Cuando pienso en la obra de Salvador Elizondo (1932-2006), se me vienen a la mente tres o cuatro imágenes: una mujer recogiendo una estrella de mar en la playa, con un propósito secreto; el doctor Farabeuf con su maletín negro, subiendo una larga escalera que se extiende durante cien páginas; un grupo de amigos bajo un árbol, platicando del libro que protagonizan, o una mujer tirando monedas sobre una mesa para leer el I Ching. Son imágenes tensas y poéticas, que contienen un futuro y un pasado abiertos a interpretaciones saturadas de símbolos, a acciones confusas e infames. Son imágenes sugerentes, perturbadoras en su ambigüedad y en sus muchas posibilidades, que vuelven una y otra vez para adquirir un nuevo sentido al tiempo que destruyen otro. Hay otras imágenes en torno de las cuales gira la obra de Elizondo, quizás más célebres y desde luego más explícitas, que por ello me interesan menos: las escenas de tortura y cuerpos desgarrados, la borrosa fotografía de la ejecución del prisionero chino o el propio Salvador Elizondo incendiando su casa en un rapto de locura. Al contrastar ambos grupos de imágenes, caigo en la cuenta de que el Elizondo que me sigue seduciendo es el escritor que se escribe escribiendo y el que menos me interesa es el del malditismo que tanto se obstinó en cultivar.
Como tantos otros escritores, Elizondo tiene la fortuna y la desgracia de haberse vuelto autor de un solo libro, no necesariamente el mejor, pero definitivamente el más célebre: Farabeuf (1965). Y la verdad es que sigue vigente el atractivo de la que primero fue considerada novela por su autor para luego ganarse la mucho más abierta categoría de “libro”, a pesar de que el sustrato literario sobre el que fue escrita no envejeció bien. Quizás esos son los auténticos buenos libros: los que, sin negarla, sobresalen y sobreviven a la tradición que los engendró, que en el caso de Farabeuf es el nouveau roman leído por un fanático de Bataille. En lo que respecta a narradores franceses, el travieso Oulipo –con Perec a la cabeza– se lee mucho mejor hoy que la mecánica frialdad de un Robbe-Grillet. Pero no nos desviemos del tema, pues el hecho es que nadie recuerda ya la deuda del doctor Farabeuf con el nouveau roman, cuyas mejores páginas, quién lo diría, se escribieron en Latinoamérica, desde la Chihuahua de Jesús Gardea hasta la Santa Fe de Juan José Saer.
A Farabeuf se le suelen dirigir dos elogios, tan certeros como excluyentes: críptica y perfecta. Entre sus precisas brumas, es el lector quien tiene que completar una historia –en caso de que la haya– a partir de imágenes y escenas reiteradas y reiterativas. No existe una versión concluyente ni una trama cerrada; no se trata de un simple rompecabezas al que hay que unir para obtener el resultado esperado. La propuesta de Farabeuf es otra y se basa más en la serie de percepciones y sensaciones que el libro va generando en el lector, que oscilan, como se sabe, entre el dolor y el erotismo, entra la crueldad y la belleza, entre la muerte y el éxtasis. Una de sus paradojas más conseguidas –en un libro que basa su apuesta en ellas– es la dialéctica que se crea entre objetividad y subjetividad. A la prosa aséptica y por momentos grandilocuente, construida alrededor de la engañosa inmovilidad de las imágenes, se le opone la sensibilidad del lector en una doble vertiente: sensorial –con el escalofrío que se experimenta al imaginar los instrumentos de amputación y tortura del doctor– e intelectual –al intentar reconstruir una historia que abomina de la secuencialidad de la trama y aspira a la simultaneidad de la imagen. Resulta un extraño logro el que un texto tan esquemático, cuyos engranajes responden a tiradas del I Ching o a revelaciones de la ouija –como nunca se cansarán de discutir sus no pocos devotos–, sea de lectura tan libre para quien se lo tome a la ligera, como seguramente a Elizondo no le hubiera gustado que se lo leyera.
Más allá de sus referentes exóticos para una literatura mexicana supuestamente rural todavía en los sesenta, hubo una novedad en Farabeuf que pasó de largo para los muchos lectores que de inmediato consiguió: la centralidad del cuerpo. Entre tanta cuchilla, tortura y metanarración, todavía siguen sin leerse las obsesiones del doctor Farabeuf como un tratado del cuerpo. Era imposible que el dolor y el erotismo –los dos ejes o espirales sobre los que se construye el libro– no se cruzaran justamente en el cuerpo, el espacio que tienen en común, de donde proceden y en los que desembocan. La literatura mexicana está plena de rarezas, y no es una de las más tranquilizadoras el que uno de sus principales libros sobre el cuerpo sea un elogio a la tortura. En ese sentido, Farabeuf es un libro más mexicano de lo que, por muy diferentes motivos, le gustaría reconocer a cualquiera.
Apenas tres años después, Elizondo publicó El hipogeo secreto (1968), su mejor obra según lectores tan distintos como César Aira o Christopher Domínguez Michael. Hasta cierto punto, esta nueva novela es una traición a la anterior, pues revela algunos de sus secretos y es mucho más explícita y legible. Podría incluso afirmarse que El hipogeo secreto es un Farabeuf sin malditismo, una literatura reconciliada con su irrealidad, que celebra con un entusiasmo inesperado en un escritor tan oscuro. El hipogeo secreto trata sobre la escritura y la lectura de un libro titulado El hipogeo secreto, lo que, en la lengua de Cervantes y Borges, como bien lo sabía Elizondo, no tiene mucho de original. Habiendo renunciado a descubrir el hilo negro, la escritura de Elizondo se vuelve más relajada y reflexiva, siempre haciendo de ella misma su materia durante el proceso. Alguno de los muchos narradores del libro lo califica como “la historia, dicen, de un sueño y de un personaje que lo sueña”, y nosotros, lectores, asistimos a ese sueño y, con ello, acabamos también formando parte de él y posibilitándolo, ya que este solo existe durante la lectura, ese presente perpetuo.
El hipogeo secreto es una apología a la creación artística en general y a la literatura en particular. Aparte de las páginas donde los personajes se esmeran en vivir para hacer avanzar el libro y lo leen para seguir viviendo, son memorables las partes dedicadas a una difusa ciudad que se expande a medida que el libro avanza y forma, así, una edificación, que es “la organización emocional de la materia”. Elizondo no resistió la tentación de incluirse en su novela y de convertirse en un personaje de ficción que escribe ese texto hasta donde sabemos real –tan es así que ahora escribo sobre él–, y que resulta mucho más logrado que el personaje de sí mismo que creó en la realidad, sobre todo con su Autobiografía precoz (1966).
En ella, a través de desplantes machistas y antisemitas, Elizondo se empeña en delinearse como una persona aborrecible, y vaya que lo logra. Años después, el autor aseguraría en repetidas ocasiones que los episodios más nefastos de su autobiografía fueron un recurso literario, un poco de ficción para oscurecer una vida que por entonces consideraba demasiado normal, él, que fue criado en sábanas de seda y que para huir de ellas no tuvo mejor ocurrencia que inventar que las quemaba. Visto a la postre, el malditismo, en el mejor de los casos, resulta una pose patética y adolescente en su afán de escandalizar; en el peor, en caso de ser auténtico, un comportamiento vil que no justifica ninguna obra que no se defienda por sí sola. Y la de Elizondo lo hace. Con todo, resulta curioso, hablando de la narrativa autobiográfica, que el narrador recurriera a la ficción para convertirse en peor persona, a diferencia de sesenta años después, cuando las literaturas del yo contemporáneas se han vuelto una competencia de empatía. “No se hace literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos”, sentenció André Gide. Pero tampoco con malos, podríamos agregar. La literatura está o no está en la transformación en lenguaje de esos sentimientos, al margen de su moralidad.
De la misma forma que sus novelas suceden alrededor de una imagen, Elizondo descubriría que su obra entera gira en torno de un brevísimo e inolvidable texto, “El grafógrafo” (1972), incluido en el libro homónimo. En ese único párrafo, contenido y expansivo, se incluye lo más valioso de su literatura, que acaba permeando a todos sus libros y con lo que alcanzó su búsqueda estética: capturar un instante, narrarlo y hacerlo durar por siempre. Quien no crea en el milagro que lo ponga a prueba y abra cualquier libro de Salvador Elizondo: encontrará al escritor que se escribe a sí mismo para seguir escribiendo mientras nosotros lo leemos. ~