Para Pipo Clavero, madrileño accidental,
in memoriam
En medio del vértigo de las últimas semanas, me llega un notable escrito sin firma alguna, acompañado de autorización para que disponga de él como considere oportuno. Conforme pasan los días, aumenta la impresión de haber sido su único destinatario. Alguna sospecha guardo sobre quién pueda estar detrás, tanto del escrito como del envío. Es claro que me conoce lo suficiente como para haber pensado que la lectura no me va a dejar indiferente, como también que no corre riesgo su anonimato. Lo entiendo como una invitación a que le dé publicidad, de modo que paso a transcribirlo tal cual, reservándome la licencia de incorporar alguna apostilla:
“Todavía a día de hoy, quienes hacen su ingreso en la capital de España procedentes del noroeste de la Península son recibidos por una construcción grisácea, una especie de puerta monumental, en el fondo no carente enteramente de estilo, rematada por una importante cuadriga. Incluso si lo hacen por primera vez, no prestarán atención a la inscripción situada sobre su entablamiento, que se adivina en lengua latina. No cabe, sin embargo, excluir que quien así se acerca en esta ocasión a Madrid sea persona con alguna noción de latín e incluso de epigrafía clásica. En completo contraste, su conocimiento de la historia de la ciudad es igual a cero. Un Forastero, en todo caso.
La lectura de la inscripción le bastará para saber que la referida obra cívica no pertenece al género de puerta ornamental de acceso a la ciudad, sino al de arco de triunfo. Fácilmente advierte que el tal monumento (monumentum hoc) honra una victoria militar, sucedida en ese mismo lugar. Así se desprende del dativo de su inicio, ‘a los ejércitos aquí victoriosos’ (armis hic victricibus), completado con la fórmula d. d. d., que nuestro hombre lee como dat dicat dedicat. No hay referencia alguna a quienes allí hubieran sido vencidos, acaso fuerzas invasoras extranjeras. Sí la hay en cambio a dos fechas, dos años más bien, situados a izquierda y derecha del arco, el 36 y el 39 del pasado siglo, uno bajo el signo Alfa, otro bajo el de Omega, seguramente aludiendo al comienzo y fin de la imaginable larga contienda.
Por fin, la inscripción da cuenta de la identidad de quien hace donación del monumento. Curiosamente, no se trata de persona física, institución o colectivo, sino de atributo de la especie humana, la inteligencia: mens. La extrañeza del Forastero va en aumento cuando comprueba que esa inteligencia aprovecha para declararse de paso invariablemente victoriosa: iugiter victura. Con lo cual todo quedaría entre vencedores, las armas por un lado y la inteligencia por otro, de nuevo sin referencia alguna a los vencidos. ¿Sobre quién esta vez estaría venciendo la inteligencia? ¿Aludiría a una victoria final de la luz sobre las tinieblas? ¿Habría que ver aquí la mano de la masonería? La contemplación del monumento, acaso por el cansancio del viaje, empieza ya a marearle.
El Forastero resuelve retirarse a su alojamiento en la ciudad y, a falta de ocupación mejor, dedicar lo que le queda de tarde a documentarse con ayuda de su laptop sobre lo que, en ya lejanos tiempos, pudo haber ocurrido en ese punto de acceso a la ciudad. Y es que los intentos de obtener una aclaración por parte de las gentes por allí afanadas en saltar de un medio de transporte a otro han resultado por completo infructuosos.
Ya en su retiro, poco le costará saber que el arco de triunfo, al cabo todavía de medio siglo de libertades públicas, rinde homenaje a las unidades militares un siglo atrás sublevadas, desencadenando de ese modo una cruenta contienda civil solo zanjada, en términos puramente militares, al cabo de tres años. Sigue, sin embargo, sin encontrar explicación a la identidad de quien ofrece el monumento, esa inteligencia autoproclamada por siempre victoriosa. Y, aun suponiendo que la inteligencia por sí sola pudiera poner en pie una obra pública de tal envergadura, ¿cuál sería la razón de tan disparatado proceder? En particular, teniendo en cuenta la animosidad que en esos jefes militares sublevados la inteligencia suscita. Y es que ha sabido del ‘¡Muera la inteligencia!’ que a alguno de ellos se atribuye.
Como el Forastero es rebuscado, termina creyendo haber encontrado la respuesta. Ha tenido ocasión de leer que quien propuso la redacción de la inscripción, lejos de ser un cualquiera, fue un intelectual de primera categoría, cuya ideología habría transitado de un nacionalcatolicismo a un liberalcatolicismo. De hecho, se trataría de quien fuese rector de la universidad adyacente en los años de la construcción del arco. Siendo así, cabría pensar que don Pedro Laín Entralgo, pues tal es su nombre, habría querido oponer la victoria perpetua de la inteligencia a otra transitoria, como son siempre las militares. De este modo, se imagina nuestro hombre, el rector matritense habría logrado deslizar un homenaje encriptado a su colega salmantino fallecido al comienzo de la contienda, el rector Miguel de Unamuno, aquel que proclamara en tonos proféticos, en presencia del jefe militar ya aludido, ‘Venceréis, pero no convenceréis’.
Con este pensamiento, el Forastero no tiene dificultad en conciliar el sueño, no sin antes prometerse regresar al monumento a primera hora de la mañana siguiente. Pues, en sus prisas, habría olvidado contemplarlo desde su cara interior, siendo así que lo normal sería que, por ese otro lado, se contuviera una inscripción de similar carácter. La visita mañanera no le defrauda. La inscripción, que en efecto existe, es anuncio del soberbio campus universitario madrileño que a continuación del arco de triunfo se extiende: aedes studiorum matritensis. Con lo que comprueba que, de este lado, el arco adquiere un sentido completamente diferente, funcionando ahora no como arco de triunfo, sino como monumental puerta de acceso a la primera universidad del país, la llamada Ciudad Universitaria, hoy campus de la Universidad Complutense de Madrid. Esta universidad, se dice poéticamente, florece ante los ojos del dios: florescit in conspectu dei. El Forastero, que ha hecho estudios universitarios, identifica aquí un guiño a las palabras finales del Gaudeamus. No obstante, le choca el genitivo masculino, pues, como ha podido saber, quien desde lo alto de su cuadriga contempla el campus no es dios alguno, sino Minerva. Pero, constándole ya la confesionalidad imperante en la época, enseguida se corrige: la Complutense, con independencia de quien sobre el arco campea, florece ante la exclusiva mirada de Dios, con mayúscula.
La inscripción, por fin, incorpora un par de referencias a la historia de esta Ciudad Universitaria. Se señala en primer lugar que el campus debe su fundación a la generosidad real: munificentia regia condita. Todavía tendrá que informarse acerca de la autenticidad del dato. Mejor puede opinar respecto de la segunda de las referencias, alusiva a una posterior obra de reconstrucción del campus, llevada a cabo, se dice, por un singular personaje, un caudillo de los españoles: ab hispaniorum duce restaurata. De nuevo no se indica por qué razón fue necesaria su reconstrucción. Alguien sin muchos conocimientos de la zona podría aventurar la desgracia de un terremoto. Pero el Forastero sabe que quien se sitúa sobre una importante falla geológica no es este Madrid, sino New Madrid, Missouri. La explicación debe estar, pues, en otra parte. La clave la encuentra en la identidad del señalado reconstructor del monumento. Ya se ha visto que no se le menciona por su nombre, sin que, sin embargo, eso sea obstáculo: el epíteto fue en la época un modo de referirse a Franco, es decir, al general en jefe de los ejércitos sublevados y luego por varias décadas cabeza de un régimen de dictadura cívico-militar.
Entretanto, el Forastero ha adquirido para su desgracia cierta sensibilidad histórica, la suficiente para advertir la manipulación del relato. ¿Cómo se puede dejar constancia de la obra de reconstrucción del campus obviando el dato de que la persona del reconstructor coincide con la de su previo destructor? O, si se quiere ser más escrupuloso en el uso de los términos, ¿cómo hurtar el dato de que la reconstrucción trajo inmediata causa de la opción previa de dicho jefe militar de elegir el lugar como uno de los puntos de penetración de la fuerzas sublevadas en un primer intento, por cierto fracasado, de ocupación de Madrid por la fuerza de las armas? Y, por fin, ¿cómo no señalar que, en ese preciso lugar, los ejércitos sublevados, lejos de obtener victoria alguna, fueron rechazados al inicio de la contienda por la resistencia armada del pueblo de la capital junto a las fuerzas militares leales que todavía la defendían?
Llegado a este punto, el Forastero comienza a estar verdaderamente irritado. Para colmo, observa que el arco de triunfo desdoblado en puerta monumental se sitúa en el arranque de una llamada avenida de la Memoria que lleva directamente a la referida Ciudad Universitaria. Sin saber que se trata de un nombre reciente, piensa que con él se rinde homenaje a una de las facultades de la mente, la de la memoria en este caso, tan relevante en el pasado de los estudios universitarios. Alguien se le acerca, sin embargo, capaz de aclararle oportunamente que el término alude esta vez a un ámbito privilegiado por el Legislador, el de las llamadas políticas de memoria.
Tales políticas nacionales, como está sabiendo el Forastero, se orientan de manera particular a despojar a los entornos urbanos de toda la impertinente hojarasca que dejó la dictadura de Franco en forma de nombres de calles y avenidas, amén de estatuas, lápidas y graffiti, aunque de estos quedan pocos. Ya no entiende nada: ¿qué política de memoria sería esta que hace arrancar una avenida de la Memoria de un colosal monumento a la desmemoria?
Por fin, por no dejar ningún cabo suelto, y puesto que el Forastero tiene afición a las leyes, se vuelca en indagar si, en la detalladísima legislación relativa a estas políticas, se contendría alguna excepción dirigida a preservar, por inocuas, las inscripciones del franquismo, por aparatosas que fueran, siempre que se sirvieran del latín. La comprobación final de que el Legislador no ha hecho cosa parecida le lleva a rendirse definitivamente ante tanto despropósito.”
Ahí finaliza el escrito. Me cuidaré mucho de opinar sobre el acierto de presentar de esta manera un tema que, sin necesidad de dramatizar, merece seria consideración. Para empezar, confío en no ser el único a quien esta narración anónima produzca sonrojo. A mí personalmente me ha producido un sonrojo triple.
En primer lugar, resulta embarazoso leer en tan corto número de rotundas mayúsculas, tal combinación de falsedades, de apología irritante, de lenguaje sencillamente fascista, de confesionalidad trasnochada, de adulación regia y, en último término, de cursilería. ¿Son esas las palabras con las que Madrid debe recibir cada mañana a las decenas de miles de trabajadoras y trabajadores de cuello blanco y menos blanco que todavía no pueden acceder al teletrabajo?
En segundo lugar, debe sonrojar la evidencia de que cualquier barbaridad puede ser dicha y perpetuada en este país con tal de que se recurra al latín. Digámoslo en latín como mejor garantía de pervivencia, podría decirse con cinismo. Y, de paso, hagamos ver la irrelevancia de los estudios de filología clásica. Solo faltaría una iluminación de neón para por las noches.
Por fin, sonroja el mal lugar en el que los responsables políticos, municipales, regionales y nacionales dejan al Legislador de la memoria, enredados en si en la fachada de la Casa de Correos de la Puerta del Sol se pone o no una lápida más, como un simple ejemplo.
Si por algún lado aparece un decidido rechazo del escenario descrito es por el de las izquierdas menores de nuestro espectro político, partidarias por elevación de echar abajo el arco desdoblado en puerta. Ahora bien, y sin necesidad de entrar en su acierto, el caso del cambio de función del mausoleo y cruz de los caídos que se sitúa justo detrás en la enfilada del arco (hoy Junta Municipal de Moncloa) pone de manifiesto, sin ir más lejos, que hay alternativas a un derribo al que hay razones de diverso tipo para oponerse.
La primera de ellas es que este monumento es parte de la identidad de la ciudad. Ciertamente, la ciudad la construimos y reconstruimos día a día. El problema reside en la oportunidad, al cabo del tiempo, del gesto político de destruir. No entraré en este capítulo. Solo indicaría que, en sociedades acaso más maduras que la nuestra, la cuestión no se resolvería sin un adecuado debate, desarrollado en términos no precisamente antitéticos.
Distinta es la cuestión de la epigrafía sobre la que mi comunicante llamaba la atención, es decir, la de esa sucesión de mayúsculas latinas, con el significante conocido, unido al lugar que ocupan y la dimensión con que se manifiestan: desafiantes, de algún modo. Las políticas de memoria, apenas hace falta decirlo, han devenido tan legítimas como delicadas en su ejecución. A partir de ellas, lo mismo se acierta que se cae en el ridículo, o acaso algo peor. En último término, son políticas que, o se llevan a cabo con tiento, con rigor y consecuencia, o se desautorizan por sí mismas. Por omisión, también. ~
El presente texto reelabora una primera versión publicada en El País de 24 de febrero pasado con el título
“Monumento a la desmemoria”.