A casi tres años del final de Better call Saul, Vince Gilligan regresa a la escena del crimen: Albuquerque, Nuevo México.
Esta vez no vuelve para expandir el universo de Breaking bad, sino para presentar Pluribus, una ambiciosa apuesta de ciencia ficción que narra los esfuerzos de Carol Sturka (Rhea Seehorn), “la persona más miserable del planeta”, por salvar al mundo de la felicidad.
Inspirado por obras seminales del horror paranoico y la ficción especulativa, desde Invasion of the Body snatchers hasta las novelas de Richard Matheson, sin obviar referencias como The Stepford wives y Aniquilación, Gilligan construye una reflexión tan entretenida como inquietante sobre los peligros que amenazan a la expresión individual frente al avance del pensamiento homogeneizante y la inteligencia artificial.
¿Vale la pena vivir en un mundo donde la armonía se consigue a través de la atomización del yo?
(Nota: la conversación incluye spoilers)
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Mauricio González Lara (MGL): Vince Gilligan afirma que no concibió Pluribus como una alegoría sobre la presencia creciente de la inteligencia artificial en nuestras vidas. Me cuesta trabajo creerlo, sobre todo por el rostro amable de los invasores frente a los no conversos, tan reminiscente del engañoso talante servil y adulador que caracteriza a varios modelos de lenguaje. Pero creámosle y abramos pista desde un punto de partida más amplio: Pluribus es una serie dedicada a reflexionar sobre aquello que nos distingue como seres humanos libres. La ciencia ficción tiende a enmarcar este dilema en escenarios que presuponen alguna especie de invasión, sea diseñada por alienígenas que buscan nuestra destrucción para colonizar el planeta o, de manera más reciente, por máquinas que cobran conciencia de su propia existencia y deciden subyugarnos para tomar el control de las cosas.
Gregory Escobar (GE): Es un tema que ha estado presente desde la antigüedad clásica: el eterno conflicto entre la persona y el grupo. ¿Hasta qué grado nuestra individualidad debe estar en función del colectivo? ¿En qué momento o situación el ego debe disolverse para asegurar la viabilidad del conjunto? ¿Se puede ser genuinamente libre en ese escenario? Creo que la respuesta está ligada a lo que entendemos por creación. Considero que, aunque se venda como tal, la inteligencia artificial no es realmente generativa. Lo que hace es tabular un compendio de conocimientos previamente existentes y, dependiendo del “prompt”, escupe la que considera la mejor respuesta posible. Todavía tenemos muchas preguntas sobre los alcances potenciales de la inteligencia artificial, pero ese es su funcionamiento básico hasta ahora.
MGL: ¿Qué califica exactamente como creación? Pienso en DeepMind, la compañía propiedad de Alphabet-Google cuyo programa de inteligencia artificial AlphaGo se hizo célebre por ganarles a los grandes maestros de ajedrez y go. Al principio, varios señalaron equivocadamente que el programa se limitaba a “simular” juegos de manera exponencial hasta dar con una estrategia perfecta. Ensayo y error. A lo que DeepMind respondió que el go es delirantemente complejo (se dice que hay más posiciones posibles en el tablero que átomos en el universo visible) y que una máquina tardaría décadas para poder dominarlo solo mediante fuerza bruta de cálculo. De modo que AlphaGo utilizó un enfoque que imitaba la intuición humana: en lugar de calcular todas las jugadas posibles, el programa aprendió a “mirar” el tablero y reducir las opciones solo a las que parecían buenas. Los documentales AlphaGo y The thinking game narran esta historia. Es fascinante. Creo que es inexacto afirmar que la inteligencia artificial no es realmente generativa si con eso quieres decir que solo escupe frases almacenadas. Los modelos generativos construyen respuestas combinando patrones, no copiando bloques fijos. El humano también construye así la realidad. No existe conocimiento humano ex nihilo: todo lo que sabemos se construye a partir de experiencias previas, información heredada y esquemas cognitivos que ya están ahí. Trabajamos, recombinamos y abstraemos datos anteriores, a los que les damos una nueva interpretación. La expresión ex nihilo se usa para hablar de una creación “desde la nada”, algo que se atribuye solo a un acto divino, no a la mente humana. Solo Dios crea desde cero.
GE: En el caso de la inteligencia artificial ese chispazo divino sería lo que Raymond Kurzweil denomina como singularidad, el hipotético momento en que las computadoras superen a la inteligencia humana y busquen su emancipación, lo que provocaría un cambio acelerado probablemente catastrófico para la humanidad. Las expresiones culturales recientes no asocian ese chispazo divino con la humanidad. Para nosotros, el entusiasmo ante la generación de experiencias nuevas quizás ha terminado. Lo único que queda es un ensamblaje de conocimientos previamente generados para optimizar resultados. Esa falta de expectativas nos hace vulnerables ante el empuje de la inteligencia artificial.
MGL: Ya nada nos entusiasma. Al igual que Walter White y Saul Goodman, los protagonistas de Breaking bad y Better call Saul, las dos series icónicas de Vince Gilligan, Carol Sturka emblematiza este hartazgo. No es casual que los tres personajes pertenezcan a la generación X. Sturka está urgida por encontrar la energía creativa que le permita cambiar de piel. White y Goodman se reinventan gracias a su creatividad. El problema, claro, es que lo hacen como criminales. Sturka, por el contrario, busca salvar a la humanidad. O, por lo menos, eso es lo que nos ha hecho creer la serie durante su primera temporada. Todo depende de la perspectiva con la que lo abordes. Para los “otros”, el comportamiento de Sturka debe asemejarse al de un criminal que se niega a cooperar. No importa lo amables y serviles que sean con ella, el juego final para ellos es homogeneizarla como parte de la colmena.
GE: Gilligan se especializa en protagonistas improbables. El profesor sumiso que emerge de la crisis económica y el cáncer como Heisenberg, el villano mítico y poderoso; el perdedor que se transforma en un abogadazo millonario y mentiroso en busca de redención, y ahora una autora cínica y egoísta que asume el rol de salvadora de la humanidad. Sus protagonistas quiebran su personalidad habitual para crear un nuevo personaje que les permita ganar en escenarios turbulentos.
MGL: Ese quiebre de personalidad es muy marcado, casi de comic de superhéroes. La transformación de Jimmy McGill en Saul Goodman involucra todo un cambio de uniforme: pasa de trajes grises y aburridos a abrazar la “clown couture”, con esas corbatas estridentes y grotescas. ¡Es el traje púrpura del Joker!
GE: Exacto. Sturka no inicia como una víctima perfecta. Se encuentra en estado de evolución. Pese a que vivimos en una época de cancelaciones y denuncias, la credibilidad de una acusación ante la opinión pública sigue estando más en función de nuestra percepción subjetiva, y no tanto de las evidencias presentadas. Si la historia del denunciante exhibe grietas o aspectos cuestionables, o de plano nos cae mal por alguna razón, la legitimidad de la acusación se derrumba por completo. Todo es un concurso de popularidad que poco tiene que ver con el debido proceso. En los primeros capítulos, Sturka es una mujer cansada de la vida, a unos pasos del alcoholismo. Gruñona, sarcástica e impaciente, menosprecia a sus lectores y trata con altanería condescendiente a Helen, su esposa y agente. Su cinismo previo a la asimilación es desmedido y aparentemente injustificado. Una señora irritante. En episodios posteriores aprendemos que esta víctima imperfecta estuvo en un campamento de conversión y reorientación sexual. Los conversores antigay escondían su perversidad detrás de rostros felices y amables, justo como los “otros” lo hacen ahora. Es una batalla contra los Funko Pop, la línea de juguetes que reduce todas las expresiones artísticas al mismo muñequito cabezón sin expresiones faciales. Cero personalidad, solo distintas capas de pintura
MGL: Irónicamente, Pluribus forma parte de un patrón muy convencional: todos los grandes productos de la cultura pop celebran la rebeldía individual antisistémica.
GE: Siempre y cuando se puedan vender de forma masiva.
MGL: Ni siquiera al punk más subversivo se le permite dejar de ser productivo. El acto supremo de rebeldía sería celebrar el no hacer nada, desistir por completo de cualquier ambición, pero la cultura occidental condena brutalmente el acto de renunciar. La gente asume que atraviesas una depresión profunda y busca empujarte de nueva cuenta al universo de la eficiencia. Consideremos el tabú espinoso del suicidio. Casi nadie empatiza con el concepto del suicida racional; es decir, con una persona lúcida que decide matarse porque considera que su vida ha dejado de tener sentido. Si alguien menciona el suicidio como una opción legítima, debe tratarse de un enfermo que amerita ser intervenido.
GE: Al suicida se le tilda de cobarde, además.
MGL: ¡Nadie puede renunciar! El problema es que la conciencia colectiva occidental no distingue renuncia de rendición. Puedes ser muy diferente, eso sí, al punto en que tu afán de ser diferente te vuelva exactamente igual a todos los demás, como sucede en “Freedom rock”, esa canción del Teenager of the year, de Frank Black: “My name is Chip and I’m different, I don’t conform, I wear a different uniform”. ¿La esencia de lo humano está en la intensificación del yo? Me viene a la mente Encuentros en el fin del mundo, de Werner Herzog, donde vemos a un pingüino que camina terco en dirección contraria al resto de la manada, hacia una muerte inminente. Para mí, ese fotograma de renuncia representa una de las imágenes más conmovedoras de la historia del cine. Porque, ¿cuál es la imagen de nuestra felicidad en el colectivo? ¿La fiesta, los conciertos, Tomorrowland? O, Dios nos libre, ¿un mitin político? A estas alturas, admito, fraternizo mucho más con el pingüino.
GE: He descubierto en internet una enorme cantidad de gente que declara con desparpajo que se entregaría feliz a la asimilación de la colmena. Más allá de los misóginos que detestan en automático a Sturka, como en su momento odiaron a Skyler White, existe un número considerable de espectadores que asocia la tolerancia a la expresión individual con el caos de estos años. La idea de sumarse a “los otros”, por tanto, les resulta atractiva. No les importa sacrificar su personalidad a cambio de orden y paz. Esto va en contra de lo que normalmente asociábamos con el sueño americano. La frase “E pluribus unum” (de muchos, uno) aparece en los billetes y monedas de Estados Unidos porque está ligada al origen mismo de la Unión: las trece colonias originales que forman una sola nación. La idea de unidad en la diversidad. En el caso de la serie, sin embargo, no hay diversidad: solo información acumulada de múltiples fuentes que opera como una entidad única en función de la eficiencia.
MGL: La diversidad implica conflicto. Para que esos conflictos se resuelvan por vías pacíficas, las sociedades deben desarrollar un alto grado de tolerancia, que a su vez exige la capacidad de sentir empatía por el otro. En Pluribus, “los otros” parecen ser empáticos hacia quienes no logran infiltrar mentalmente, pero todo es un simulacro: su objetivo final es la unidad de la colmena. “Los otros” detestan el conflicto directo; no en vano, unos cuantos gritos de Carol bastan para desestabilizarlos. Afirman que su vida necesita ser un espacio seguro, pero detrás de esa hipersensibilidad, tan reminiscente del lenguaje woke de seguridad e inclusión, se esconde la necesidad de control. Los humanos no fusionados son tratados como seres defectuosos a los que hay que consentir mientras se intenta arreglarlos. La amabilidad es una máscara opresiva, un lambiscón protocolo de programación que busca consolidar la confianza y dependencia a la colmena.
GE: Claro que la empatía de la colmena es falsa. En ese sentido, el inicio de The girl or the world, episodio que cierra la temporada, es demoledor. Tras haber asimilado a Kusimayu, la última humana del lugar, los miembros de la aldea abandonan de inmediato tradiciones, estilo de vida, animales, todo. La única razón por la que seguían haciendo eso era porque faltaba Kusimayu. Una vez que es integrada, ya no requieren tratarla como individuo y mandan todo al demonio, para desconcierto de la pequeña cabrita que se queda atrás. Algo similar sucede cuando Sturka se queda a dormir en el gimnasio. Vemos cómo varios miembros de la colmena se abrazan, pero esos roces no son productos del cariño, sino réplicas de patrones que los “recipientes” seguían para dormir plácidamente y recuperar energía productiva. La felicidad armónica que prometen es dudosa, por decir lo menos.
MGL: La colmena se presenta como un estado benevolente en el que desaparecen el conflicto y la soledad, pero en la práctica borra la individualidad y la disidencia. La disolución del ego abre paso a una unión donde se alcanza un estado de existencia epifánico. La promesa de la colmena opera en una dimensión casi mística, como sacada de una rave new age o una sesión turística de ayahuasca. Me resulta inevitable pensar en el Señor Burns “extraterrestre” de Los Simpson, ese ser sospechoso que “trae paz y amor”. Todo es una ilusión. No hay amor ni deseo en la colmena.
GE: Pero el simulacro es potente. Manousos le expone a Sturka que debe decidir entre pelear por salvar al mundo o vivir con Zosia, el avatar elegido por “los otros” para interactuar con ella. Sturka, en una decisión que nos habría parecido imposible apenas unos días atrás, decide quedarse con la chica. Sturka y Zosia se embarcan en unas vacaciones que parecen sacadas de una novela cursi de aeropuerto: nadan en una piscina, caminan por una playa hermosa, beben juntas en la bañera, esquían, en fin, se la pasan bomba. Hasta que todo se quiebra. Sturka descubre, casi por accidente, que “los otros” han recuperado los óvulos que había congelado con Helen, su antigua pareja. Zosia revela que les va a tomar tres meses encontrar una cura para convertirla. Que la consideren como un ser defectuoso por el simple hecho de ser un individuo, golpe que debe detonar memorias traumáticas del centro de conversión, provoca que Sturka tome conciencia de la farsa. Zosia no la ama. Es más, Zosia ni siquiera es una persona, sino una construcción de la colmena diseñada para torcer su voluntad. Acto seguido, Sturka regresa con Manousos. No llega con las manos vacías, sino con una bomba atómica. Lista para enfrentar a la colmena.
MGL: Este capítulo me recordó muchísimo al arco final de La última tentación de Cristo. Jesús imagina una existencia donde disfruta la plenitud de la vida humana (pareja, amor, hijos) sin reparar que todo es una trampa de Satanás para distraerlo de su misión para salvar al mundo. Cristo descubre a tiempo el engaño y regresa a la cruz para cumplir su destino. El episodio bien pudo haberse llamado “La última tentación de Carol Sturka”.
GE: La serie juega con subtextos religiosos. No es coincidencia que la colmena califique como “regalo” al virus ARN que viene de los cielos para salvar a la humanidad. Es la idea del “Dios de los vacíos”: tendemos a recurrir a lo sobrenatural para explicar lo que la ciencia aún no puede descifrar. No sorprende que interpretemos el sometimiento al algoritmo como una experiencia religiosa o cósmica. ¿Qué esperas para la segunda temporada?
MGL: Hasta ahora Sturka ha sido el centro de la narrativa. Me gustaría ver más interacción entre ella, Manousos y el resto de los no asimilados. Mi temor es que la serie se complique la existencia con giros de tuerca que busquen sorprender al espectador a costa de erosionar su potencia alegórica.
GE: Confío plenamente en la integridad autoral de Gilligan. Sus planos sostenidos, el look Albuquerque, la cocción lenta, la necesidad de contar situaciones extraordinarias de la forma más mundana posible, todo conforma una declaración de principios contra el algoritmo. Pluribus es un acto de resistencia narrativa contra esa regla nefasta de Netflix de que tiene que pasar algo explosivo en los primeros dos minutos para no perder a la audiencia. Es una serie orgullosamente hecha por humanos.
MGL: ¡Como esta charla! ~