El jardín enrevesado de Lozano-Hemmer

La poética didáctica de Rafael Lozano-Hemmer se pone a prueba en “Jardín inconcluso”, su exposición en el Museo de Arte Moderno.
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En la oscuridad, no se sabe bien dónde inicia el recorrido. Las luces de afuera, en el jardín que da a la avenida, son tan llamativas que el visitante quisiera ir como polilla hacia su destello. Pero antes hay que rodear y recorrer el jardín interior. A un costado de la entrada del edificio, un montón de gente se arremolina alrededor de una vitrina de acrílico con cajas, cables y lucecitas. Nadie entiende nada hasta que llega una guía que explica que se trata de una instalación cuyos contadores “detectan el ángulo con que la radiación alcanza la Tierra” y ello genera la luminosidad de un triángulo de luz encima del Museo de Arte Moderno.

Entre la incredulidad y los términos para nada evidentes de la ficha (muones, partículas subatómicas) que explica el abstracto Faro colisionador (2026), uno de los asistentes se atreve a preguntar. “¿Cómo sabemos que no nos están mintiendo?” Risas, fotos, miradas al cielo para observar el haz de luz, la repetición de la guía de los datos de la pieza.

Luego, encima de las escaleras del redondel del fantástico recinto que diseñó Pedro Ramírez Vázquez, la proyección de un video donde se ve el interior de un órgano. Son las Cuerdas vocales (2019) de diversos poetas que, de nuevo gracias a la cédula informativa, recitan un tratado de Charles Babbage en que el británico, inventor de la primera computadora mecánica, propone que el habla perturba el aire y por lo tanto se podría rastrear el movimiento de las partículas atmosféricas para recuperar todas las palabras jamás dichas.

Planteada para visitarse a partir de las 7 de la noche, la muestra Jardín inconcluso de Rafael Lozano-Hemmer propone una serie de piezas que se dividen en dos: las primeras, como se ha visto, requieren de un corpus tanto para entenderse como para disfrutarse; el resto se activan con la presencia de los visitantes. A este último conjunto alude el título de la exposición: las piezas que solo tienen sentido al captar y mapear el movimiento del público, y por sí mismas no son evidentes.

Lozano-Hemmer es físico-químico de formación y ha incorporado este conocimiento a prácticas artísticas que suelen funcionar como la traducción de elementos no evidentes o no visibles, ya sea anatómicos o biológicos, científicos y de datos, a fenómenos sensibles como luces, sombras y movimiento.

Por lo menos dos de sus obras se pueden visitar de forma permanente en la Ciudad de México. El espacio Arte Abierto, en el centro comercial Artz Pedregal, por ejemplo, resguarda Corazonadas remotas (2019), en la que dos estaciones conectadas a internet permiten que quienes pongan sus manos en los sensores de las mismas, sientan el pulso del otro de forma remota.

El Museo Memoria y Tolerancia, por otro lado, exhibe Metrónomos (2019), serie de sogas en forma de horca invertida conectadas a un dispositivo que traduce el algoritmo y el volumen de datos de diversos crímenes (asesinatos, exterminio, desplazamiento forzado, desaparición forzada) en movimientos que proyectan rítmicas e inquietantes sombras.

La poética didáctica de Lozano-Hemmer, nada fácil para el tipo de arte que practica, se pone a prueba en piezas de Jardín inconcluso como Caudales resurgentes (2026). Una pantalla vertical proyecta poemas en lenguas originarias, y su correspondiente traducción al español, “que fluyen en trayectorias modeladas por ecuaciones de dinámica de fluidos y la presencia detectada del público”. Se trata de una obra que no termina de entenderse; al parecer pretende involucrar al público del museo con la poesía –que se desprende demasiado rápido de la pantalla y no se puede leer– y sobre todo con la consciencia social, o institucional, “mediante un proceso de consentimiento informado, compensación económica y crédito en pantalla para cada poeta”.

Algunas de las reflexiones constantes de Lozano-Hemmer son el uso de la ciencia con fines de control y vigilancia, voluntad manipuladora que está cada vez más normalizada por la repetición de términos como algoritmo y data en el lenguaje coloquial.

En Reflector espiral (2026) y Deriva térmica (2022) propone imágenes de visitantes captadas con cámaras de vigilancia y con cámaras que detectan el calor de los cuerpos. A diferencia de otras obras interactivas del artista que sorprenden por su revelación, acá la selfie y la story distraen por completo la reflexión de acecho y de custodia, que se usan en operaciones militares, quizá porque los dispositivos –en el caso del reflector, una enorme plataforma metálica que se ilumina– son como atracciones de feria con luces irresistibles.

Después de rodear una parte del jardín escultórico en medio de los dos edificios que conforman el museo, por el fin el sendero conduce a la obra principal, Jardín de corazonadas (2026). La instalación, que se puede ver desde Paseo de la Reforma, emite un fulgor ceremonial que resulta familiar. Las luces, que se cuentan por cientos o miles, recuerdan una de las imágenes más fantásticas del cine. Se trata, por supuesto, de la secuencia de Macario (1960) con la gruta iluminada con velas infinitas, donde la Muerte muestra al leñador las vidas que se consumen, que titilan y se apagan. Por fin un poco de intuición y de mística en el jardín.

Lejos de los grupos ruidosos y de las enrevesadas explicaciones, al interior del jardín se percibe una inquietud serena o callada, que concierne a la noche, la misma del pulso y del latido del corazón propio. Las lucecitas de Lozano-Hemmer también se agitan al ritmo de los paseantes, detectados a través de sensores. También hay un sonido, un bombeo tenue. Como Roberto Gavaldón y Gabriel Figueroa –que con ayuda de Emilio Carballido como guionista se inventaron las luces de la cueva en las Grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero, que no aparecen en el cuento de B. Traven–, la instalación propone una sinfonía de luces que titilan, que responden al ritmo cardiaco colectivo. Al poner las palmas de las manos bajo unos sensores, éstos traducen en luz y sonido la frecuencia del corazón del visitante, se ve lo que se siente en el pecho, el corazón.

Efectivamente, el Jardín de corazonadas está inspirado en Macario, como consta en la ficha. Y hay algo distinto, entre tantas luces que palpitan se genera un fenómeno curioso, casi inédito, bajar la cámara del teléfono para observar y comprobar la sutileza del temblor de las bombillas, que no es del todo evidente, del que se quiere comprobar si llevan cierto ritmo. 

Como estrategia para habitar el Museo de Arte Moderno desde una perspectiva contemporánea ligada a la tecnología, Jardín inconcluso se siente como un ejercicio un tanto forzado. Incluso el Homenaje a Felguérez (2026) en que Lozano-Hemmer proyecta sobre la escultura del zacatecano El barco, México 68, que es parte del jardín escultórico del museo, una serie de palabras que el visitante podrá captar o no dependiendo su disposición en el lugar, se percibe como un gesto de tipo monumental pero arrinconado. A lo moderno quizá no le hace falta lo contemporáneo. ~


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