos escapa en cuanto queremos asirlas por medio de la crítica inmediata. No les damos tiempo a que se fijen indeleblemente. Surgen inopinadas, van y vuelven; se borran, se olvidan inadvertidamente. Por tratar de capturarlas, en el regodeo indolente de su vaivén, apenas pude enfrentarme a la página en blanco más de una docena de veces sin que fuera en vano. Al cabo de un año pasado en este ejercicio compruebo en mi propia disminución la certeza de un vaticinio pesimista, formulado hace algunos años, acerca de los rigores de la autocrítica que no puede conducirnos sino al punto más allá del cual la escritura es imposible o, de vuelta, a la página en blanco.
La página en blanco es la posibilidad del proyecto. Si hemos leído con atención y hasta el fin la memoriosa novela de Proust, nos daremos cuenta de que sus páginas están en blanco y de que solo contienen el proyecto de un libro que nunca fue escrito. Toda proporción guardada, mis cuadernos de este año están poblados de proyectos concebidos, nunca emprendidos. Sus páginas vacías dan cuenta a la vez de la prodigalidad del pensamiento, de la pereza de la mano y de la imposibilidad de poner la atención fija en un solo punto. Durante los últimos doce meses he sido presa de violentas distracciones. Solamente en el vacío de la atención puede nacer la idea interesante o el proyecto de imposible realización digno de considerarse unos instantes más o de ser arrojado al cesto. No ha sido uno de los menos resonantes el que me dictó, hace veinticinco años, la primera lectura de Un coup de dés... Intuí la posibilidad de un proyecto más osado todavía que el de Mallarmé: el proyecto de la página en blanco. Debo decir que, si bien este permanece irrealizado, su correlativo, el proyecto como destino de la literatura, se manifiesta, a veces inquietantemente, como única salida para el escritor. ~