Todos rejuntos ahora

Con The Beatles de lo que trata y de lo que se trata es de la (in)trascendencia del factor tiempo y del borrado de toda frontera.
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UNO. Un/otro día en la vida, I read the news today, oh boy, y la noticia es que sale a la venta otro/un nuevo álbum de The Beatles. Y yo escribo estos apuntes en un presente inmediato listo para ser pasado remoto para que ustedes lo lean en un futuro más o menos in/cierto; porque se sabe: el inolvidable yesterday en Mondo Beatle fue y es y será siempre su recordable tomorrow never knows. Con The Beatles de lo que trata y de lo que se trata es de la (in)trascendencia del factor tiempo y del borrado de toda frontera.

Sí, de nuevo: un añejo/fresco álbum, otra obra vintage/vanguardista de esa banda que nació en 1969 y murió en 1970 para así ser inmortal hasta el infinito y más allá. Y lo nueviejo que toca y suena esta vez es el añadido volumen 4 al proyecto Anthology. Eso que quien firma estas líneas ya consumió devotamente (The Beatles son un culto) entre 1995 y 1996 en su primera edición cd y como especial televisivo por entregas; en el 2000 en forma de coffee-table book autobiográfico-oral-coral; y en dvd corregido y aumentado en 2003.

¿Quién da más para quien consume más que The Beatles? Nadie, y así ese materialista material que se sumó a los doce álbumes oficiales en uk (recompaginados en diecisiete en usa antes de la unificación universal de hoy) a los que se añadieron cinco registros en directo, 37 box-sets y, ah, 52 recopilaciones de material clásico y disperso. Diversas reencarnaciones que van de los Red y Blue álbumes (relanzados en potenciada versión deluxe y remezclada en 2003 por Giles, hijo de George “Quinto Beatle” Martin) a los rejuntes temáticos de rock’n’roll, love songs, canciones de película, rarezas y past-masters y, curiosamente, todavía ningún compendio de sus muchas canciones más infantiles. Pero ya llegará.

Mientras tanto y hasta entonces esta Anthology revisitada vuelve, también, cortesía del Disney Channel (hogar también de otros superhéroes como los de la dc/Marvel/Star Wars) y al cuidado del combo-visualizador oficial Peter Jackson, lo que no deja de ser coherente, porque se sabe que uno de los proyectos fílmicos frustrados en su momento de los Fab Four fue una adaptación de El señor de los anillos con John como Gollum, Paul como Frodo, Ringo como Sam y George como Gandalf o algo así. Y, sí, The Beatles como el por siempre deseado my precious de ya varias generaciones. De ahí que causase poca gracia –por imposible, por inverosímil– la premisa de aquel onejoke film de Danny Boyle, Yesterday, con un mundo en el que The Beatles jamás habían existido, pero que, salvo eso, era igual al nuestro. Y es que nada sería igual sin The Beatles: sería como suprimir la penicilina o la división del átomo o el magnicidio de jfk o la llegada del hombre a la Luna o esos teléfonos inmóviles y desinteligentes en los que muchos oyen “You know my name (Look up the number)”.

Y allá vamos otra vez –dejándolos ser una vez más a quienes nunca dejaron de serlo– all together now…

DOS. … en busca del recuperado tiempo perdido. Y ahí está Anthology 4,que en principio solo iba a poder adquirirse junto a todo el set. Pero los fans dijeron que suficiente, que ya era demasiado pedir, que no. Además, el cd doble no trae nada que no hubiese sido ya incluido en pasadas box-sets junto a la versión mejorada de sus tres canciones ectoplasmáticas –la última de ellas, “Now and then”, número 1 mundial en 2023 y ganadora del Grammy– y la renovada ausencia de la vanguardista “Carnival of light”. Anthology 4 muy bien expuesto en la tienda Revólver de la calle Tallers, en los bordes de El Raval, en Barcelona. La tienda que permanece (la otra Revólver cerró no hace mucho, como buena parte de las muchas que alguna vez definieron el sonido de esa calle) sostenida por la resurrección del vinilo y la venta de cajas eufórico-nostálgicas. Cruzas de sarcófagos faraónicos con atesorables cofres del tesoro. Productos que se yerguen como catedrales dedicadas al rock’n’pop. Género musical más revolucionario y, también, el que más rápido envejeció: porque la suya es hoy, inevitablemente, la crepuscular edad de sus oyentes originales que comienzan a desaparecer, como esos cada vez menos veteranos de guerras mundiales. De ahí que lo nuevo que genera no tenga mucho de novedoso y lo antiguo haya adquirido la categoría no de trasto de ático, sino de pieza de museo muy bien presentada y a precio/valor en ocasiones astronómico. Sólidos fantasmas de Navidades pasadas ideales para decorar arbolitos de mágica realeza. Allí, en el escaparate, entonces, no solo flamantes urnas en llamas y no cenicientas dedicadas a la larga posvida artística de los Beatles ya separados, sino también refrescados y recientes estuches de lo de Pink Floyd y Bruce Springsteen y The Who y David Bowie. Todos bajo la atenta mirada y presencia de Taylor Swift, quien ya, seguramente, está haciendo acopio de material para un futuro más o menos lejano en plan nueva Dolly Parton (si no es asesinada antes por un sicario contratado por sus exnovios cansados de inspirar sus canciones).

TRES. Y entre todos y todo destaca la “novedad” de la entrega 18 de las ya tradicionales (su largo aliento inaugurado con el entonces inesperadamente exitoso y pionero Biograph de 1985 para así disimular un supuesto bajón creativo del songwriter cum laude) The bootleg series de Bob Dylan: Through an open window 1956-1963. Ocho cd y 139 tracks acompañados por un magnífico y esclarecedor libro/ensayo del dylanita Sean Wilentz –con portada en la que el muy joven posa ya con actitud de coloso atemporal– dando cuenta y cantando su más remota prehistoria con demos, descartes, versiones alternativas, y directos en livings, cafeterías, clubes nocturnos y el Carnegie Hall testimoniando su milagroso y vertiginoso rito de paso de ser aprendiz dedicado a magistral brujo en cuestión de meses. Y, sí, posiblemente Dylan sea el mejor a la hora de organizar y exhumar esta suerte de ya discografía suya paralela. Porque en su bóveda (mientras crecen los rumores de que ya ha terminado nuevo trabajo luego del formidable Rough and rowdy ways, de 2020, sosteniendo en su totalidad por sí solo y sin ayuda de “Blowin’ in the wind” o “Like a rolling stone” la set-list de los conciertos de su presente pero ya inmemorial gira que no cesa) yacen joyas insospechadas y que, a menudo, superan con creces a lo lanzado en sus álbumes “oficiales”.

Y el de esta entrega es el Dylan que resultó toda una revelación para los jóvenes cuando protagonizó biopic con cara de Timothée Chalamet. Y, sí, ahí y de ahí, otro síntoma del crepúsculo: si los rockers –alentados por el éxito y prestigio ganado por las memoirs de Patti Smith y el mismo Dylan a principios de milenio– se lanzaron en carrera desesperada a redactar sus pasados (la última y bastante interesante es la de Cat “Yusuf” Stevens), lo que ahora quieren es una película (hacerse la película, sí) sobre sus idas y vueltas. Y estas, inevitablemente, son cada vez más simples e inocentes: porque van dirigidas a un público más bien tierno e inexperto, a un nuevo mercado. Así, si la multifacética y polimorfa y perversa I’m not there (2007) de Todd Haynes rebalsaba de guiños cómplices y contraseñas para connoisseurs, A complete unknown (2024) de James Mangold es casi un Dylan 101 for dummies. Y, de ahí, esa preciosa anécdota: Mangold –director de la película y quien en 2005 ya se había metido con Johnny Cash en su Walk the line– pidió, antes de encarar la película, audiencia con Dylan para tener su bendición para contar y cantar su vida. Entonces –en un bar de Los Ángeles especialmente cerrado para la ocasión– Dylan enarcó ceja, sonrió sonrisa dylanesca y le preguntó: “¿Y de qué va a tratar?”

CUATRO. El resto de las recientes biopics, claro, no tienen ese dilema. Y son todas más bien homogéneas e higiénicas. Y, como dijo alguien, demasiado cercanas a la fan fiction superproducida e hipertrofiada: Queen y Elton John y Robbie Williams (en plan chimpancé) y Springsteen por los tiempos de Nebraska (deprimido y mucho antes de sentarse a conversar con Obama en plan coleguitas para un vergonzante libro titulado Renegados) y Elvis y Priscilla y Amy Winehouse y Bob Marley. Y ya están en trámite las de Madonna, Ronnie Spector, Linda Rondstadt, Carole King, Michael Jackson y el multiproyecto de Sam “American Beauty” Mendes, quien dedicará un largometraje a cada uno de The Beatles contando aquel viejo mito ya cuasi arturiano desde sus cuatro puntos de vista. Y, de algún modo, todo esto funcionará como la presente reescritura a futuro de una nueva versión del pasado. Algo más fácil de asimilar y para lo que –tal vez de un modo entre inconsciente y subliminal– el comprarse la nueva entrega de Anthology (o cualquiera de los muchos ensayos que no dejan de publicarse; los más recomendables de una última camada son 1, 2, 3, 4: Los Beatles marcando el tiempo de Craig Brown y el muy original y revelador John & Paul: A love story in songs de Ian Leslie, poniéndose a la altura del indispensable Revolución en la mente de Ian MacDonald) funcione como una suerte de más simbólica y apenas heroica forma de resistencia y teoría muy personal. Sí: The Beatles parecen acompañar a la humanidad toda a lo largo de las diferentes cuatro estaciones de la vida. Ringo es la infancia, John la adolescencia, Paul la asentada vida familiar y George esa dulce amargura y delicioso resentimiento que recién se alcanzaba en la madurez porque –paradójicamente el más joven– había sido, desde el principio, el más viejo.

Y así –I love to turn you on…– hasta que la muerte nos separe.

Mientras tanto y hasta entonces –acaso alentado por los recientes regresos de Blur y Pulp y Oasis y, esperamos, lo que más se espera, alentando a ese tan demorado reencuentro de The Kinks– Spinal Tap ha vuelto a reunirse. ~


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